Crédito: Agencia Uno
Trabajadores

Nuevo modelo III: el trabajo como derecho

Ya no es relevante la discusión respecto de si el modelo económico ha sido exitoso o no. La respuesta es evidente para cualquiera que quiera verla, más allá de distorsiones ideológicas: Chile en una generación dejo de ser un país pobre, generó una clase media que nunca en su historia había tenido y se integró al mundo comercial y culturalmente. El modelo no fracasó.

Sin embargo, al mismo tiempo tampoco vale la pena seguir discutiendo respecto de su agotamiento. Las herramientas que funcionaron los últimos treinta años ya no son las que Chile necesita para proyectarse al 2025 o 2050. Y en eso deberíamos estar pensando; en qué país queremos construir para los próximos treinta años, cuál es el país que le queremos entregar a nuestros hijos o nietos.

"Chile en una generación dejo de ser un país pobre, generó una clase media que nunca en su historia había tenido y se integró al mundo comercial y culturalmente. El modelo no fracasó"

En esa línea, durante las últimas semanas hemos aprovechado este espacio para de a poco tratar de esbozar cuáles debiesen ser las características de ese nuevo modelo económico. Dijimos que debería poner siempre a la persona en el centro, tener una visión integral de la sociedad, y valorar más las ideas y los servicios. Ahora, pensemos en cómo debería el mercado laboral.

La idea central es que el trabajo es un derecho, uno que permite que la persona se dignifique en su esfuerzo, sea premiado en su mérito y le permita llevar adelante sus proyectos en forma independiente. Ahora, claramente no todos podemos ejercer ese derecho, puesto que el mercado laboral es al mismo tiempo competitivo y muchas veces, injusto y brutal.

Hay personas que están más favorecidas que otros para entrar en ese mercado: los hombres, entre los 28 y 50 años, capacitados o con experiencia. Y hay grupos que juegan con detrimento: las mujeres tienen una brecha salarial sólo por su condición de género, la tercera edad que necesita mantenerse en el mercado laboral después de los 65 años, los jóvenes sin experiencia o capacitación, y los inmigrantes.

Todos estos grupos tienen desventajas, y es justamente acá donde el modelo no puede dejar que el mercado juegue solo. Quien debe velar por nivelar la cancha es el Estado, pero tiene que hacerlo bien, sin tomar atajos ni tratar de hacer “trampa en el solitario”. El mercado laboral es como cualquier otro, los precios están determinados por las necesidades y las características de los participantes. Si uno trata de tomar el camino fácil, se cae en herramientas tipo fijar salarios mínimos muy altos. Esto es equivalente a hacer una ley que prohíba los terremotos.

"Hay que dejar que el mercado llegue hasta donde puede, y dejarlo hacer la 'pega' sin pedirle que solucione problemas que tienen su origen en fallas anteriores. Y al mismo tiempo hay que exigirle al Estado que se preocupe de corregir esas fallas. Partamos con cosas simples: exigirle que todos los jóvenes a los 18 años salgan del colegio (de cualquier colegio…) hablando inglés fluido, sabiendo aritmética y teniendo una buena comprensión de lectura."

Creo que todos estamos de acuerdo que salarios brutos de $250.000 son miserables, pero la solución no pasa por fijarlos en, digamos, $500.000. El problema es mucho más difícil, y pasa porque muchos son quienes llegan al mercado laboral sin la experiencia o capacitación necesaria para poder contribuir económicamente por más. ¿Se le puede pedir al mercado que llene esa brecha? No, definitivamente no. El responsable es nuevamente, el Estado.

El Estado debe dejar de proteger a quienes no necesitan de su protección: los hombres, capacitados, que trabajan y son parte de sindicatos. Las leyes no deben reflejar la presión de esos grupos y el Estado debe abandonar la captura de la que ha sido víctima. En cambio, debe ponerse del lado de quienes más necesitan su ayuda, de los “sin voz”, los que quieren ejercer su derecho a trabajar, pero muchas veces no pueden hacerlo producto justamente de la intervención del Estado.

Así, hay que dejar que el mercado llegue hasta donde puede, y dejarlo hacer la “pega” sin pedirle que solucione problemas que tienen su origen en fallas anteriores. Y al mismo tiempo hay que exigirle al Estado que se preocupe de corregir esas fallas. Partamos con cosas simples: exigirle que todos los jóvenes a los 18 años salgan del colegio (de cualquier colegio…) hablando inglés fluido, sabiendo aritmética y teniendo una buena comprensión de lectura. Exigirle que tenga tolerancia cero frente a cualquier tipo de discriminación laboral por género, edad o nacionalidad. Demandarle que elimine todo los “lomos de toro” que nos pone a la hora de ejercer nuestro derecho al trabajo.


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