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Ocho horas con Fidel Castro: historia de una entrevista abortada
Opinión

Ocho horas con Fidel Castro: historia de una entrevista abortada

Si bien fue uno de los gobernantes extranjeros más influyentes en la política chilena desde los 60' hasta el inicio de la transición, Chile era un tema que incomodaba a Castro, como me quedó claro en un largo almuerzo en La Habana que concluyó con una promesa que jamás cumpliría. 

El domingo 3 de octubre de 2004, en una sala de reuniones del quinto piso del Palacio de Convenciones de La Habana, tuve un almuerzo de ocho horas con Fidel Castro y dos de sus entonces hombres más cercanos, el empresario chileno Max Marambio y Carlos Valenciaga, su omnipresente jefe de gabinete.   

El encuentro, en realidad una conversación a tres -Valenciaga desaparecía de media en media hora y casi no abrió la boca, excepto para comer y tomar una o dos copas de vino- era la culminación de una semana de visita a La Habana. En esa época yo dirigía el diario La Tercera y Fidel Castro había aceptado reunirse conmigo gracias a los buenos oficios de Max Marambio, cuya gran influencia en las altas esferas del régimen cubano yo había podido comprobar en reuniones agendadas gracias a él con ministros y autoridades en los días previos. Como siempre ocurría con Castro, la hora y el lugar fueron comunicados con poca antelación; en este caso un llamado de Valenciaga a Marambio la noche anterior.

"Como siempre ocurría con Castro, la hora y el lugar fueron comunicados con poca antelación; en este caso un llamado de Valenciaga a Marambio la noche anterior"

Tras salir del ascensor, Castro nos saludó -a Marambio efusivamente, a mí con cordialidad- tomó dos bolsas de papel de almacén que sostenía uno de sus guardaespaldas y nos anunció: "Traje el almuerzo". El piso en que estábamos era un conjunto de oficinas decoradas sin ningún brillo, con las paredes desnudas, que recordaban reparticiones públicas de los años 80, una estética de la Guerra Fría. 

Faltaban dos años para que una crisis de diverticulitis lo obligara cederle el poder a su hermano Raúl, quien después impulsaría una implacable purga que incluiría a Marambio, a Valenciaga y a otros altos personeros que conocí ese viaje, como el canciller Felipe Pérez Roque.

Yo no podía adivinar en ese momento que la promesa que me hizo Castro durante esa jornada -una entrevista- jamás la cumpliría. Al año siguiente, realicé otra visita a La Habana con la expectativa de concretarla, como invitado a la celebración del 1 de Mayo en la Plaza de la Revolución, pero Valenciaga se encargó de avisar tras el fin del acto que no había espacio en la agenda.  

"Era evidente su animadversión con la izquierda concertacionista. De Lagos prefirió no opinar. Acto seguido habló de Aylwin: “Él es un tipo decente”, dijo"

En el tercer viaje, acompañando a la comitiva que llevó la Presidenta Michelle Bachelet en su accidentada gira a Cuba en febrero del 2009, ya tenía claro que era imposible. Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que -al menos en parte- el motivo de que nunca se realizara la entrevista está relacionado con las mismas razones que llevaron a Castro a someter a Bachelet en esa ocasión al desaire de recibirla en su casa y divulgar después un texto en el que criticaba a Chile por haberle quitado el mar a Bolivia. 

Hubo muchas interpretaciones sobre el trato a Bachelet, como la voluntad de Castro de hacerle un gesto a la izquierda bolivariana, sus ya irreconciliables diferencias con la izquierda concertacionista, sobre todo con el PS, e incluso sus pugnas subterráneas con su hermano Raúl. Lo más probable es que en su decisión pesaran todos esos ingredientes. 

Pero lo cierto es que Chile -un país en el que influyó como muy pocos gobernantes extranjeros desde los 60`hasta el inicio de la transición- era un tema que lo incomodaba. La izquierda chilena, con excepción del PC, había asumido posturas muy alejadas de la revolución cubana, algo que en La Habana se interpretaba casi como una traición y ciertamente como una prueba de ingratitud ante la ayuda política, el entrenamiento de guerrilleros y la acogida a exiliados durante el régimen de Pinochet por parte del castrismo. 

"Castro era un gran apreciador de vino tinto. Había cinco botellas de buenas marcas y diferentes cepas sobre la mesa. Saboreaba lentamente cada copa"

A lo largo del almuerzo, que partió a las 13:00 y terminó a las 21:00, dio varias pistas de que el tema chileno no estaba entre los tópicos que más lo entusiasmaban. 

-Esto me hace recordar las conversaciones que tenía cuando venía (Carlos) Altamirano- dijo sonriendo cuando le preguntaba su opinión sobre las causas de la caída de Salvador Allende y lo que vino después. Su tono era -o aparentaba ser- más bien de aburrimiento con el tema, aunque siempre fue cordial y, para mi sorpresa, no se embarcó en interminables monólogos. 

La primera hora del encuentro, mientras esperábamos que prepararan la comida, la dedicó a preguntarle a Marambio por sus viajes recientes y a interrogarme minuciosamente sobre mi biografía ("Tú tienes apellido catalán, quiero que me cuentes cual fue el primer pariente tuyo que llegó a Chile"). 

Otra sorpresa estuvo relacionada con el menú: Castro era un gran apreciador de vino tinto. Había cinco botellas de buenas marcas y de diversas cepas, a cada una de las cuales estaba asignada una copa de diferente formato. Castro nos comentó las virtudes de cada vino, que saboreaba lentamente. En contraste, el plato único era más que austero: arroz con un guiso de verduras indescifrable. Después supe que el arroz era uno especial de la región iraquí de Basora, que le mandaba Saddam Hussein. Fruto de su diverticulitis, comía muy despacio, en porciones ínfimas, al punto que podían ser tres o cuatro granos de arroz cada vez. Tenía 78 años y seguía siendo imponente, pese a que el uniforme verde olivo resaltaba su edad y la barba ya escaseaba. 

"Sobre Pinochet, dijo que había tenido capacidad para conducir el ejército chileno. En el fondo, lo describió como un militar que sabía mandar"

A la pregunta sobre si no sentía algún grado de responsabilidad en la caída de la Unidad Popular,  respondió con un rápido "!no!".  "Siempre fuimos respetuosos con Allende, le hicimos saber nuestras opiniones, pero respetamos sus decisiones y lo ayudamos en todo lo que pudimos", añadió enseguida. 

En los encuentros de los días previos con funcionarios del régimen había recogido comentarios muy negativos sobre el presidente Ricardo Lagos, entonces en su penúltimo año de mandato. Otro blanco de dardos envenenados era Camilo Escalona, a quien le atribuían la autoría intelectual del discurso en el que años antes la viuda de Allende, Hortensia Bussi, le había pedido a Fidel Castro elecciones democráticas en Cuba, en un acto en Santiago que contó con la presencia del líder cubano. Castro no dijo nada, pero nunca perdonó ese episodio.   

Para el régimen castrista la lucha ideológica en la izquierda latinoamericana en ese momento tenía dos grandes antagonistas. Por un lado Cuba y Venezuela; por el otro, Chile. La orientación democrática, pro mercado y de buenas relaciones con Washington de la izquierda concertacionista era una herejía en La Habana y en Caracas. Una herejía que tenía el agravante que quienes la impulsaban eran los herederos de la Unidad Popular.  

Castro no explicitó ninguno de esos reproches, pero al responder lo que pensaba de Lagos y Patricio Aylwin fue elocuente. Sobre el primero dijo que prefería no opinar. Acto seguido, habló de Aylwin: "Él es una persona decente". De Joaquín Lavín -entonces presidenciable de la UDI, a quien había recibido el año anterior con mucha amabilidad, en un gesto muy criticado por la Concertación- dijo que lo consideraba un "político honesto", pese a resaltar sus distintas visiones políticas.

"El único insulto que pronunció en toda la conversación fue al hablar de Aznar: “Ese es un hijo de puta”, comentó con las cejas arqueadas"

Sobre Augusto Pinochet dijo que sus diferencias eran demasiado obvias pero que había tenido capacidad para conducir al ejército chileno, del que destacó su nivel de disciplina y su “formación prusiana”. En el fondo, lo describió como un militar que sabía mandar.

El principal foco de su interés era Irak, que Estados Unidos había invadido el año anterior. No fue sorprendente escucharle largas y fuertes críticas contra George Bush, pero sí la ferocidad con que se refería al entonces presidente de gobierno español, José María Aznar. "Ese es un hijo de puta", comentó, con las cejas arqueadas y moviendo el dedo índice con el puño cerrado. Fue el único insulto que pronunció en toda la conversación. Tiempo después recordé ese episodio cuando el Rey Juan Carlos perdió la paciencia con Hugo Chávez -"¡Por qué no te callas!"- en medio de una diatriba del venezolano contra Aznar en la cumbre iberoamericana en Santiago. 

Los mayores elogios se los dedicó a Juan Pablo II, que moriría poco tiempo después, y a Hugo Chávez. Del Papa habló largo y con gran admiración: "un hombre de principios y confiable". Al venezolano lo calificó como "el presidente más serio de América Latina, sin duda". Me llamó la atención el poco entusiasmo que demostró por Lula da Silva, entonces en la presidencia de Brasil y todavía no salpicado por los escándalos. "Hace lo que puede", dijo tras tomarse unos segundos para responder. Me quedó la impresión, reforzada por sus preguntas cuando le conté que había pasado mi adolescencia y juventud en Sao Paulo, que Lula no era un personaje totalmente de su agrado. 

"Sus mayores elogios fueron sorprendentemente para Juan Pablo II. “Un hombre de principios y confiable”. Y para Chávez: “un gobernante serio”"

Al oírlo hablar de Juan Pablo II con tanta admiración, pensé que de alguna forma Castro recordaba -más allá de sus evidentes diferencias personales y doctrinarias- la figura del papa polaco: líderes absolutos en sus esferas, autoritarios cada uno a su modo, y desde muy distintas perspectivas, empeñados en llevar al mundo en una dirección contra viento y marea. 

También tuvo elogios para Sor Teresa de Calcuta. ("Valoro lo que hace. ¿Por qué me va a molestar que ella venga a Cuba a ayudar a la gente?").  Cuando la mencionamos, y tras escucharlo recordar su formación en un colegio jesuita, le pregunté si con el paso del tiempo no le estaría volviendo algo del sentimiento religioso de sus años escolares. "No, soy ateo", respondió. 

Ya era de noche en La Habana cuando Castro dio por finalizada la conversación. Excepto Valenciaga, nadie se había parado de la mesa todo ese tiempo. Fue entonces cuando hice el último intento por amarrar la entrevista:

-¿No sería bueno fijar la fecha ahora? ¿Cuándo cree que podemos hacerla?

-No hay por qué apurarse. Tú eres muy joven. 

Al despedirse me regaló un libro sobre Cuba y una caja con 100 puros Cohiba. "Este tabaco yo lo regalo siempre por protocolo, pero te aconsejo que se lo des a un enemigo", me dijo Castro, quien tras décadas de ser un fumador inveterado había renegado del hábito para siempre. A falta de entrevista, mi premio de consuelo fue disfrutar esos puros.


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