La posibilidad de una derecha única en el mundo
Opinión

La posibilidad de una derecha única en el mundo

El duro experimento social que a partir de mediados de los años 70 llevaron a cabo los Chicago Boys no tenía precedentes en Chile ni en algún otro lugar del mundo. Pero, claro, el asunto encerraba su qué: las transformaciones que impusieron los tecnócratas sólo hubiesen podido desarrollarse bajo el amparo de una feroz dictadura militar. Enfrentadas a los mecanismos de la democracia, las enseñanzas de Milton Friedman eran un mero material de estudio, casos hipotéticos, fórmulas en el pizarrón de las divagaciones. Sucedió entonces que el mismo Estado que los jóvenes libremercadistas planeaban desmantelar, y que en gran medida a la postre desmantelaron, fue el que les dio el vamos para aplicar lo aprendido en las aulas de Chicago. Digo esto, que a muchos les parecerá una obviedad, a raíz del modo en que los dos diarios más influyentes de Estados Unidos, The New York Times y The Washington Post, se refirieron al triunfo de Sebastián Piñera en el balotaje de diciembre. Ambos hablaron de que el ejemplo chileno reafirmaba una tendencia: el retorno de la derecha a Sudamérica, considerando los gobiernos vigentes de Perú, Argentina y Brasil. A mí, no obstante, la afirmación me parece desmedida, por una parte, e injusta, por la otra.

¿Qué entiende el lector estadounidense cuando le mencionan a gobiernos de derecha? El símil evidente, inamovible del inconsciente colectivo gringo, es el propio Partido Republicano, y, seamos francos, nunca en la historia se ha visto a un Partido Republicano tan miserable como el actual (la culpa no es sólo de Donald Trump; la decadencia venía de antes). A lo que voy: no hay nada, un retazo, una hebra, una sombra siquiera en el perfil de lo que quiero pensar que es la nueva derecha chilena, nada, insisto, que permita compararla con el republicanismo que hoy en día dirige el Congreso de Estados Unidos. Tampoco cabe buscar parecidos en la Casa Blanca, ya que dentro de esa olla de grillos ni el respetado general Kelly se salva: ha sido y sigue siendo cómplice de un salvaje, y el látigo de domador de bestias que se suponía que utilizaría no se ha oído chasquear hasta ahora con estrépito.

Alejada del Partido Republicano que en su momento la amparó bajo las presidencias de Nixon, Ford y Reagan, la derecha chilena tampoco tiene tantas convergencias, como suele afirmarse, con las derechas latinoamericanas actuales. Las transformaciones por las que otros gobiernos pujan, aquí se implementaron hace décadas (a sangre y fuego, no hay que olvidarlo). El indulto que remece y enfurece a la población de Perú, es cosa pasada en esta tierra. Y hoy por hoy, afortunadamente, no existe un modelo de pizarrón que seguir al pie de la letra. Basta con ver lo obsoleta que está la figura de José Piñera para entender que la tiza se deslavó y que del códice, otrora sagrado, ya no quedan más que borrones aguachentos y hongos.

"Veo la oportunidad para que la derecha chilena se convierta, nuevamente, en un caso excepcional en el mundo, claro que esta vez jugando bajo la igualdad de condiciones que impone el naipe democrático."

El asunto es todavía más auspicioso: quienes antes controlaban a la derecha por medio de convicciones hegemónicas y las llamadas “posturas valóricas” (en el fondo, a través del miedo), son minoría dentro de Chile Vamos. Y ahí es donde veo la oportunidad para que la derecha chilena se convierta, nuevamente, en un caso excepcional en el mundo, claro que esta vez jugando bajo la igualdad de condiciones que impone el naipe democrático.

La experiencia reciente permite bosquejar con bastante nitidez un listado de qué es lo que no toleraremos, asqueados como muchos ciudadanos estamos, de esa derecha tradicional que me gustaría suponer extinta o al menos en vías de putrefacción. No toleraremos monaguillos que estimen que sus creencias religiosas han de inmiscuirse en decisiones política que afectan a todo un país; no toleraremos empresarios que, habiéndose valido de la ayuda del Estado para hacer fortuna, terminan coludidos violando la confianza del consumidor y, de paso, sacrificando en pos de la codicia al mismo manual de Chicago que en su momento tanto idolatraron; no toleraremos próceres públicos que se vendan a intereses privados; no toleraremos pijecitos sabihondos, sobre educados, que vengan a dictarles cátedra de subsistencia digna a los peatones pobres, a los estudiantes endeudados, a los presos, a los marginados de la salud. No toleraremos, y esto ni por nada, a esas damas ejemplares que practican la caridad con segundas, terceras y oscuras intenciones.

Percibo en una camada de ideólogos jóvenes, liberados de los abusos, los servilismos y las malas prácticas del pasado, el ánimo honesto de esculpir un nuevo ethos para el sector. Ahí están Gonzalo Blumel, Francisco Undurraga, Daniel Mansuy. Por ellos apostaría. Porque si no logran barrer con el alma truculenta de esa derecha lamentable que recién he descrito, habrán desaprovechado la oportunidad de crear un conglomerado de características únicas en el mundo, y nuestra derecha decimonónica, esa anciana de mostacho severo que siempre se jugó por Dios o por el Dinero, volverá a ser lo que históricamente fue a partir de 1891, y esta vez, sin santos en la corte que la protejan, vaya que merecerá retorcerse en el fuego eterno por los siglos de los siglos.


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