Columnas Pablo Ortúzar

Colonos de metrópoli

Colonos de Catan es un juego muy entretenido. Pero también es interesante políticamente: su diseño busca deliberadamente mantener cierto equilibrio entre los jugadores y hacer que la jugada de cada uno sea del interés de todos. Esto incluye, además, varias formas posibles de ganar y, por tanto, varias posibles estrategias. Este diseño equilibrante y vinculante, que no depende de un agente coordinador sino exclusivamente de sus reglas, hace que todos los jugadores se esfuercen y concentren hasta el final en el juego, dando lo mejor de si. Además, estimula el despliegue estratégico, jugando la suerte un rol, pero dependiendo mucho también de la inteligencia y astucia.

La diferencia con un juego como el Monopoly es abismante en eso: el Monopoly es un juego que rápidamente tiende al desequilibrio y donde las diferencias suelen volverse irremontables desde cierto punto, tratándose el resto del juego de ver ganar al que se desmarca del resto, principalmente por el factor suerte. Además, uno tiene muy poco interés ahí por las jugadas ajenas (incluso si se juega correctamente, rematando los terrenos no tomados), que no sea esperar que caigan en tus propiedades. Eso lo vuelve un juego autista, aburrido y desmotivante. En el tramo final, los que van perdiendo no están ni ahí.

"Necesitamos reglas e instituciones que no sólo dividan el poder político, sino también el económico, y que vuelvan interesantes para cada uno las acciones de los demás"

Ambos nos muestran alternativas de diseño que son útiles para pensar nuestras propias instituciones. Y creo que representan dos tipos diferentes de capitalismo (ambos juegos, después de todo, se tratan de acumular capitales). Se vuelve patente, al compararlos, el daño que la desigualdad extrema produce en la motivación, ritmo e interés de los jugadores. Más todavía si su origen está principalmente en la suerte. Y cómo se traduce eso en incentivos para hacer trampa (en el Catan jamás me ha tocado) o para simplemente retirarse del juego antes de que la partida termine.

Esto refuerza la convicción de que necesitamos reglas e instituciones que no sólo dividan el poder político, sino también el económico, y que vuelvan interesantes para cada uno las acciones de los demás. El Monopoly nos muestra con bastante claridad que incluso "partir igual" (algo que está muy lejos de ocurrir en la realidad) y dejarle el resto a la suerte y a la oferta y la demanda no logra ese objetivo. Y, además, no es económicamente eficiente: la atención, la motivación, el compromiso, la colaboración y el esfuerzo adicional sólo se consiguen si las expectativas de mejorar se mantienen vivas. ¿Quién se va a esforzar si no percibe la posibilidad de mejora alguna en eso? ¿No debería esto estar sobre la mesa en el debate sobre “productividad”?

Necesitamos pegarnos un salto desde un capitalismo a la Monopoly, que es lo que tenemos en buena medida hoy, hacia un capitalismo a la Catan (el juego, por si acaso, sería un gran regalo tuitero, @aluksicc). En esto están de acuerdo Amartya Sen, Martha Nussbaum, Luigi Zingales, Jesse Norman, Raghuram Rajan, Richard Rorty y James Heckman, entre muchos otros. Por lo mismo, resulta increíble que varios entre quienes pretenden defender “una sociedad de libertades” consideren “socialismo” plantear este desafío, cuando el único camino seguro hacia el socialismo vendría de no enfrentarlo con inteligencia y decisión, ya que si nos quedamos pegados en el Monopoly, tarde o temprano alguien pateará el tablero.

Y quien necesite más pruebas, que tire los dados.


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