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Malaleches
Opinión

Malaleches

Me toca viajar. La excusa de una conferencia de abogados me lleva lejos, muy lejos. Primero a Australia, sólo de paso, por apenas un día, aunque ese solo día es suficiente para darme cuenta que lo que me han contado es verdad, que es un país de gente feliz, que sabe vivir la vida. Compruebo en terreno como el comercio, al menos en Sydney, cierra a las siete de la tarde y la gente se vuelca a las calles y a los bares, con la misma actitud que por estos lados solo se aprecia en los lugares de veraneo. 

Después vuelo a mi destino final, a Japón, donde estaré por cerca de diez días, primero en Tokio y después en Kioto. Una estadía que parece larga pero que es lo mismo que nada, si lo que uno pretende es entender una cultura tan compleja y diferente como la japonesa. Aún así, mil imágenes e impresiones quedarán en la mente y seguirán resonando largamente después de la vuelta. Entre ellas el orden, la limpieza, la cultura del trabajo, el profundo respeto entre la gente, la increíble sensación de seguridad que se siente en las calles.

Lo curioso ocurre una vez de regreso en Chile, cuando al par de días me doy cuenta que cada vez me gusta menos mi país. Y esto, pese a ser un chileno orgulloso, que quiere a su país y que sigue creyendo que es por lejos el mejor de América Latina.  Es como si de pronto, tras estar unos pocos días en dos países más avanzados y con niveles de confianza y convivencia claramente más elevados que los nuestros, todos nuestros defectos se hicieran cada vez más evidentes.

Me digo entonces que es algo transitorio. Sin embargo, la sensación se extiende y hasta crece. La desconfianza y la agresividad están por todas partes. Escucho hablar de la campaña del terror, veo cómo un futbolista acusa que el campeonato (uno de los menos polémicos en años) está arreglado, leo que el senador Quintana, de quien ya absolutamente nada puede sorprenderme, declara que Andrés Velasco y Lily Pérez parecen amigos con ventaja política, tras verlos en un acto conjunto de sus movimientos Fuerza Pública y Amplitud.

Agencia Uno

Trato de refugiarme en Twitter y el resultado es casi peor. Para la gran mayoría de quienes tuitean a diestra y siniestra, todos son sospechosos de algo, en especial si pertenecen algún grupo o clase que identifican como poderoso. No hay cura, empresario, ni político bueno. En una era de blanco y negro, los grises no se aprecian o, mejor dicho, derechamente se desprecian.

No hay tiempo para matices, para segundas lecturas, para intentar permear la primera capa de las cosas e ir más allá de lo aparente. Parecemos estar empeñados en hablar desde el púlpito, a desconfiar de todo y todos, a exigir a terceros comportamientos puros y sin mancha que ciertamente no nos exigimos ni a nosotros mismos, a esperar la derrota o la caída de los otros como si fuéramos un país de malaleches.

Instintivamente vuelvo a releer el “Balance Patriótico” de Vicente Huidobro, texto imprescindible al que uno siempre vuelve en momentos de pesimismo. Y, era que no, uno de sus párrafos se me hace enormemente familiar y actual, pese a haber sido escrito hace ya casi noventa años: “Y luego la desconfianza, esa desconfianza del idiota y del ignorante que no sabe distinguir si le hablan en serio o si le toman el pelo. La desconfianza que es una defensa orgánica, la defensa inconsciente del cretino que no quiere pasar por tal cree que sonriendo podrá enmascarar su cretinismo, como si la mirada del hombre sagaz no atravesara su sonrisa mejor que un reflector. El huaso macuco disfrazado de médico que al descubrirse teoría microbiana exclama: a mí no me meten el dedo en la boca; el huaso macuco disfrazado de filósofo que al oír los problemas del transformismo dice: a otro perro con ese hueso”.

"Si ese período exitoso terminó y con él también concluyó una fase de convivencia más sana, ello fue por decisión consciente de un sector de nuestra izquierda que decidió reinterpretar esos veinte años como una fase negra de sometimiento y “transacas”."

¿Será acaso que esta desconfianza es un rasgo de carácter endémico nuestro?

Quiero pensar que no. Sin ir más lejos, entre 1990 y 2010, período en el que fuimos la envidia del continente y pese a que el país venía saliendo de una fase de división traumática, nuestros líderes fueron capaces de convivir como pocas veces antes y de entender que para construir un país mejor se requería de dialogo y de la capacidad de confiar en el adversario.

Si ese período exitoso terminó y con él también concluyó una fase de convivencia más sana, ello fue por decisión consciente de un sector de nuestra izquierda que decidió reinterpretar esos veinte años como una fase negra de sometimiento y “transacas”, apurando una agenda excluyente, de transformaciones radicales y donde el gradualismo y el diálogo –quizá las dos grandes claves del éxito de los Gobiernos de la Concertación—no tienen cabida.

Hoy, que el país enfrenta su futuro con una incertidumbre con la que no convivía hace veinticinco años, cabe preguntarse si acaso seremos capaces de retomar el rumbo y ganarle a ese dañino rasgo de nuestro carácter nacional, o si simplemente y como lo decía el propio Huidobro: “esto somos y no otra cosa”.


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