La pequeña felicidad de ganarle a Chile
Opinión

La pequeña felicidad de ganarle a Chile

Cuando pienso en 1973, antes de acordarme de Allende o de Pinochet, lo primero que viene a mi mente es que ese año Chile eliminó a Perú del mundial. Se trata, de hecho, de mi primer recuerdo futbolístico: era el 5 de agosto de 1973 y los rivales del Pacífico jugaban un desempate en Montevideo por la eliminatoria para Alemania 74. Por supuesto que yo no estaba enterado de esos detalles todavía. Solo tenía tres años y ni la más remota idea de que existía un país al sur que se llamaba Chile. Mucho menos de que guardábamos viejos rencores hacia sus habitantes, producto de una guerra de la que jamás había escuchado hablar.

A los tres años no me importaba ni la historia ni el fútbol. Toda mi atención esa tarde de agosto estaba en unos juegos mecánicos que habían instalado cerca de mi casa y a los que mi tía Lucy había prometido llevarme. Tengo una imagen vaga –diría que hasta en blanco y negro– de estar en lo más alto de la Rueda de Chicago y contemplar sorprendido toda una avenida sin autos ni gente, un largo trecho de puro asfalto y silencio que se perdía en el horizonte. Todo el Perú estaba viendo el partido decisivo contra los chilenos.

"Años después me enteraría de la actuación fatal de un arquero al que apodaban “Chicho” y de la sucesión de errores dirigenciales que hicieron que Figueroa, Quintano y Caszely fueran a Alemania 74 en lugar de Sotil, Cubillas y Chumpitaz."

Luego del paseo con mi tía, y al llegar al chalet cerca al mar donde vivía, encontré la cara larga de mi padre y la mala noticia que Perú había perdido con Chile 2-1. Solo años después me enteraría de la actuación fatal de un arquero al que apodaban “Chicho” y de la sucesión de errores dirigenciales que hicieron que Figueroa, Quintano y Caszely fueran a Alemania 74 en lugar de Sotil, Cubillas y Chumpitaz.

Repito, a los tres años el fútbol para mí todavía era una obsesión distante, pero puedo decir que detrás del anuncio de mi padre –“Perú perdió dos a uno”, con la solemnidad y pesadumbre de un parte de guerra–, pude percibir que el hecho que Chile nos eliminara del mundial era algo que alcanzaba dimensiones de tragedia nacional.

Estaban lejos todavía las lecciones escolares de historia del Perú, y su lamento empedernido de cómo los chilenos nos quitaron un pedazo inmenso de tierra y mar, luego de que al Coronel Bolognesi lo obligaran a quemar hasta el último cartucho en Arica, reventaran en mil pedazos a Miguel Grau y se quedaran con su Monitor Huáscar. Tampoco sabía todavía que, añadiendo sal a la herida, se habían instalado por dos años en Lima sin pedir permiso. Por eso, recuerdo percibir la sensación de tragedia, más no el haberla entendido.

Con el tiempo, mis pasiones fueron siendo atrapadas por el fútbol y azuzado por ese sentimiento peligroso que es la identidad nacional, rápidamente reconocí en Chile al rival por naturaleza. Durante mi adolescencia y mi juventud temprana, odiar al ‘Negro’ Ahumada, al “Pato” Yañez o a Marcelo Salas y querer que pierdan jugando por Chile, aunque el oponente no fuera Perú, solo era una prueba más del amor incondicional por mi selección y me daba más sentido de pertenencia que la lealtad de mi estómago al ceviche o mi orgullo por Macchu Picchu.

"Azuzado por ese sentimiento peligroso que es la identidad nacional, rápidamente reconocí en Chile al rival por naturaleza. Durante mi adolescencia y mi juventud temprana, odiar al ‘Negro’ Ahumada, al “Pato” Yañez o a Marcelo Salas"

En ese camino tortuoso al que nos sometemos cuando nuestras pequeñas felicidades dependen del desenlace de un encuentro de fútbol, gocé de triunfos históricos contra Chile, como el 2-0 de 1977, cuando con goles de Sotil y Oblitas nos tomamos la revancha de la eliminatoria del 73, o la goleada de 6-0 del 95 –esa vez que Flavio Maestri marcó hasta con la espalda. También, el golazo de Franco Navarro en 1985, dejando al “Cóndor” Rojas como un principiante –la última vez que les hemos ganado en casa– y el tanto agónico de Jefferson Farfán en la última eliminatoria, tienen un lugar especial en mi memoria futbolística.

Pero por lo general, jugar contra Chile y más aún si es en Chile –como el partido del lunes– ha sido una experiencia decepcionante y no pocas veces dolorosa. El 0-4 de 1997 ocupa un lugar privilegiado en esa larga lista de fracasos. Por la humillación en la cancha frente al rival de siempre, pero más aún por el envilecimiento y el entorno de miseria, ignorancia y odio mutuo en el que estuvo envuelto ese episodio.

En el camino a la adultez he ido removiendo prejuicios y he aprendido a reconocer cuando la razón quiere ser secuestrada por los sentimientos que desata un partido de fútbol. Al mismo tiempo, he hecho grandes amistades en Chile y celebré el triunfo sobre España en el mundial con una nota que titulé: “Salud, gran tierra del sur”.

"Jugar contra Chile siempre tiene algo de especial y que alguna parte del hemisferio derecho de mi cerebro se estimula cada vez que veo a esas camisetas rojas con la estrella solitaria frente a los de la banda roja."

No puedo negar sin embargo que jugar contra Chile siempre tiene algo de especial y que alguna parte del hemisferio derecho de mi cerebro se estimula cada vez que veo a esas camisetas rojas con la estrella solitaria frente a los de la banda roja. Afortunadamente, ese sentimiento ya no tiene nada que ver con Miguel Grau, ni con Arica, ni con el pisco, ni mucho menos con el Suspiro Limeño o el aparente peligro que corre de ser arrebatado (“igual que el Monitor Huáscar”, como aseguran los nacionalistas más agitados de este lado de la frontera).

Por eso, de alguna manera sigo sin entender –como cuando tenía tres años– por qué perder con Chile en una cancha de fútbol debe sentirse como una tragedia nacional. Es un partido de fútbol cuyo resultado me interesa de sobremanera. De hecho, aparte de ir al mundial después de 32 años, no puedo pensar en un deseo futbolístico más ferviente que la pequeña felicidad que traerá eliminar a Chile de su propia Copa América. Salud, gran tierra del sur.


Lo más visto en T13