Crédito: A. Uno
Brasil 2 Perú 1
Opinión

¿Por qué el fútbol peruano se volvió tan malo?

Lima, domingo 6 de septiembre de 1981.
6:03 p. m.
Perú 0 Uruguay 0

Tengo once años y mi padre me sujeta entre sus brazos. Tal vez es la última vez que lo hace, pero la circunstancia lo amerita: la leyenda en letras doradas en la pantalla del único televisor en color de toda la familia dice que Perú ha clasificado al Mundial España 82 luego de empatar a cero con Uruguay en el Estadio Nacional de Lima. Estamos en la sala de la casa de un hermano de mi padre en un suburbio cercano a los cerros que rodean a la capital, salpicados de cerveza, y estamos en España 82. Nací en 1970, el año en que Cubillas, Chumpitaz, Sotil, Perico León y compañía cautivaron al mundo en México con una impecable interpretación de la versión más pura del fútbol sudamericano. Con un estilo innegociable de pelota acariciada y jugada al ras del piso, y al compás de paredes, tacos y túneles, Perú se convirtió en la década de 1970 en el delicatesen del fútbol de esta parte del mundo.

La selección peruana no solo traía en los botines una propuesta estética, sino que también cosechaba buenos resultados. De las cuatro clasificatorias disputadas entre 1970 y 1982, llegamos al mundial en tres oportunidades. Además, fuimos campeones de América en 1975. Mirábamos por encima del hombro a la clase emergente del continente: colombianos, ecuatorianos, paraguayos, esos países que viajaban en tercera clase y jugaban como obreros. Con el fútbol uruguayo en temporal destierro, nuestro balompié solo estaba detrás del brasileño y el argentino. Nuestro competidor más cercano era Chile, pero mientras nosotros vestíamos de etiqueta, ellos tenían delantal de carniceros. ¿Qué pasó entonces con el fútbol peruano? ¿Cuándo exactamente cambiamos el traje de ballet por el de la piñata favorita de Sudamérica?
32 años más tarde.


Lima, viernes 6 de se tiembre de 2013.
11:05 p. m.
Perú 1 Uruguay 2

Desde lo más alto de la tribuna Occidente del Estadio Nacional miro las graderías vacías bajo la llovizna de invierno sin amor: Uruguay ha vencido a Perú por 2 a 1 con dos goles de Luisito Suárez y nos ha eliminado del mundial por séptima vez consecutiva. Muchos hinchas hemos llegado hasta ese escenario persuadidos por la coartada del “sí se puede” y de las matemáticas. Y otra vez hemos acudido a la confirmación de que somos una fecha más en el calendario de los que sí van al mundial.

Los últimos aficionados bajan las escaleras del estadio con la mirada en el suelo y la ilusión estropeada, y me pregunto si las victorias de nuestra breve época dorada de los setenta no nos han dejado un lastre, compartido por aficionados, periodistas, dirigentes y hasta técnicos, una suerte de cucufatería* indoblegable por el juego atildado y bonito, y que ya no nos sirve para nada.

Si no, ¿de qué otra manera podríamos explicar que, cuando los clubes peruanos echan a los técnicos, los dirigentes invocan al amor por el juego bonito, el “estilo” que se ha traicionado, como razón para justificar el despido? Si no, ¿por qué cada vez que se pregunta qué características debe tener el entrenador ideal para la selección, todos los aficionados peruanos repiten: “Uno que respete nuestra idiosincrasia”? Y luego se persignan y elevan una plegaria por el taquito y el túnel. ¿De qué nos sirve esa fidelidad a la iglesia del fútbol arte, si para ver ganar a un equipo peruano tenemos que recurrir a una cinta de VHS o, peor, de Beta?


Chiclayo, sábado 12 de julio de 2014 .
8:50 p. m.
Los Caimanes 0 Real Garcilaso 1

Mientras todo el Perú habla sobre las posibilidades de Argentina y Alemania en la final del mundial que se juega al día siguiente en Río de Janeiro, se publica la siguiente nota en la edición electrónica del diario El Comercio: “El campeonato peruano de primera división registró un hecho insólito durante el partido jugado entre el local Los Caimanes y Real Garcilaso el fin de semana: solo cuatro personas de un total de 78 asistentes pagaron su boleto. La recaudación del duelo celebrado en el estadio Elías Aguirre, con capacidad para más de 15.000 espectadores, sumó apenas 89,64 nuevos soles, unos 35 dólares, según el reporte de la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional, entidad que agrupa a los clubes de la primera división”.

Las desgracias de la selección peruana son solo el síntoma de un fútbol desorganizado y pobre que para donde uno mire da risa en el mejor de los casos, y causa rabia y frustración en el peor. Unos días después del triste episodio de Chiclayo, otra noticia desde las canchas de Perú llegó a las páginas de The Guardian en Londres. Se jugaba en el Estadio Municipal de Mazuko, un pueblo en la selva oriental del país, un partido de la etapa provincial de la Copa Perú. Esta competencia es un torneo promocional que se jacta de ser el más grande del mundo, pues cuenta con la participación de más de 20.000 equipos y otorga un cupo para la primera división nacional.

Este sistema darwiniano de selección natural hizo que un cronista local la bautizara como la “Copa Espermatozoide”. En el video del partido colgado en Youtube se ve a los equipos Minsa FBC y Expreso Inambari jugando el primer tiempo sobre una cancha reseca rodeada de matorrales y camiones, cuando súbitamente una manada de vacunos irrumpe en la escena paralizando las acciones. Entre gritos, sobresaltos y risas del público asistente, el réferi detiene el juego y los jugadores salen del campo buscando refugio. Con la ayuda de un arriero se logra despejar el terreno. Al reanudarse el match, los tercos astados vuelven a colarse en el campo de juego, y esta vez incluso persiguen a algunos jugadores. Minsa e Inambari empatan 1 a 1 y se eliminan mutuamente de la Copa Espermatozoide.

Pocos meses después, durante un partido del torneo de primera división en el estadio Garcilaso, del Cusco, entre el local Cienciano y el Juan Aurich, de Chiclayo, la tribuna no encontró mejor manera de amedrentar al rival que con sonidos que imitaban a los de un simio para burlarse de Luis Tejada, delantero panameño de raza negra del Juan Aurich. Tejada, quien ya había sido víctima de insultos racistas en otras canchas del Perú, se retiró del partido ante la pasividad del réferi y las autoridades del partido.

Episodios de racismo ocurren en todas partes del mundo, pero lo singular del caso es lo que vino después: el club Cienciano, en lugar de disculparse o tratar de identificar a los responsables, envió una carta a la Asociación de Fútbol, en la que pedía que castiguen al panameño –es decir, a la víctima de los insultos– por incitar a la violencia. Algo así como cuando un violador dice que la culpa de sus crímenes la tienen las minifaldas.


Kioscos de Lima, cualquier mañana del 2015

La desazón no solo abruma al que mira a las tribunas o las canchas peruanas: salvo honrosas excepciones, las páginas deportivas de nuestro país están habitadas por lo más selecto de nuestro periodismo lumpen. Sicarios de imprenta que exhiben en sendas estacas las cabezas de varios seleccionadores nacionales a quienes hicieron renunciar a punta de acoso y calumnias.

Tan pronto sale una promesa de las canteras del balompié peruano, periodistas y aficionados no se conforman con verlos como jugadores de fútbol e inmediatamente les ponen apodos como a cualquier amigo del barrio, o levantan titulares y notas a doble página disertando sobre si el héroe de turno saliva por un ceviche o un sudado de pescado cuando sale el sol y, por qué no, una cerveza bien helada de vez en cuando. Tampoco falta, por supuesto, el dato de cuántas diosas adobadas de diario de cincuenta centavos estarían dispuestas a satisfacer las urgencias sexuales del nuevo ídolo.

¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo nos transformamos en una caricatura?
¿Cuál fue la fecha de caducidad de nuestra alegría?

Es imposible responder a esa pregunta con certeza. La explicación más común y sensata es que el tren del tiempo pasó de largo al fútbol peruano. Que nos quedamos en el orden prehistórico en el que la habilidad y la picardía –y no el rigor físico ni el vértigo– eran los únicos argumentos válidos.

Algunos incluso han encontrado explicaciones sociológicas al problema. El extécnico de la selección Sergio Markarián tenía toda una teoría sobre cómo las nuevas generaciones de futbolistas peruanos se han visto condicionadas por haber nacido y crecido en una época de descalabro económico y guerra interna: los años oscuros de la hiperinflación y la violencia política.

Otros dicen que en algún momento de nuestra historia le pasamos la posta a Colombia, donde desde la segunda mitad de los ochenta empezaron a aparecer unos hombres que jugaban con el desenfado y la estética que yo creía patrimonio exclusivo de brasileños y peruanos.

Esta última explicación –la más improbable de todas, porque el fútbol arte no es un activo que pueda ser acaparado– era la más repetida en la sala de mi casa por mi padre. “Nosotros les enseñamos a jugar a los colombianos”, decía, con más despecho que convicción.


Bogotá,
domingo 16 de Agosto de 1981,
6:50 p. m.
Perú 2 Colombia 0

Antes de ser real y maravilloso, Colombia tenía una camiseta de color naranja y un cuadro con mucha voluntad, pero pocos argumentos. Esa tarde de agosto, Perú le había ganado 2 a 0 en el Estadio Nacional de Lima en su camino a España 82 con un recital de César Cueto –un nombre muy especial para los hinchas del Atlético Nacional–. Al caer la noche, una lluvia se desató sobre Bogotá, como si hasta el cielo de la capital lamentara la derrota. Eran otros días en los que, cuando se trataba de fútbol, era bueno ser peruano. El fútbol colombiano cautivó al continente cuando –ya vestido de amarillo– pisó con asombrosa desfachatez el corazón del Río de la Plata e hizo algo que nunca nadie lograría, ni antes ni después, contra el orgulloso Argentina: meterle un cinco a cero que los albicelestes no olvidan jamás. El Dios Diego les ofreció sus palmas desde las tribunas y el relato para la televisión del argentino Marcelo Araújo que queda como testimonio histórico de esa tarde de ensueño cafetero, guarda la solemnidad y el horror de un parte de guerra: “Señoras y señores, el partido está cinco a cero”.

Esos juglares de pelo largo y medias rojas tenían apelativos de jugadores de potrero: “el Loco” Higuita en el arco, “el Chonto” Herrera y “Coroncoro” Perea atrás, “Barrabás” Gómez y Leonel de Remedios al medio, y al lado de ellos un costeño extravagante que muy bien podía tener una cola de cerdo, un tocado por Dios al que le decían “el Pibe”. Arriba “el Tino” Asprilla, junto al “Tren” Valencia y a Freddy. Predicaban el fútbol-arte y parecían hijos naturales de Cubillas, Sotil y Cueto.


Nueva York, sábado 4 de junio de 2005.
4:33 p. m.
Colombia 5 Perú 0

La vida muchas veces tiene la mala costumbre de parecerse al fútbol y nos enfrenta a baches, intervalos oscuros en los que la felicidad se nos escabulle. A mí me tocaba protagonizar uno de esos paréntesis viviendo en Nueva York, mientras trataba de no olvidar la vocación de periodista y pagaba las cuentas trabajando en una pizzería de Long Island.

En ese lugar conocí a Luis, caleño, compañero de trabajo y devoto de la selección Colombia. Nuestra amistad creció con las ilustradas conversaciones de fútbol que sosteníamos en medio de la indiferencia e ignorancia de los boricuas, dominicanos y paquistaníes que compartían nuestras horas en la pizzería y que solo les interesaba pensar en cómo apoderarse del delivery que prometía mejor propina. Aprendí a escuchar vallenatos y a querer un poco al Deportivo Cali, equipo que –como decía Luis– a veces lo hacía “salir de la ropa”, y me empecé a encontrar con frecuencia los fines de semana por la Roosevelt Avenue de Queens, debajo de la Línea 7 del tren, en busca de una bandeja paisa, un salpicón o unos buñuelos. Esa tarde de hace diez años, Luis y yo estamos sentados frente al monitor de la computadora de la pizzería aprovechando nuestra hora de descanso. Nuestra amistad está en un breve compás de espera, porque Colombia y Perú juegan un partido de descarte en Barranquilla por las eliminatorias para Alemania 2006. Y a medida que se suceden los goles colombianos que Luis corea con frenesí y una pizca de burla, mi único consuelo está en apostar por el ferviente deseo de que Colombia también se quede fuera del mundial, algo que sucedió al final.

La señal entrecortada de internet muestra uno, dos, tres y cuatro goles colombianos en el arco de Perú. Cuando llega el quinto, Luis me ofrece una mirada condescendiente y me pregunta “hermano, ¿cuándo se volvió tan pecueco su equipo?”. No contesto, pero luego pienso que en el fútbol hay tantas teorías como aficionados existen.

Y como es el caso con los grandes amores, la versión personal resulta tan válida como la que el resto del mundo cuenta. Entiendo entonces que mi alegría futbolística se terminó una tarde de invierno, hace exactamente treinta años atrás.


Buenos Aires, domingo 30 de junio de 1985,
5:25 p. m.
Argentina 2 Perú 2

Tenía quince años y ni la más remota idea de que la primavera futbolística peruana tenía fecha de caducidad. Así, para el partido decisivo por el pase a México 86, llegó al Monumental de Buenos Aires la última generación de futbolistas prodigiosos nacidos en el Perú. Treintones y reencauchados, Oblitas, Cueto, Velásquez, Barbadillo, Olaechea, “Panadero” Díaz, entre otros, estaban dejando en el camino a Maradona y Argentina derrotándolo por 2 a 1 a solo nueve minutos del final. La victoria nos ponía en México y el empate nos mandaba al purgatorio del repechaje.

Cae la tarde en Lima, cuando tras el enésimo centro hacia al área peruana, el capitán argentino Daniel Passarella baja de pecho el balón y lo cruza de derecha hacia el arco defendido por Eusebio Acasuzo. El remate del defensa rioplatense rebota en el palo lejano y entre empellones y jaloneos sobre el terreno barroso y desigual, la pelota encuentra el pie derecho de Ricardo Gareca –delantero suplente, y que por esos vaivenes kármicos del fútbol será técnico de la selección peruana treinta años después– y se mete en la portería sin pedir permiso.

Habíamos quedado eliminados del mundial, y entraríamos en un invierno futbolístico de treinta años del que todavía no hemos salido. Con ese puntillazo a quemarropa, Gareca nos había cursado el certificado de defunción. Después vendrían las siete eliminaciones consecutivas, el descenso al sótano futbolístico de Sudamérica, el racismo en las tribunas, la deshonra del periodismo lumpen y las vacas cruzando nuestras canchas a discreción. Tenía 15 años y aunque ganáramos ese partido en el Monumental ya mi padre no me hubiera podido cargar en brazos como lo hizo cuando clasificamos a España 82. Y sigo creyendo que a las 5:25 de la tarde de ese domingo 30 de junio de 1985 se me acabó la alegría.



Hoy, 8:01 a. m.
Última actualización

Le pongo un mensaje en Facebook a mi amigo Luis, quien ya da por descontada una victoria en la Copa América sobre Perú de su Colombia mundialista y su James galáctico. Le recuerdo que en el fútbol todo puede pasar. Como cuando en la última edición de este mismo torneo, Falcao desvió un penal, les clavamos dos goles en tiempo suplementario y los dejamos fuera. Mi desdicha también acepta paréntesis.


Originalmente publicada el 12 de junio en revista colombiana "Don Juan".


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