Crédito: A. UNO
Un año para el olvido
Opinión

Un año para el olvido

El 2014 fue, desde la macroeconomía, un año para el olvido. El PIB creció 1,9%, la tasa más baja en cuatro décadas, si excluimos 1982, 1983, 1999 y 2008, los años con crisis internacionales. Y la inflación acumuló 4,6%, superando incluso el techo del rango meta del Banco Central. Especialmente preocupante ha sido la evolución de la inflación subyacente, que excluye productos perecibles y de energía: a febrero de 2015, ésta llega a 5,7% en 12 meses.

La normalización a la baja en el crecimiento era esperada, después de 3 años muy por sobre el promedio de la última década. Pero nadie previó una desaceleración tan profunda. Lideró este ajuste la inversión, que se redujo 6,1%; solo el consumo de gobierno, que se expandió 4,4%, evitó que hayamos caído en recesión técnica. 

El Informe de Política Monetaria (IPoM) de marzo, que acaba de publicar el Banco Central, muestra que el entorno internacional poco tuvo que ver con la magnitud del ajuste: el crecimiento de nuestros socios comerciales fue solo marginalmente menor durante este periodo, cayendo desde 3,4% a 3,3%. Hoy nadie discute que nuestro bajo crecimiento se explicó por un deterioro de las expectativas en un entorno inusualmente incierto, resultado de reformas que, más allá de sus eventuales justificación de largo plazo o fallas de diseño, fueron muy mal comunicadas.

"La duda es qué pasará durante los próximos años. ¿Recuperará nuestro país una tasa de crecimiento sobre el 5%, o se estancará un par de puntos bajo eso?"

Pero el efecto de la incertidumbre debiera desaparecer una vez despejada la discusión de las reformas. De hecho, durante los últimos meses, y habiendo quedado atrás el debate sobre la reforma tributaria, la economía rebotó. Y en este IPoM, la proyección de crecimiento para 2015 está en torno al 3%. La duda es qué pasará durante los próximos años. ¿Recuperará nuestro país una tasa de crecimiento sobre el 5%, o se estancará un par de puntos bajo eso?

Para responder esta pregunta es necesario analizar la productividad agregada. Con las cifras de cuentas nacionales del Banco Central e información laboral del INE, he calculado que la contribución de la productividad agregada al crecimiento del PIB en 2014 fue negativa. Sin embargo, en una economía con el nivel de desarrollo económico de Chile, la productividad debería contribuir al producto al menos 2 puntos porcentuales por año.

La situación es incluso más preocupantes dada la tendencia que ha seguido la productividad agregada en el tiempo: Durante los años 90 la productividad explicó 4,7 puntos porcentuales de crecimiento por año; durante la década, 1,4 puntos porcentuales; y el año pasado, -0,5%.

Esta baja productividad reduce la sustentabilidad del crecimiento. En el largo plazo, el empleo y la inversión – la acumulación de capital – son irrelevantes para el crecimiento del producto per cápita. El mejoramiento en la calidad de vida resulta de la relación virtuosa entre productividad y crecimiento. Las economías exitosas liberan horas para el ocio y recursos para el consumo, pero continúan creciendo; no porque trabajen e inviertan más, sino que porque trabajan e invierten mejor. 

Banco Central mantiene proyección de crecimiento para 2015 en 2,5%- 3,5%

Una segunda consecuencia de la baja productividad es coyuntural. El producto potencial, es decir, aquel que una economía puede sostener sin enfrentar presiones inflacionarias, depende directamente de la eficiencia agregada. Las estimaciones oficiales actuales lo ubican en el rango 4 – 4,5%.

Pero las cifras de actividad más recientes permiten estimarlo solo marginalmente sobre el 3%. El resultado sería una brecha de capacidad menor a la habitualmente estimada. Esta puede ser la razón de que, a pesar del bajo crecimiento 2014, la inflación siga alta. Así, el espacio que tendría el Banco Central para mantener una política monetaria expansiva – esto es, una tasa de interés relativamente baja- hoy es menor. 

Con todo, una productividad estancada no solo impide cerrar las brechas con los países más avanzados en el largo plazo, también favorece, en lo inmediato, una mayor inflación, presionando las tasas de interés al alza. Por ello, recuperar las ganancias de eficiencia representa el principal desafío económico de corto y largo plazo en Chile.


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