Crédito: Agencia Uno.
Ser y parecer: estándares éticos y política

Ser y parecer: estándares éticos y política

Parto declarando mi conflicto de interés, soy militante hace más de una década del Partido Socialista. Decidí hacerlo no por familia ni por conveniencia, sino que por convicción. Creo que solo es posible alcanzar el progreso en una sociedad si recuperamos el sentido de lo público, si nos orienta la vocación por generar instrumentos y políticas que garanticen mayor justicia social, donde las personas sean libres y puedan desplegar su proyecto de vida sin restricciones que tengan que ver con el género, la nacionalidad, el color de piel o su origen social. Todo ello, desde mi convicción, se hace construyendo desde lo colectivo, desde la co-responsabilidad con el mundo en que se vive. Eso para mí lo ha representado y lo representa de la mejor manera el Partido Socialista de Chile. Eso, aunque muchas veces me he sentido poco representada por algunas de sus autoridades, pero creo también firmemente que las instituciones sobrepasan a las personas.

"En lo que se ha dado a conocer a la opinión pública no hay ilícitos, pero sí vicios y problemas de legitimidad"

Declarar el conflicto de interés me parece una buena práctica, poco utilizada a ratos por los actores públicos. Es bueno saber desde dónde hablan las personas, instituciones, medios de comunicación, entre otros.

Dicho esto, es imprescindible poner en su justa dimensión la discusión sobre el patrimonio del partido y su política de administración de los recursos. Para ello, creo que es necesario plantearse algunas preguntas relevantes, asumiendo que en lo que se ha dado a conocer a la opinión pública no hay ilícitos, pero sí vicios y problemas de legitimidad y que las normas que se han ido aprobando en los últimos años en materia de probidad y transparencia han colaborado en qué prácticas que pueden ser hoy ampliamente cuestionadas, no se lleven adelante nunca más.

El Partido Socialista tiene importantes recursos que derivan de las indemnizaciones que recibió del Estado de Chile para reparar el perjuicio patrimonial que causo la dictadura al partido. El año 1997 el Congreso extraordinario de Concepción decidió que la administración de este patrimonio se hiciera por una comisión independiente de la directiva del partido y que estos no tuvieran injerencia en esta materia.

Primero ¿era legítimo que el partido invirtiera a partir de una comisión técnica en el mercado de capitales en Chile? Sí. No obstante, creo que en política siempre, pero particularmente en momentos donde el desprestigio afecta a todos por igual, es importante cuidar las formas y el sentido de lo que se hace. No hay vicio de legitimidad en invertir, pero en instrumentos de renta fija, porque no tiene incidencia en la cuestión pública;  hay potenciales vicios en la renta variable, porque tratándose de un partido que tiene representantes y tomadores de decisiones, es posible que el conflicto de interés derive en una incidencia indeseada en el funcionamiento de los mercados y la cosa pública. Eso es lo que instala la extendida sospecha sobre toda la política en Chile, la porosa frontera entre la política y el mundo privado. Ser y parecer debiera ser la consigna.

Segundo, ¿hay alguna ilegalidad al respecto? Ninguna, el cuestionamiento no es sobre la legalidad de lo que se hizo, entre otras cosas, porque hasta hace poco, no había norma que prohibiera que esto se hiciera. No obstante, el debate está puesto sobre la coherencia entre el discurso y la práctica. Es aquí donde está la dimensión ética de la política, el aumento de los estándares de una sociedad que al paso que se desarrolla, le exige más a sus autoridades. Esto es, en el fondo, una buena noticia, porque si esto hoy nos escandaliza es porque hemos progresado en aquello que hasta hace poco normalizábamos como práctica política. De hecho, a partir de la ley 20.915 aprobada al alero de la agenda de probidad y transparencia y vigente desde el año 2016, los partidos sólo pueden invertir su patrimonio en instrumentos de renta fija y regulados por el Banco Central o constituir un fideicomiso ciego.

Creo que el “buenismo”, aquello de asumir determinados esquemas valóricos con algo de ingenuidad y sin ninguna autocrítica, o de la superioridad moral en base a cuestiones febles, nos tiene en un mal pie. Abundan en períodos de campaña dimes y diretes, pero la única manera de salir de este mal clima político es poner el debate en su justa dimensión.

Nuestros estándares éticos en la cosa pública tienen que subir, que duda cabe, pero no podemos rasgar vestiduras porque lo que aquí se ha hecho es harto y vale la pena que de una vez por todas le pongamos racionalidad al debate.


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