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México o la letra impresa con sangre
Opinión

México o la letra impresa con sangre

¿Terminarán los 43 estudiantes de Ayotzinapa convertidos en un hito en la política mexicana? ¿Pasarán a la historia como un antes y un después respecto de la violencia?

Las reacciones que ha despertado este impresentable hecho no se habían visto antes pese a la monstruosidad que se vive hace ya más de una década. Se estima que en los últimos años ha habido cerca de 20.000 desapariciones producto del crimen organizado. Sin contar los muertos: 60.000 es la cifra más conservadora y hay quienes hablan de 80.000.

Existen muchísimas fosas clandestinas que ocultan asesinatos que a veces ni siquiera son denunciados. Varias fueron encontradas en la búsqueda de los normalistas de Iguala pero los cadáveres no correspondían a los jóvenes desaparecidos el 26 de septiembre cuando fueron interceptados por la policía y subidos a buses. Por temor o desidia, cuestiones tan espeluznantes como éstas tienden a diluirse en el olvido en un par de días.

"El periodismo ha cumplido un rol fundamental y como consecuencia México se ha convertido en el país más peligroso para ejercerlo."

Bueno, casi todo. Porque el periodismo, especialmente el de investigación, ha cumplido un rol fundamental y como consecuencia México se ha convertido en el país más peligroso para ejercerlo. Tanto así que hay libros que se ocupan de los caídos como "Tú y yo coincidimos en la noche terrible", que recoge la vida de 127 periodistas asesinados o "Morir en México", del norteamericano John Gibler, que relata los entretelones de este duro oficio.

Pese a todo, las librerías rebosan títulos con reportajes en profundidad sobre violencia, droga y corrupción: "Nacormex" y "Osiel: Vida y tragedia de un capo" del periodista Ricardo Ravelo; "La Reina del Pacífico" de Julio Scherer y "Las jefas del narco" de Arturo Santamaría se ocupan de mujeres narco. Imposible no mencionar "El Cártel" de Jesús Blancornelas, periodista que sufrió un atentado y murió más tarde efecto de las secuelas. Suma y sigue.

Y cuando el periodismo no alcanza, la narrativa se encarga de poner el dedo en esta llaga. Para eso está la “narcoliteratura”, una tendencia que para algunos es una etiqueta marquetera como lo fue el “boom”, mientras para otros responde a la condición propia de lo literario para hablar una realidad que parece inverosímil e inabordable por su crudeza.

Muchas veces los relatos arrancan de hechos reales apenas encubiertos por la ficción como la novela "El poder del perro", del norteamericano Don Wislow que ficcionaliza el secuestro y asesinato de Enrique Kiki Camarena, agente de la DEA infiltrado en los cárteles mexicanos.

Por eso Emiliano Monge distingue dos tipos de narcoliteraturas: la policiaca y la literaria. Elmer Mendoza, con las aventuras del detective Edgar “El Zurdo” Mendieta que se mueve en ambientes de traficantes, prostitutas y cadáveres decapitados como sucede en "Balas de plata", y "La prueba del ácido" por ejemplo, es sin duda de las primeras.

"Cuando el periodismo no alcanza, la narrativa se encarga de poner el dedo en esta llaga. Para eso está la “narcoliteratura”."

Según Monge en las “literarias” el fenómeno se aborda “no como personaje sino como escenario, como un espacio en el que tienen cabida tanto las historias de amor como la emigración y los parricidios. El aumento de la violencia social va siempre acompañado del aumento de violencias más íntimas”.

Numerosos y buenos autores destacan en este otro registro. Yuri Herrera con "Trabajos del reino" o "Señales que precederán al fin del mundo"; Carlos Velázquez y "La biblia vaquera", relatos que transcurren en un territorio regido por el triunfo del corrido sobre la lógica; Luis Humberto Crosthwaite con "Tijuana: crimen y olvido", para mencionar solo unos pocos.

Ficción o no ficción, todas ellas son letra impresa con sangre que sin duda exorciza los miedos y la vehemencia de estos días. 


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