Andrés Chadwick o el elogio de la política
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Opinión
Gonzalo Cordero Gonzalo Cordero
Abogado y analista político.

Andrés Chadwick o el elogio de la política

Como si fuera parte del guión mayor del declive de la socialdemocracia, la Nueva Mayoría no logra encontrar el discurso, el liderazgo, ni la estrategia común que los conduzca a un nuevo gobierno. Por el contrario, es la izquierda del Frente Amplio la que, con fundamento real o aparente, parece cobrar el protagonismo suficiente para fragmentar la votación que el pacto de gobierno necesitaría para ser competitivo.

El cambio en el mapa político es profundo y tiene, por ahora, como favorito para la próxima elección presidencial al ex Presidente Piñera. Así la centro derecha podría llegar al gobierno dos veces en las primeras dos décadas de este siglo, algo inédito en los últimos cien años.

No hay duda que la figura de Andrés Chadwick cobra un interés especial en este contexto, porque en nuestra cultura el Ministro del Interior juega un rol que determina el balance de cualquier gobierno. Prácticamente todo periodo exitoso se caracteriza por la manera en que la dupla del Presidente de la República y su Jefe del Gabinete se reparten roles, ejerciendo el primero más como Jefe de Estado y convirtiéndose el segundo en una suerte de Jefe de Gobierno en los hechos.

Esto, que se dice fácil, es una tarea mayor si el Presidente es Sebastián Piñera, pero Chadwick logró serlo, en la esquiva e inasible dimensión política, en los años que ejerció el cargo. Ocupó “el territorio”, influyó, articuló, resolvió conflictos y lo hizo sin generar ruidos, ni resquemores, sin heridos en el camino, sin estridencias, sin opacar a nadie. Como todos los buenos políticos en esa función, alumbra, pero no encandila.

Ponerle política a un gobierno de derecha, encabezado por un economista, ya es, de por si, una tarea tan necesaria como difícil. Es conocida la tendencia de este sector por concentrar todo en las políticas públicas, brillar por la gestión, pero, más tarde o más temprano, consumirse en los conflictos innecesarios, en la incapacidad de articular a las huestes propias, en los autogoles de media cancha.

Evitar ese sino es su talento y de él deriva su rol natural. Recuerdo que alguna vez me dijo, con la agudeza e ironía que lo caracteriza, que a él nadie lo consideraba presidenciable. En el fondo, sutilmente su frase marcaba un rasgo inusual que él asume: ser un político de primera línea que no busca el liderazgo, por eso nunca presidió la UDI y creo -aunque suene a ingenuidad- que nunca se ha mirado al espejo imaginando una banda tricolor cruzada en el pecho. Debe ser el único.

Chadwick logra algo que parece imposible, estar en la “pole position”, pero sin ser amenaza para todos los que vienen atrás y buscan su oportunidad. Para él esa parece ser la posición final a la que aspira, allí encuentra la realización de sus talentos y de su vocación política.

Pero eso también tiene sus costos, no imagino en la centroderecha un proyecto que pueda realizarse sin el concurso central de su talento, pero siempre ha sido y, probablemente siempre será, el proyecto de otro. Como si fuera un símbolo de ese destino, mi primera imagen suya es parado al lado de Jaime Guzmán al inicio del curso de derecho político comenzando mi carrera en la Universidad Católica. A partir de ahí lo recuerdo siempre a la diestra de alguien. Después de asesinado Jaime, junto a Longueira y, por último, al lado del Presidente Piñera.

En las elucubraciones que genera un eventual segundo gobierno de Sebastián Piñera, un lugar central lo ocupan los pronósticos de quiénes podrían volver a ocupar cargos, qué Ministros se podrían “repetir el plato”. Por supuesto, la tendencia natural es a querer caras nuevas, con una sola excepción, no he encontrado a nadie que discuta que Andrés Chadwick debiera volver al Ministerio del Interior.

El que pueda creer que su afabilidad, sonrisa permanente y sencillez, lo vuelve un político sin filo, se equivoca. Sin estridencias, sin ostentar el ejercicio del poder, lo ejerce con la rudeza que requieren las posiciones que ha ocupado. El oficio tiene sus armas y nadie llega hasta dónde ha llegado sin usarlas, que no se vean sus efectos no significa que no existan.

Como todo político de raza tiene el talento de hacer creer a su interlocutor que lo que está escuchando es lo más inteligente que ha oído, que es un aporte indispensable, su expresión de concentración e interés es un clásico.  Con los años he aprendido que detrás de esa mirada enfocada y el ceño contraído puede estar pensando en la reunión siguiente, en lo que hizo el fin de semana pasado o cuánto durará la lata que le estoy dando. Pero al salir de una reunión con él, igual siento esa sensación indescriptible de satisfacción por haber dado en el clavo, por haber hecho el aporte fundamental. No lo puedo evitar, a pesar de que lo conozco y se la verdad. ¿O no la sé?

Ese es Chadwick.