El bus
Semanal

El bus

Gonzalo Cordero
Gonzalo Cordero

Abogado UC, profesor universitario, ex Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Andrés Bello, ex consejero del Consejo Nacional de Televisión, columnista y analista político. Socio fundador de Azerta Comunicación Estratégica.

No puedo dejar de manifestarme sorprendido por todo el episodio de violencia que se desató a raíz del llamado "bus de la libertad". Partidarios y detractores se enfrentaron a golpes e insultos, movidos por una pasión tan desbordada como estéril. Un buen ejercicio para analizar situaciones de este tipo es ver las imágenes televisivas quitándoles el audio, de manera que uno se pueda concentrar en las expresiones faciales, los gestos corporales, la actitud grupal y luego pensar, separadamente, en el motivo de toda esa pasión. El resultado me suele resultar, como en este caso, un poco ridículo.

"Hay una creciente dictadura de lo “políticamente correcto”, especialmente en estas materias, que arbitrariamente pretende silenciar y castiga socialmente cualquier punto de vista discrepante"

Uno de los efectos de esta emocionalidad es que las posiciones se extreman hasta el punto de la caricatura, convirtiendo temas serios, complejos, llenos de matices sutiles, pero profundos, en una disputa maniquea en que cada grupo exige al resto de la sociedad tomar posición en bandos fanatizados al calor de las cámaras de televisión.

“Con mis hijos no se metan” rezaba una frase al costado del bus. En abstracto es difícil estar en desacuerdo. Pero, en concreto, no me parece que exista una agresión, una invasión a la conciencia de los niños, que suplante coercitivamente el rol educador de los padres. En mi caso particular tengo tres hijos entre 21 y 12 años, han sido educados en un hogar en que se valora el respeto a la individualidad de cada persona, al derecho que tiene cada uno a tener sus propias creencias, así como a vivir conforme a ellas, sin ser discriminado, ni menos agredido.

"Me resulta absurdo pensar en que podría sentirme amenazado o agredido, porque otros no encuentran la felicidad en la forma que la he encontrado o la concibo yo"

Eso que se suele llamar “el valor de la familia” no es algo que mi señora y yo hayamos enseñado a nuestros hijos, en un sentido intelectual, sino que esperamos haberles provisto la experiencia vital que significa compartir un proyecto común, unido por el afecto entrañable, el compromiso, el apoyo en los momentos difíciles.  Mi familia es una familia arquetípica que, supongo, calza con la visión de los promotores del bus; en realidad, es arquetípica casi al punto de la caricatura: papá, mamá, hijos, perros. Por cierto, papás unidos en único matrimonio.  

¿Definiría yo a mi familia como una familia “normal”?  No, la definiría como una familia feliz, todo lo feliz que se puede ser en la vida real, que siempre es difícil.  Como mi experiencia familiar es y ha sido plena, me gustaría que muchos otros experimentaran algo semejante, encontraran su realización en la paternidad/maternidad, en la vida en pareja, en el complemento de la unión heterosexual.

Pero me resulta absurdo pensar en que podría sentirme amenazado o agredido, porque otros no encuentran la felicidad en la forma que la he encontrado o la concibo yo. Así como tampoco tengo ningún temor de que a mis hijos alguien los vaya a “convencer” de que hay otras formas de vivir la vida, mi único temor sería no haberles entregado la formación adecuada para asumir y respetar esas otras formas, así como para formarse un juicio propio de los límites morales y éticos de las distintas opciones de vida en sociedad.

¿Y mientras son niños sin criterio formado? Me dirá alguien, mi respuesta es que para los padres que hacen su tarea esa es la etapa que tienen más control e influencia sobre sus hijos, así que es al revés, si alguna inseguridad mayor se justifica es cuando crecen.

¿Y los que creen que la familia sólo se funda en la unión heterosexual o que la sexualidad sólo se puede vivir normalmente de acuerdo a los patrones biológicos, deberían estar impedidos de defender y promover esos puntos de vista? Desde luego que no, tienen todo el derecho a sostenerlos y eso no los convierte en nazis, ni en violadores de derechos humanos. 

Así como encuentro que la frase “no se metan con mis hijos” o las descripciones anatómicas de niñitas y niñitos son exageradas o un tanto excéntricas, catalogarlas de agresiones, apedrear el bus, levantar banderas y terminar a golpes es también una forma de fanatismo que denota un grado importante de inseguridad en las propias convicciones por parte de los agresores. Hay una creciente dictadura de lo “políticamente correcto”, especialmente en estas materias, que arbitrariamente pretende silenciar y castiga socialmente cualquier punto de vista discrepante.

¿Y la adopción de niños por parejas homosexuales y los cambios de sexo? La verdad, no tengo todas las respuestas, no estoy seguro de todo, tengo dudas; tengo juicios y prejuicios y a veces me cuesta mucho discernir unos de otros. Más de alguien me ha preguntado inquisitivamente si soy liberal -como si eso fuera algo muy grave- la respuesta es que sí, pero en un sentido amplio casi todos los somos, vivimos en una sociedad liberal, creemos en la igualdad ante la ley, el estado de derecho, algunos defendemos una forma de organización económica liberal.

A pesar que no soy alguien de inclinación religiosa, mucho de mi vida responde a patrones conservadores, por lo que también he sido calificado de conservador, por quienes creen que eso es peligroso, medieval.

Al final del día, no me gusta la gente que está segura de todo, que a punta de tener todas las respuestas se le acabaron las preguntas, que necesitan ir por la vida envueltos en una bandera –cualquiera sea- matando infieles y repartiendo anatemas. No me gusta esa parte de nuestra sociedad que afloró por algo tan pedestre como un bus.