El pacto que nunca existió
Opinión
Gonzalo Cordero Gonzalo Cordero
Abogado y analista político.

El pacto que nunca existió

Para interpretar la corta existencia de la Nueva Mayoría es imprescindible remitirse a su antecesora: la Concertación de Partidos por la Democracia; y hay que mencionarla así, con su nombre completo, ese que sus partidarios enarbolaban en los ochenta con una mezcla de orgullo y épica, la que después fue reduciéndose en la misma medida que el pragmatismo reemplazó a la épica y el oropel de los cargos al orgullo de la gesta.

La Concertación fue, en el fondo, un pacto cuyo ethos estaba constituido por la reunión de un sector socialcristiano con otro de socialistas renovados, que habían derivado en auténticos socialdemócratas, desengañados de las promesas mesiánicas de una revolución proletaria que se hizo añicos bajo los ladrillos de un muro en Berlín.

"Si hubiera que apuntar un responsable de “matar la ilusión”, no tengo duda que se personificaría en la Presidenta de la República"

El reencuentro de quienes, como Aylwin, habían jugado un rol innegable en la caída de Allende y los socialistas que habían sufrido los rigores del proceso autoritario, significaba, por una parte, la capacidad de deponer querellas atávicas y, por la otra, renunciar explícitamente a los dioses que unos y otros habían adorado en el pasado. En la noche de los tiempos se perdieron la reforma agraria, las tres áreas de la economía, el Estado empresario y el comunitarismo.

Después de todo fueron capaces de quemar sus ídolos y olvidar sus enfrentamientos pasados para asumir, con toda la pirotecnia que las circunstancias requerían, el país neoliberal que había modelado Pinochet.  Es verdad que no lo asumieron únicamente para administrarlo, sino también para ponerle sus énfasis, para convertirlo en un acervo compartido y así transformarlo en un “Chile de todos”, al decir de Aylwin, y que no fuera sólo el crecimiento, sino también tuviera una cuota de “igualdad”, como nos prometía Lagos.

Ese pacto tuvo un relato épico, héroes con viajes iniciáticos, pretensión de legitimidad y proyecto común, al punto que se llegó a hablar del “partido transversal”. Pero, como todo proceso, vivió su auge, esplendor y caída; los equipos se desgastaron, los recambios fueron siempre a la baja, hasta que llegó el momento de la derrota. El Reich de los mil años” duró respetables dos décadas y se fue a la oposición, pero el equipo que descendió al camarín estaba muy lejos de aquel que había entrado a la cancha cuatro gobiernos atrás.

La Nueva Mayoría no tiene nada de lo que constituyó la esencia del pacto que la antecedió. En el lenguaje propio de las series televisivas fue, a lo más, un bonus track, las últimas gotas de la botella, el “raspado de la olla”, para usar aquella expresión tan en boga.

Sus fundadores tuvieron la pretensión y la ilusión de estar creando algo nuevo. Incapacitados de ver, por su proximidad con el proceso histórico, que estaban poniendo un respirador artificial al enfermo terminal, quisieron revitalizar el cuerpo agonizante introduciendo tres factores que sólo aceleraron el final definitivo: un liderazgo -el de la Presidenta- cuyo ADN nunca perteneció al pacto originario; un programa que abandonó el ethos socialdemócrata, reemplazándolo por un izquierdismo burdo; y, por último, incorporar al PC, partido que introdujo una cuña que rompió el acuerdo del centro con la izquierda que hoy se añora repitiendo un mito, porque la izquierda nunca fue parte de dicho acuerdo, sino que lo fue una renovación socialdemócrata, ahora vapuleada en un rincón como puede atestiguar dolorosamente el ex Presidente Lagos.

Si hubiera que apuntar un responsable de “matar la ilusión”, no tengo duda que se personificaría en la Presidenta de la República, por varias razones: ella creyó que podía dar vida a un proyecto que se acercaba a sus verdaderas convicciones, distintas desde siempre a las de la “vieja concertación”; porque ella le dio el sustento electoral, que en algún momento hizo parecer viable la ilusión; porque acompañó su entusiasmo programático con un equipo que demolió en meses la madurez de país cuasi desarrollado que se había construido en años. En fin, porque abrió la caja de pandora, desde la que salió el Frente Amplio que hoy corta pedazo a pedazo a la propia Nueva Mayoría.

El día que la DC decidió hacer el intento de llegar a la primera vuelta muchos dijeron que ese era el fin de la Nueva Mayoría -probablemente yo también-, pero eso fue sólo producto del impacto del momento. En realidad, esa noche terminó de morir lo que estaba muriendo hacía varios años, el intento de candidatura de Carolina Goic no es más que el réquiem final de la Concertación, es el canto del cisne para un par de generaciones de la centroizquierda chilena y es el estertor que disuelve un pacto que verdaderamente nunca existió.