Crédito: Agencia Uno
Estado Laico

Estado Laico

Primero fue Daniel Matamala y ahora es la diputada Camila Vallejo, quienes ponen en discusión el tema de la laicidad del Estado; el reconocido periodista planteó que debe terminarse el Te Deum y la parlamentaria del PC presentó un proyecto para suprimir la mención a Dios de la fórmula sacramental con que se abren las sesiones en la Corporación legislativa.

A partir de la conversión de Constantino se abre un largo período, de más de un milenio, en que el cristianismo adquiere la condición de religión oficial de la sociedad política en Occidente, el poder terrenal se ejerce en el nombre y por delegación de Dios. Pero el hombre moderno rompe con esa visión, deja de mirar a las alturas y se vuelve sobre sí mismo, reivindica la posesión de su propio destino, funda la convivencia sobre un pacto social y transita desde el mundo medieval de los deberes al actual de los derechos.

Y entre estos derechos, que primero son individuales y ahora se reivindican también como sociales, la libertad de conciencia, de culto, de expresión y de asociación, están entre los más universalmente aceptados. Pero ellos implican que cada uno decide libremente si tiene fe religiosa o no, si es que la tiene cuál es el culto al que adhiere y al Estado sólo le corresponde ser neutral, única manera de respetar la esencial igualdad entre los seres humanos, de manera que, en el ámbito de lo público es y debe ser indiferente la aproximación que cada persona tiene a lo religioso.

Hasta aquí no parece haber problemas, pero se vuelve menos pacífico el concepto a la hora de entrar en definiciones más precisas acerca de qué significa esa laicidad del Estado y la prescindencia de lo religioso en la definición de las reglas de convivencia. Francia, país de evidente e indiscutible desarrollo civilizatorio, aplica esta concepción con la lógica de que la neutralidad religiosa comprende no solo al Estado, en cuanto organización, sino los espacios comunes, eso que llamamos el espacio público.

Inglaterra, en cambio, es una sociedad más flexible sobre este aspecto, allí no se entiende que haya ninguna imposición al resto, por el hecho que cada uno se vista o exprese de la manera que mejor acomode a sus convicciones. El espacio público, por el hecho de ser común, permite al creyente expresar su identidad religiosa con normalidad.

Hay una concepción del laicismo que lo entiende como una suerte de regla básica general y común, que debe ser la norma aplicable en todos los aspectos de la convivencia social, relegando lo religioso a la intimidad de lo privado.

Descartado que nadie puede imponer a otros convicciones de ningún tipo –salvo aquellas que respaldan lo que entendemos y sancionamos como derechos- existen una serie de símbolos que son importantes para los creyentes, que subsisten o porque tienen sentido en sí mismas o porque se han integrado como tradiciones que forman también parte de nuestra cultura.

¿Si los chilenos que profesan una fe quieren agradecer y pedir por nuestro país en una ceremonia propia de su culto, las autoridades deberían rechazar la invitación a asistir, porque el Estado es laico? No me parece razonable.

Alguien podría decir que el punto es que, si las autoridades asisten, lo hagan en cuanto personas y no en la representación que les confiere su cargo, además que la fecha no debiera ser aquella que simboliza la unidad de todos los chilenos.

Ambos son puntos válidos, pero ineficientes. Nuestro país tiene su cultura y tradiciones, entre ellas está el que somos una sociedad formada por personas en su mayoría creyentes y que esta(s) ceremonia(s) forman parte de nuestra historia e identidad. Parece haber también aquí una expresión del tipo de pensamiento que ve al Estado como una entidad superior y que su representación formal no puede “rebajarse” yendo a un templo que acoge a una parte de los chilenos. Menos sentido tiene esta objeción tratándose de una ceremonia que ha devenido en ecuménica y que se ha agregado otra propia del mundo evangélico.

Tengo la impresión que la humanidad va para el otro lado, que esta es más bien una mentalidad que sin percatarse se aferra a algunas categorías ya antiguas de la modernidad y que hoy hacen crisis; como dice Daniel Innarerity “el modelo liberal o republicano funciona con la idea de trascender las diferencias más que para proveer ocasiones para su reconocimiento, expresión y entrelazamiento”.

Parece útil reflexionar sobre el decurso de la sociedad liberal, que nació como reacción a la segregación estamental de la Europa medieval, para instalarnos a todos bajo la pretensión de igualdad jurídica y política. Es verdad que ese cambio significó luchar para retirar, al menos formalmente, privilegios a cultos religiosos y clases sociales.  El desafío, entonces, es cómo cumplimos con el viejo anhelo de una comunidad sin privilegios, pero que ahora también demanda el reconocimiento de las diferencias.  Creo que la cosa va por ahí y no por laicismos que buscan, a su manera, homogeneizar artificialmente sociedades diversas.


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