Crédito: Agencia Uno
Ciudades preparadas
Opinión

Ciudades preparadas

Hace pocos días, tuvo lugar la Tercera Conferencia Mundial para la Reducción del Riesgo de Desastres en Sendai, Japón, durante la cual se discutió una estrategia para reducir el riesgo de desastres para el período 2015-2030. Mientras en Chile, el debate sobre la capacidad que tienen nuestras ciudades para hacer frente a una amenaza se ha intensificado tras los aluviones en el norte, la erupción del volcán Villarrica e incendios en distintos puntos del país. Considerando que aún tenemos fresco el recuerdo de desastres anteriores ocurridos en los mismos lugares, el debate no solo se ha centrado en la respuesta a la emergencia, sino también en las razones por las que vuelven a ocurrir los mismos problemas.

Por una parte, cuando una de las causas principales de un desastre ha sido la acción humana, como es el caso de algunos incendios (por acumulación de basura, falta de fiscalización o prender fuego en un lugar no apropiado) se hace más evidente la necesidad de discutir sobre lo que se pudo haber hecho para evitar la catástrofe. Sin embargo, los desastres siempre se desencadenan por una combinación de factores, varios de los cuales pueden evitarse. Por otro lado, el riesgo de desastres siempre puede reducirse a través de una mejor planificación urbana – aunque enmendar los problemas de una planificación deficiente es un proceso muy costoso y lento.

"No basta una amenaza para que haya un desastre, además debe haber una comunidad vulnerable que no logra afrontar los efectos de la amenaza."

Ahora bien, en estricto rigor, terremotos, erupciones volcánicas o inundaciones no constituyen desastres en sí mismos. En realidad, constituyen amenazas, pues tienen el potencial de generar pérdidas de vidas, daños materiales, ambientales u otras dificultades en la vida de las personas. Las amenazas pueden ser naturales (como una erupción volcánica o un terremoto) o causadas por personas (como un derrame de petróleo).

Un desastre ocurre cuando una amenaza genera una alteración grave a la actividad normal de una comunidad, dejando al descubierto su vulnerabilidad. Es decir, no basta una amenaza para que haya un desastre, además debe haber una comunidad vulnerable que no logra afrontar los efectos de la amenaza. La vulnerabilidad puede deberse a distintas razones de orden económico, físico, político o social. Por eso, los desastres no se consideran ‘naturales’. Aún cuando existen amenazas inevitables (no podemos evitar un terremoto), se puede reducir el riesgo de desastres disminuyendo la vulnerabilidad de las comunidades y las amenazas provocadas por la acción humana.

Así como hemos mejorado las normativas de construcción para que los edificios no colapsen tras un terremoto, podemos avanzar en reducir otras vulnerabilidades. No es casual que los desastres afecten en mayor medida a mujeres y niños, personas que viven en asentamientos informales o a quienes tienen condiciones de trabajo precarias. El uso que se le da al suelo, el tipo de vegetación que se planta cerca de zonas habitadas, o las inversiones que se realizan en infraestructura influyen directamente en el nivel de vulnerabilidad de una comunidad.

Una vez ocurrido un desastre, la atención suele centrarse en la respuesta a la emergencia y en la reconstrucción. Sin embargo, una verdadera recuperación debe incluir aprendizajes, desarrollo comunitario y trabajo en prevención para evitar que el desastre se repita. De acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, por cada dólar invertido en disminuir el riesgo de desastres, se ahorran siete en respuesta a la catástrofe. Además, se logran objetivos mucho más importantes como salvar vidas, evitar lesiones, proteger ecosistemas o el patrimonio cultural.

"Una verdadera recuperación debe incluir aprendizajes, desarrollo comunitario y trabajo en prevención para evitar que el desastre se repita."

Al analizar cómo nuestras ciudades deben prepararse para enfrentar una amenaza, hay que tener presente que permitir la expansión de ciudades hacia zonas de riesgo sin invertir en obras de mitigación o equipamiento crítico (por ejemplo hospitales) en zonas altamente expuestas a amenazas o arrasando con barreras naturales que pueden proteger zonas pobladas (como dunas o bosques nativos) son decisiones que pueden costar caro. No solo por las pérdidas que pueden producirse durante un desastre, sino porque construir un nuevo hospital o (intentar) recuperar un bosque puede tomar largo tiempo, durante el cual las comunidades permanecen vulnerables.

Chile está constantemente expuesto amenazas naturales. Si sumamos los efectos del cambio climático (que acortará la ventana de tiempo entre otras amenazas), es importante acentuar la planificación urbana desde una cultura de la prevención. Es hora de dejar de lado la idea de que los desastres son inevitables y trabajar en los cambios institucionales que nos permitan tener ciudades mejor preparadas.


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