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Género y espacio público
Opinión

Género y espacio público

El domingo pasado concluyó la Semana Internacional contra el Acoso Callejero, promovida en el país por OCAC Chile , que busca concienciar y educar sobre el acoso sexual en espacios públicos y promover una cultura de respeto.

Hombres y mujeres pueden ser víctimas de acoso callejero, aunque actualmente es un problema que afecta en mayor medida a las mujeres. Y es que nuestras identidades (género, nacionalidad, religión u orientación sexual, por mencionar algunas) condicionan la forma en que experimentamos la ciudad. 

Para muchas personas, qué ropa ponerse para salir a la calle es todo un tema, más allá de lo práctico o del gusto, hay prendas que están vetadas si ese día van a usar el transporte público o andar a pie. Como si la ropa ceñida o que deja más piel al descubierto fuera una invitación al acoso.

Para muchas parejas, andar de la mano por la calle es un acto natural y espontáneo, pero para otras, es exponerse a una agresión y piensan dos veces antes de hacerlo. Y así, para muchas personas, cosas tan simples como cruzar una plaza, subirse a un vagón de metro, esperar micro, pasar frente a un edificio en construcción o salir de noche se vuelven asuntos complicados.

"Separar a hombres y mujeres en el transporte público puede parecer una solución atractiva para evitar problemas como el acoso, pero no es la mejor."

La forma en que el género influye en la experiencia del espacio público ha sido (y debe ser) una preocupación para quienes estudian y gobiernan las ciudades. Después de todo, el espacio público es el espacio de todos, por lo que debe ser inclusivo. Un buen ejemplo de ciudad que ha incorporado una perspectiva de género a la planificación urbana es Viena. En esta ciudad se han tomado medidas que van desde diseño de presupuestos que ponen especial cuidado en la distribución de recursos públicos entre hombres y mujeres, hasta mejorar la iluminación de calles y parques o mejorar la señalización de estos espacios.

También hay ejemplos menos felices como los vagones de metro segregados que se han implementado en diversos países, incluyendo Japón, India, Brasil y México. Separar a hombres y mujeres en el transporte público puede parecer una solución atractiva para evitar problemas como el acoso, pero no es la mejor.

Por una parte, esta medida no combate la idea de que la presencia de (usualmente) una mujer en el espacio colectivo es en sí una incitación al acoso. Por otra parte, asume que (usualmente) el hombre no es capaz de controlar impulsos, ni aprender sobre respeto. 

Lo mismo sucede con preferir el automóvil por sobre el transporte público para evitar la exposición a abusos. Quién no usaría el vagón segregado o compraría un auto (teniendo los medios para hacerlo) con tal de evitar ser víctima. Pero la solución no pasa por sacar a las potenciales víctimas del espacio público, sino por garantizar que puedan ocuparlo de forma segura y libre.

"Superar la desigualdad de género pasa por cambios en muchos niveles que van de actitudes individuales a políticas públicas"

Aún cuando el debate sobre género y espacio público ha tendido a concentrarse en la experiencia de las mujeres porque estas todavía son una minoría (no numérica sino en términos de poder), por lo que sufren más discriminación, es importante recordar que los hombres también pueden sufrirla.

Por ejemplo, pregúntele a uno cuándo fue la última vez que entró a un baño público que tuviera una mesa para cambiar pañales. Además, como se menciona al principio de esta columna, la variable de género se mezcla con otras identidades que cambian el modo en que vivimos el espacio.

Superar la desigualdad de género pasa por cambios en muchos niveles que van de actitudes individuales a políticas públicas, ejemplos como los discutidos aquí muestran cómo la planificación urbana puede ayudar a superar o agravar el problema. En ese sentido, el primer paso es la empatía, al igual que con el espacio público, hacer de este un asunto de todos.


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