Crédito: Agencia Uno
Lecciones aprendidas
Opinión

Lecciones aprendidas

Ya ha pasado más de una semana desde que un terremoto afectó varias regiones del país y especialmente la de Coquimbo. Hasta ahora, la ONEMI ha informado sobre la muerte de 15 personas, además de 9 heridas y cerca de 2500 viviendas con daño mayor o destruidas.

Con la respuesta a la emergencia comienza la recuperación después de un desastre y una buena recuperación debe incluir aprendizajes, para evitar que haya otras muertes, heridos y pérdidas. En ese sentido, el terremoto de la semana pasada, junto con dejar en evidencia vulnerabilidades, también mostró qué es lo que hemos aprendido a partir de eventos recientes.

En pocos minutos, se logró evacuar a casi un millón de personas en las costas de Chile, se desplegaron sistemas de alerta en teléfonos móviles y alarmas en espacios públicos, cuyas vías de evacuación estaban señalizadas y, lo más importante, la gran mayoría de la población estaba informada y sabía qué hacer en caso de alarma de tsunami.

Por otra parte, nuestras normas de construcción y las exigencias para su cumplimiento permitieron que la inmensa mayoría de las edificaciones no colapsara debido al sismo, resguardando la seguridad de las personas.

Parte del aprendizaje es revisar los aspectos mejorables de nuestra acción durante una emergencia. En cuanto a las comunicaciones, se puede mejorar su claridad, explicar por ejemplo, a qué altura equivale la cota 30 (un edificio de 10 a 12 pisos). También debemos continuar con la revisión permanente nuestra normativa, incorporando nuevas exigencias, mejores criterios de ordenamiento territorial y seguir exigiendo que se cumplan.

La forma en que se enfrenta inicialmente una emergencia tiene repercusiones en las etapas posteriores de la recuperación. Un buen manejo resulta menos costoso a mediano y largo plazo, ayuda prevenir problemas sanitarios u optimizar la calidad de vida de las personas afectadas.

Un aspecto a considerar es la definición de las edificaciones que servirán como albergues. Cuando se opta por instalarlos en establecimientos educacionales, se retrasa la vuelta a clases de los estudiantes afectados por la catástrofe. Y, como sabemos, la vuelta a la rutina es parte de una recuperación exitosa. Analizar qué edificaciones cumplen con los requisitos para albergar personas y cuyo uso genera la menor interrupción en la vida de una comunidad, es un desafío pendiente.

Otro asunto en el que, poco a poco, se está avanzando, es pensar en viviendas de emergencia que sirvan como parte de una vivienda definitiva o que sean reutilizables. Además de significar un ahorro en materiales de construcción, esto implica que estos refugios tengan mejores condiciones de habitabilidad, lo que influye en la calidad de vida de las personas afectadas.

Un tema que actualmente está siendo considerado en la planificación urbana en Chile es el de la infraestructura redundante. Está claro que no podemos darnos el lujo de poner un hospital u otra edificación crítica para la seguridad de las personas y el funcionamiento de las ciudades en áreas de riesgo, pero también resulta ilógico no tener algunos equipamientos en lugares que, aunque riesgosos, tienen un uso intensivo.

Por ejemplo, tener un servicio de salud que preste atención de urgencia cerca de una playa muy concurrida es un costo que tenemos que estar dispuestos a cubrir, siempre y cuando exista otro centro de salud al que se pueda acudir en caso de emergencia, que se encuentre en un área cercana y segura.

A medida que el país progresa, a la protección de la seguridad de las personas para hacer frente a amenazas se sumará, cada vez con más fuerza, la discusión sobre la protección de actividades económicas y bienes materiales. Así como desde hace algunos meses, los pescadores artesanales deben contar con un seguro de vida para realizar su actividad, en el futuro podríamos pensar cómo pueden asegurarse sus embarcaciones en caso de tsunami o marejadas, y así con otras ocupaciones.

Es importante es recordar que, aunque pueden parecer costosas, la preparación y reducción del riesgo siempre significarán un ahorro si se comparan con los costos de hacer frente a un desastre.


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