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A. Uno
Opinión

Llueve sobre la ciudad

Entre los impactos del crecimiento de las ciudades en el territorio, se cuenta la impermeabilización del suelo. Al construirse pavimentos o techos, una superficie que antes era capaz de infiltrar y almacenar una cierta cantidad de agua, es reemplazada por otra incapaz de absorberla. Esto genera un problema cada vez que llueve, porque el agua que antes era drenada corre por la ciudad y se acumula en algún punto donde antes no llegaba.

Es por eso que el desarrollo urbano debe incluir la infraestructura adecuada para hacerse cargo de este efecto.

Durante mucho tiempo, la liberalización del suelo, junto a la informalidad, hicieron que las ciudades en Chile crecieran en extensión, sin la infraestructura y el equipamiento necesario para su correcto funcionamiento, dejando grandes áreas desatendidas, varias de ellas hasta hoy.

Si a esto se suma la edificación irregular en las fajas de restricción de ríos y quebradas, y la deforestación y erosión del pie de monte, los movimientos de tierra y acumulación de material no autorizados en zonas altas, nos encontramos ante una combinación que tarde o temprano termina en desastre.

Episodios como los vividos durante la semana pasada en varias regiones de Chile, nos recuerdan que aún nos falta mucho para lograr mitigar los riesgos que producen los sistemas frontales en áreas pobladas. Recordemos que para que se produzca un desastre deben confluir una serie de factores, no basta solo con una amenaza natural.

"No debiéramos analizar separadamente terremotos, tsunamis, sistemas frontales o incendios, si es que existe la posibilidad de que ocurran en un mismo lugar"

Hay elementos que aumentan el riesgo, como no incorporar un enfoque centrado en las múltiples amenazas que pueden existir en el territorio. Es decir, no debiéramos analizar separadamente terremotos, tsunamis, sistemas frontales o incendios, si es que existe la posibilidad de que ocurran en un mismo lugar. Además, es necesario sumar factores que a veces no se consideran parte del problema, como la pobreza o la educación.

Asimismo, hay que avanzar en mitigar el riesgo en áreas urbanas ya consolidadas por medio de obras de infraestructura, lo que se ha venido haciendo en las últimas décadas, aunque es una tarea que está lejos de terminar.

Hay desastres que han resultado en la ejecución de dichas obras, como por ejemplo, las piscinas decantadoras en la Quebrada de Macul, que se construyeron después del aluvión de 1993. Estas han contenido bien el cauce en días de lluvia, pero también han significado un problema de seguridad cuando no están en uso.

Desde hace años que la tendencia es construir obras para drenar el agua y hacer que circule lo más lento posible, en vez de expulsarla rápidamente del área urbana, lo que solo traspasa el problema a otra zona, además de dar usos múltiples a estas infraestructuras, para que las personas puedan habitarlas cuando no están siendo utilizadas para contener una amenaza.

En ese sentido, parques como La Aguada en Santiago y Kaukari en Copiapó son buenos ejemplos de obras que significan externalidades positivas para la ciudad, pues además de mitigar el riesgo, generan espacios públicos de calidad para los ciudadanos. También es necesario considerar intervenciones de menor escala para retener e infiltrar agua en espacios más pequeños como plazas, veredas, estacionamientos o jardines.

Teniendo en cuenta el desafío que tienen nuestras ciudades de adaptarse al cambio climático, vale la pena tener en cuenta estos casos al pensar el tipo de espacio público que queremos generar al reducir el riesgo de desastres.


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