Crédito: A. Uno
Aborto: por un debate sin bullshit

Aborto: por un debate sin bullshit

Cuando Federica Montseny Mañé, anarcosindicalista, feminista y primera mujer europea en ocupar un cargo ministerial (salud), presentó un decreto legalizando el aborto durante la Segunda República española en 1936, en Chile el aborto terapéutico ya era legal hace cinco años.

Y lo seguiría siendo hasta que en las postrimerías de la dictadura, Jaime Guzmán viera concedido –Merino y Medina mediante- lo que venía pidiendo desde 1974: la ilegalidad total y absoluta del aborto en todas sus variantes.

Desde entonces el debate quedó excluido de la discusión pública, en general bajo una fórmula disfrazada de prudencia: “el país aún no está preparado”. No deja de ser curioso que a pesar de su práctica –legal o clandestina- durante décadas, una sociedad infantilizada a ojos de sus élites parecía no tener las competencias para entender lo que de todas maneras hacía. La simple idea de debatir al respecto comportaba un riesgo. 

Ahora que las encuestas (CEP, ICSO, Corporación Humanas, Adimark, entre otras) muestran de manera bastante consistente que una proporción mayoritaria de la opinión pública aprueba el aborto en alguna de sus variantes, pareciera ser que debate sería finalmente posible. Las autoridades se apresuran a pedir eso sí que sea una discusión “con altura de miras”.

"No deja de ser curioso que a pesar de su práctica –legal o clandestina- durante décadas, una sociedad infantilizada a ojos de sus élites parecía no tener las competencias para entender lo que de todas maneras hacía."

Sería poco razonable esperar que ocurra en un tono comedido, sin caricaturas y ajustada estrictamente a las reglas de la discusión racional. Después de todo, las discusiones sobre aborto son siempre con “pierna dura”.

A la pobre Simone Veil, sobreviviente de Auschwitz y ministra de un gobierno de derecha, cuando presentó el proyecto de aborto en Francia la insultaban en la calle y le rayaban esvásticas en su casa. Ni hablar de la polvareda que desató el fallo de Rode vs. Wade en Estados Unidos y que los mantiene divididos hasta hoy en el engañoso –y a veces violento- clivaje de los pro-life y los pro-choice.

El debate sobre el aborto moviliza pasiones, y es normal que así sea. Es una de las decisiones importantes que una sociedad puede tomar, y el hecho de que Chile sea parte de un grupito ínfimo y extremo de países que lo prohíbe a todo evento, no disminuye la importancia de lo que se discute.

"El debate sobre el aborto es también uno sobre el Estado, la religión, la autonomía individual, el estatus de la mujer, la objeción de conciencia y la naturaleza de lo humano. Una cosa poca."

Pocas veces en la formación de una República aparecen temas en que convergen con tal fuerza consideraciones legales, morales, científicas, filosóficas y religiosas. El debate sobre el aborto es también uno sobre el Estado, la religión, la autonomía individual, el estatus de la mujer, la objeción de conciencia y la naturaleza de lo humano. Una cosa poca.

El debate entonces será inevitablemente agresivo y profundamente antagónico. Nuestro 2015 será un año en que escucharemos argumentos ad nauseam y probablemente ciertos personajes –activistas, científicos, religiosos,  políticos y opinantes de diversa laya- aparecerán en nuestras pantallas más de lo humanamente soportable.  

¿Entonces qué significa un debate “con altura de miras”?

Doy por descontado que existirá un espacio de la discusión pública, uno que ocurre principalmente en las redes sociales, que nació y morirá sin altura de miras.

Ahí nos llenarán de imágenes efectistas y frases para el bronce, y se seguirá tratando de asesino a quien esté a favor y de fascista a quien esté en contra. Las redes sociales –que son un espacio portentoso de intercambio intelectual fructífero- tienen también esa cara inevitable.

Y habrá también un activismo de calle que nos llenará de pancartas, fetos de PVC y guatas pintadas con frases perentorias. Son expresiones que pertenecen a la esfera de los movimientos sociales y su función no es alimentar el intercambio de opiniones sino marcar posiciones. Bienvenidos.

Me conformaría en lo personal con que sea un debate al que las figuras públicas que están llamadas a participar -legisladores, autoridades gubernamentales, intelectuales, científicos, profesionales de la salud, activistas, líderes religiosos, académicos- y los medios que prestan el espacio, acudan con un mínimo de honestidad intelectual.

"Me conformaría en lo personal con que sea un debate al que las figuras públicas que están llamadas a participar y los medios que prestan el espacio, acudan con un mínimo de honestidad intelectual."

Un debate decente en base a argumentos legítimos que evite lo que hasta por ahora ha primado: argumentos pueriles, recursos sabidamente tramposos, amenazas mañosas, descalificaciones intransigentes.

Una discusión que no confunda a sabiendas objeción de conciencia y valores institucionales. Que no amenace con expropiar universidades, ni en serio ni en broma. Una en que no se sugiera la indecencia de que una ley de aborto dará chipe libre a las familias para ocultar las violaciones entre sus miembros.

Una discusión en que Iglesia Católica –al igual que las demás- participe y aleone a sus huestes en la prédica dominical. Pero que no avance como argumento irrefutable para la discusión pública cuales son los deseos de Dios. Eso es una forma burda de colocarse al margen de cualquier discusión posible.

Una discusión en que los medios de comunicación cumplan responsablemente con su rol, sin distraer con sus imágenes repetidas de guatas de término y guaguas rozagantes los matices que la discusión quiere y necesita reflejar. 

Las últimas dos semanas nos dan material suficiente para llenar varias páginas de ejemplos penosos, pero creo que se entiende la idea: un debate sin bullshit

"Posiblemente se terminarán aprobando medidas excepcionalísimas (no la de violación) que no resolverán la situación de las miles de chilenas que se realizan abortos en condiciones indignas año tras año."

Para alguien que –como yo- cree en el aborto legal, oportuno, gratuito y acogedor bajo una causal única: que la mujer quiera, el resultado será necesariamente frustrante. Posiblemente se terminarán aprobando medidas excepcionalísimas (no la de violación) que no resolverán la situación de las miles de chilenas que se realizan abortos en condiciones indignas año tras año.

Pesarán más los argumentos de una minoría religiosa deslegitimada ante la ciudadanía pero sobrerrepresentada en las élites.

Pero al menos se habrá roto un tabú: el aborto no será a priori un sinónimo de asesinato. Y permitirá, a la larga, darse cuenta de que sin una Constitución que garantice participación de la ciudadanía al abordar cuestiones de sociedad así de importantes (un plebiscito sería la forma más razonable de resolver esto), no hay altura de miras posible.

Chile efectivamente estará preparado para el debate, como siempre lo estuvo, pero no estará equipado para abordarlo con los estándares que una democracia se debe a sí misma. 


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