Crédito: Agencia Uno
El poder perdido

El poder perdido

“El poder se ha hecho más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder” es la sencilla fórmula con que Moisés Naím intentaba explicar en El Fin del Poder, un best seller de 2013, las profundas mutaciones en la fisonomía, las dinámicas y los límites del poder en las instituciones contemporáneas. El libro de Naím ayuda a entender de manera clara y amena (lo que a veces puede ser insufrible pero a él le resulta bien) las raíces y consecuencias de una década agitada. El mundo posterior a S11, la crisis sub prime, la Plaza Tahrir, Wikileaks y las “redes sociales”. Un mundo hostil a las instituciones del que pueden dar cuenta los gobiernos de buena parte del planeta, la Iglesia Católica, los partidos políticos tradicionales, las empresas, la Unión Europea y la FIFA.

Bill Clinton recomendó el libro en cuestión con entusiasmo y Mark Zuckerberg lo eligió para iniciar su “club de lectura”. El autor -ex ministro de Carlos Perez en su Venezuela natal, ex director de la revista Foreign Policy, miembro de un influyente think tank de Washington, funcionario internacional, periodista y columnista- es un insider y le comunica “desde adentro” a la élite que la cosa se está poniendo brava. Tanto Ricardo Lagos como Sebastián Piñera conocen a Naím y han sido entrevistados por él. En el caso de Lagos, figura en los agradecimientos del libro en cuestión. Recientes entrevistas y declaraciones de ambos trasuntan una cierta dosis de resignación “naimiana” ante el hecho irrefutable de que quien quiera que gane -ellos u otros-, le tocará gobernar en malos tiempos para el poder. Tiempos en que obtenerlo es tan fácil como perderlo y usarlo se hace complicado.

Obtener poder puede llegar a ser fácil, sin duda. Es cosa de ver a Trump, que gane o pierda habrá acumulado una cuota importante de manera impensada. En Chile una coalición maltrecha y sin plan B logró arrasar el 2013 tras la -entonces inmaculada- figura de Bachelet. Para las elecciones del 2017, sin embargo, esa facilidad pareciera descansar más bien en una elevada abstención electoral marcada por clase y edad que favorece en esta vuelta a los bloques políticos tradicionales, haciéndole posible a un ex presidente ganar una elección hablándoles a los pocos que votan. Aunque los outsiders han acumulado cuotas de poder impensadas hace unos años, no se ve ninguna candidatura que emerja de ahí. Sus principales figuras, de hecho, ni siquiera están habilitadas en esta vuelta para ingresar al club de los 35 y más que exigen las grandes ligas.

Pero si obtener poder es relativamente fácil, ejercerlo se ha hecho crecientemente difícil. Muchos optan por cargar todo el peso del fracaso del gobierno de la Presidenta a su débil liderazgo, a la baja calidad técnica de sus reformas o a la irritante cantinela de “la retroexcavadora”. Ha sido parte de la ecuación, sin duda. Pero nadie puede creer sinceramente que las causas profundas que hacen difícil gobernar, y que se expresan en el manido concepto de la “crisis” (de confianza, de legitimidad, de expectativas, de las instituciones, del “modelo”, de la política, usted elija) llegaron con Bachelet y se irán con ella.

No mejorará sensiblemente la debilidad de los partidos y las alianzas que sustenten un eventual gobierno, ni la bajísima valoración de las figuras políticas de esos sectores. No se revertirán dramáticamente los precios en los mercados internacionales de los commodities que sustentan nuestra economía ni mejorará la productividad y capacidad de innovación de la industria nacional. No enmudecerán las filtraciones ni los escándalos salidos de una prensa más diversa y -a pesar de sus múltiples sesgos- más escrutadora. Los jubilados (y sus hijos) podrían ser para el próximo gobierno lo que los estudiantes fueron a este gobierno y el anterior. Es más -y esto puede ser fatal para el ego de un ex presidente- la “crisis” habrá vaciado al poder político de buena parte de la dignidad, el prestigio, la manga ancha y los beneficios propios de la investidura. Nada de eso volverá atrás el 11 de marzo de 2018.

Perder el poder también se ha hecho más fácil. Un desafuero parlamentario, por ejemplo, se ha vuelto trivial. Afortunadamente por el momento perdura en la mayoría -con excepciones importantes en la derecha- la cordura histórica que nos recuerda que acabar anticipadamente un gobierno democrático por su bajo apoyo despierta monstruos terribles. Sin embargo cualquier gobierno que venga deba acostumbrarse a que, pasados unos meses, una aprobación del 35% no está tan mal, y 25% no es el fin del mundo. Al menos en eso se sentirán acompañados en el continente.

Pienso que Lagos, Piñera y cualquier otro candidato mínimamente competente sabe o intuye todo eso. En una de esas todos leyeron el libro de Naím. Es de esperar que también sepan que si el poder conseguido no lo usan para intentar recomponer lo que se quebró, eso que algunos ingenuos todavía llamamos el pacto social, gobernar será no solo más difícil, sino que completamente banal. Por lo pronto preocupa el tono autocomplaciente de aquellos entusiastas que ven en los candidatos en carrera la garantía de un retorno a la “senda correcta” omitiendo que esa senda hace tiempo ya se hizo demasiado angosta. No alcanzan a transitar por ella las nuevas voluntades,  demandas y descontentos que ocupan el espacio público. Para gobernar el Chile que viene se necesita una senda más ancha, un nuevo pacto colectivo. Y mucho cuero de chancho.


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