Crédito: DW
Donald Trump

El triunfo de Trump

Mi obsesión con las elecciones norteamericanas ha llegado a niveles preocupantes. Se me va el día saltando de noticia en noticia –algunas relevantes, la mayoría absolutamente prescindibles- y ya no me puedo descolgar de algo que parece tener más de show televisivo que de proceso político. Hay que reconocer que en eso nadie puede superar a los gringos.

Me enganché en las primarias, cuando las cabezas de los pesos pesados del partido republicano comenzaban a rodar una tras otra, humilladas por un candidato imposible. Mientras, en la vereda opuesta, otro postulante impensable para Estados Unidos, un judío socialista de 74 años apoyado por un ejército de independientes veinteañeros, complicaba a quien se suponía correría sola.

Estoy convencido de que a menos que algo trágico suceda, Hillary Clinton ganará holgadamente en Noviembre, iniciando su mandato con un Congreso bastante más favorable que el que tuvo Obama y una oposición republicana en posición fetal tras la implosión de su partido. Después de todo, fueron sus ocho años de intransigencia apelando a los más bajos instintos del electorado lo que terminó engendrando a su propio verdugo. 

"Estoy convencido de que a menos que algo trágico suceda, Hillary Clinton ganará holgadamente en Noviembre, iniciando su mandato con un Congreso bastante más favorable que el que tuvo Obama"

Sin embargo, los efectos de esta elección van más allá de un resultado predecible. Es el umbral de lo aceptable en la democracia norteamericana lo que se fue a pique después de que Trump y su entorno desafiaran reiterada e insistentemente los principios básicos de la decencia política. Se trata de una redefinición de “lo normal” que tendrá efectos globales: nada de lo que Vladimir Putin, Recep Erdogan, Nigel Farage, Viktor Orban o Marie Le Pen puedan decir o hacer de ahora en adelante sonará excesivo o fuera de los límites.

La infinita fomedad de Hillary Clinton se hace dolorosamente evidente tras ocho años de Obama, posiblemente el presidente más carismático de la historia de Estados Unidos. Clinton es la niña símbolo del status quo en tiempos en que el resentimiento contra el establishment abunda. En momentos en que, sobre todo en su sector, se exige certificado de pureza monacal, Hillary tiene tantos escándalos y yayas en el cuerpo como puede acumular quien lleva tres décadas en las grandes ligas de la política norteamericana. En definitiva, es una pésima candidata que hubiese perdido ante prácticamente cualquier otro contendor  republicano, de la misma manera que cualquier otro  demócrata  hubiese hecho menos atractiva la delirante alternativa de Trump.

Sanders, a pesar de su decencia y de propuestas inspiradoras nunca logró seducirme: demasiado diagnóstico para tan pocas soluciones factibles y demasiada intransigencia como para enfrentar una elección general que no se gana predicando entre los conversos. Hubiese preferido una mezcla de Joe Biden y Elizabeth Warren, pero qué se le va  a hacer. Hillary es competente, cree en la política, entiende el Estado, tiene más experiencia a cuestas que cualquier otro candidato del que tenga memoria, está  abierta a las soluciones a medias (que en política suelen ser las únicas soluciones factibles), tiene redes infinitas en los pasillos del poder. Y aunque todo eso suene como un argumento destinado a espantar a cualquier votante de menos de 35, es crucial cuando –de la crisis Siria al terrorismo islámico, pasando por los efectos del BREXIT, las aspiraciones rusas o el cambio climático- hay demasiado en juego en el tablero global para que más encima haya un amateur en la Casa Blanca.

Así que sí, creo que Hilary ganará la elección en noviembre, y me alegra creerlo. Pero a la vez estoy convencido –tristemente convencido- de que aun perdiendo miserablemente, Donald Trump ya ganó, y no solo porque obtuvo toda la atención que un narcisista como él puede necesitar y sospecho era el fin último de su aventura presidencial.

Es cierto que ha resultado un horrible candidato para una elección general, tratando de repetir el truco de las primarias sin jamás aceptar que en esta vuelta no buscas enardecer a tus bases sino seducir a los que no son tus incondicionales. No entendió a tiempo que el “no existe mala publicidad” sirve cuando es necesario distinguirse de la manada, pero no para mostrarse mejor que la única alternativa al frente.

Hay que reconocerle sin embargo que tuvo una intuición certera al identificar a quienes lo podían propulsar: hombres obreros blancos del deprimido noreste y medio oeste industrial americano (el rust belt), tradicionales votantes demócratas maltratados por una globalización cruel con los perdedores, aterrados por una inmigración avasalladora e irreversiblemente desconfiados de las élites que los hicieron pagar la cuenta de la bacanal que acabó tras la crisis  del 2008.

"Trump ya ganó porque logró bajar el umbral de lo aceptable en política al mínimo imaginable, incluso para el país de G.W. Bush y Sarah Palin"

Ese grupo por sí solo no permite ganar una elección, pero existe y es enorme no solo en Estados Unidos sino también en Europa (y ojo, no del todo ajeno a Chile), y sus dificultades son reales. Ese grupo de desafectados es una potencia electoral que Trump destapó y no dejará ir tan fácil.  

Donald Trump ya ganó porque logró bajar el umbral de lo aceptable en política al mínimo imaginable, incluso para el país de G.W. Bush y Sarah Palin. Gracias a él la xenofobia, la matonería desbocada, la ignorancia simplona e insolente, la mentira desvergonzada, el culto al miedo, el sinsentido disfrazado de incorrección política pueden haber encontrado un nicho de largo plazo en la política norteamericana. Un nicho que no pocos candidatos se verán tentados de cortejar en futuras elecciones y que Trump representa como ninguno.  

Esta elección es y será recordada como la elección de Donald Trump y dudo que, en caso de perderla, sea la última vez que escuchemos de él. Como líder de un movimiento escindido del Partido Republicano (un tea party en esteroides) o, lo que es más probable, como figura central de un imperio mediático que -según se comenta- ya ha empezado a prefigurar, seguiremos viendo la pequeñez de sus manos y de su estatura humana por un buen rato. Espero para entonces haberme obsesionado con otra cosa


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