Crédito: Senado
La arista Chile

La arista Chile

“El poder no es una institución, y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados; es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada” (Michel Foucault, Historia de la Sexualidad, vol 1)

 

Producto de la trinidad PENTA-SQM-CAVAL la política ha recibido un mazazo del que difícilmente se podrá recuperar del todo. Sin embargo ubicar esta crisis como una “de la política” –como lo sugieren la mayoría de los análisis estos días - es todavía un intento indulgente de que el diagnóstico coincida con los remedios disponibles en el botiquín y que “los problemas de la política se arreglen con más política”.

La crisis en innegable, pero está instalada un piso más arriba: es una  crisis del poder.  Las soluciones, por lo mismo, pasan pero no se agotan en la política. 

Es verdad que el poder es siempre político, pero como señalaba Foucault, excede el espacio de la política “profesional” e incluso el de las instituciones públicas.

El poder existe en la medida en que se ejerce, y en Chile se ha ejercido también desde un directorio, una página editorial  o un púlpito.  

"Es verdad que los políticos profesionales empiezan a enfrentar -de manera merecida o por una generalización injusta- las consecuencias de la crisis"

Ese ejercicio –al menos desde 1990 en adelante- se ha distinguido por dos cosas. La primera es la concentración de medios materiales y simbólicos en una red demasiado imbricada y cercana para poder imponer cortafuegos entre lo privado y lo público, entre lo religioso y lo laico, entre lo familiar y lo meritocrático. La segunda es la garantía de impunidad, la ausencia de consecuencias personales, la inexistencia de algo que en castellano ni siquiera el lenguaje contempla: accountability, esa mezcla entre rendir cuentas y hacerse responsable de sus actos que tanto fascina a las culturas anglosajonas.

Es verdad que los políticos profesionales empiezan a enfrentar -de manera merecida  o por una generalización injusta- las consecuencias de la crisis. Cuentan que los parlamentarios han comenzado a retirar las placas de sus autos –antiguo símbolo de estatus- y difícilmente pueden caminar por el centro sin que alguien los insulte. Los chistes [contra los] políticos pasaron de prácticamente no existir en el repertorio televisivo a ser como el mentolatum para humoristas cortos de ideas.  La pregunta a estas alturas es simplemente cuantos caerán y cuanto se puede considerar demasiado. 

Pero si el poder político está pagando el precio, el poder económico y el poder religioso también las están viendo negras. Lo del sábado 20 de marzo en la Catedral de Osorno, con los fieles insultando al obispo Barros y su comitiva.

El designio Vaticano siendo agarrado a cachamales por los feligreses: si eso no es crisis del poder, usted me dirá que es. Y ni hablar de lo de hace un par de semanas en la Capitán Yáber, con el 0.01% más rico de Chile haciendo cola para visitar a sus penta-parientes, mientras familiares de presos “comunes” los trataban de ladrones.

Desde la perspectiva del embroncado, las disquisiciones que buscan distinguir las particularidades de cada “arista”, lo político de lo empresarial, lo aislado de lo sistémico,  son juegos retóricos mañosos, simple maquillaje. Cambalache. 

"Seamos sinceros: nada de lo que se ha “destapado” en los últimos meses era realmente nuevo, y difícilmente un secreto."

Los mecanismos por  los que una persona común solía reconocer autoridad a otra, concederle  los privilegios materiales y simbólicos que adornan el ejercicio del poder, aceptar e incluso perdonar errores y horrores -aunque fuese de mala gana-  han dejado de operar. Ese comodín maquiavélico llamado “razón de Estado”, tan exitoso durante la transición, ha perdido todo valor. 

El cemento que mantiene pegoteada a las sociedades a pesar de la incapacidad o deshonestidad de sus élites se llama “contrato social” y se basa en un principio simple: las personas resignan parte de su libertad para someterse a ciertos arreglos sociales, a veces oscuros y algo injustos, pero cuyos  beneficios sobrepasan los costos individuales. Es ese pacto social el que da garantías a los ciudadanos, cierto respiro a las élites y legitimidad a las autoridades, y sobre todo cuando las cosas se ponen color de hormiga, esa legitimidad se agradece. Por eso la legitimidad, como el oxígeno, solo se hace notar cuando falta. Y en los recientes escándalos la ausencia de legitimidad de los que ejercen el poder se ha hecho notar. 

Seamos sinceros: nada de lo que se ha “destapado” en los últimos meses era realmente nuevo, y difícilmente un secreto. Ni las boletas truchas, ni las lealtades obligadas fruto de un impúdico cuoteo político o de aportes “reservados”, ni la naturaleza eminentemente especulativa de buena parte del capitalismo chileno, ni la elusión como regla, ni los intereses tras los cambios en el  uso de suelo, ni el inconmensurable descriterio del hijo de la Presidenta, ni  los lobistas autoerigidos en guardianes de la estabilidad republicana, ni  los conflictos de interés, ni el nepotismo. Nada. Lo único nuevo quizá es lo que lo que comienza a desvanecerse: ese pacto social que permitía a la sociedad tragar sapos y a las instituciones y élites seguir su curso con cierta legitimidad a pesar de esas prácticas tóxicas. 

Hace tiempo ya que se venía advirtiendo que el pacto social de la transición chilena se había agotado, que venía a los tumbos. Algunos incluso se apresuraron a decretar el derrumbe del modelo (con argumentos poco convincentes por cierto).

Cuando pasa lo que está pasando ahora, dicen los agoreros, existe el riesgo de que sobrevenga el populismo. Dudo que ese sea el principal peligro. Populismo es un concepto sibilino y cargado de prejuicios. No se temió el populismo cuando Lavín, con su retórica pueril y sus disfraces típicos (mido mis palabras, eran disfraces, no atuendos) estuvo a 30 mil votos de la presidencia. Ni cuando el cálculo cortoplacista de los partidos (sobre todo concertacionistas) nos llenó las papeletas de futbolistas, animadores, cantantes y quien fuera que el people meter ungiera como elegible.

"El pacto que es necesario reinventar está hecho también de gestos inequívocos –tangibles y simbólicos- de quienes ejercen el poder en Chile."

 La amenaza central de esta crisis del poder no es el advenimiento del populismo, sino que nada cambie, que no se derrumbe el modelo sino que se hunda aún más en una decadencia lenta y persistente.

La salida, opinan muchos, pasa por una nueva carta fundamental surgida de un proceso que restituya el poder y la voz a los representados. Una nueva constitución es indispensable, y sin duda el antibiótico de mayor espectro disponible en el botiquín de la política. La AC por su parte resulta una idea sumamente seductora, teóricamente impecable, aunque -me temo- cada día más improbable. Sobre todo me preocupa que  un debate procedimental insoluble siga posponiendo la discusión de fondo sobre los principios y contenidos, de los que poco y nada se haba hasta ahora. 

La salida requiere bastante más que una nueva constitución que elimine enclaves, dé un nuevo estatus a lo público y acerque el poder a los ciudadanos. El pacto que es necesario reinventar está hecho también de gestos inequívocos –tangibles  y simbólicos- de quienes ejercen el poder en Chile.

Requiere, por ejemplo, que la justicia nunca vuelva a ajustar la vara en función de los pergaminos o el patrimonio del infractor. Requiere de unos niveles de participación y debate público que son más amplios y sofisticados que lo que cualquier asamblea –por muy representativa que sea- puede asegurar por sí sola. Requiere personas, instituciones  y medio muchísimo más vigilantes, algo que afortunadamente comienza a ocurrir.  Y requiere también, y esta es la parte difícil, de una cuota importante de madurez cívica y –aunque ahora suene imposible-  buena fe de parte de la ciudadanía.  Si se desentienden, si esperan que se vayan todos, si nunca más ninguno vota, difícilmente la muy imperfecta democracia chilena logrará salir del pozo en que la pusieron. 


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