Crédito: AFP
La democracia del miedo

La democracia del miedo

"Hitler masacró tres millones de judíos... Hay tres millones de drogadictos. Sería feliz de matarlos", fueron las palabras de Rodrigo Duterte, el presidente filipino que en su “guerra contra la delincuencia” lleva desde junio a la fecha tres mil muertos estimados en manos de la policía y grupos de vigilantes. Su plataforma programática incluyó matar a 100.000 criminales en Filipinas -un genocidio en regla- y se ve que el hombre quiere cumplir.

En Hungría -un país de refugiados y desplazados- el ultraderechista Primer Ministro Viktor Orbán somete a referendo la aceptación de las cuotas de reubicación de refugiados que le corresponden por ser parte de la UE. Gana con el 98% y pierde porque la oposición tuvo la astucia de sumarse a una masa abstencionista para impedir el umbral del 50% de participación que la ley húngara requiere en estos casos. Un resquicio -o una saludable garantía de contrapoder- que no logra opacar el hecho de que la opción anti-refugiados de Orban era claramente mayoritaria entre las dos en competencia.

En Estados Unidos la ansiedad Trump-inducida comienza a ser objeto de estudio entre psicólogos a medida que los resultados se tornan impredecibles y las encuestas electorales van confirmando desde el Reino Unido a Colombia su incapacidad para dar cuenta de fenómenos complejos. Sigo pensando que Donald va a perder y que al mismo tiempo ya ganó por haber desplazado el eje de la política norteamericana hacia terrenos impensables y clivajes sociales aterradores.

"La mentira es una gran aliada de los que especulan con el miedo de la gente. Alimentar los fantasmas, romper los códigos de la vilipendiada corrección política, prometer mano firme sin importar la efectividad o legalidad de lo que se ofrezca"

Mientras escribo esto, en Colombia acaba de ganar el NO al Acuerdo de Paz con una abstención sobre el 60%. Lo que se perdió no fue la última oportunidad para la paz. Es de esperar que los años de negociaciones, las confianzas construidas en la intimidad de la isla, la voluntad generosa de las partes y de los mediadores no se pierdan. Y que los votos y las voces ausentes de una mayoría dormida que se farreó una oportunidad histórica despierten para avalar el sentido común. Es de esperar también que el triunfo político incuestionable que se anotó Uribe no lo lleve de vuelta a la presidencia.

A estos cuatro políticos -Durtete, Orban, Trump y Uribe- los unen dos características.

La primera, es contar con la validez que les otorga competir en democracia, la legitimidad de ganar en las urnas. Es más, la democracia les va de maravillas estos días, como a Putin, Erdogan, Le Pen o los Brexiteers.

“La democracia es la democracia”, dirán muchos, y algo de cierto hay en esa tautología. La democracia no es una religión, ni una ideología ni un programa: es un método, un sistema de gobierno, procesos e instituciones. Pero es también y sobre todo una cierta idea del otro, una serie de valores sin los que el resultado electoral (sobre todo con abstención de la mitad del padrón) se convierte en una entelequia. Por lo mismo, la democracia no se acaba en el porcentaje mayor resultante de una elección, ahí recién empieza.

La segunda característica es la más importante: viven del miedo, de explotar el miedo al otro, a perder lo que se tiene, a lo que no se conoce, a lo que lastima.

Un miedo que tiene una parte irracional. En Colombia sin ir más lejos, ganó el No en aquellos departamentos menos afectados por el conflicto y perdió en los los que fueron víctima directas de él. Los americanos que apoyan a Trump tienen horror de un ataque terrorista (se cuentan 29 casos en una década, 90% de ellos perpetrados por no islámicos), pero al parecer no de la epidemia de armas y tiroteos masivos que cobran cientos de vida cada año.

Pero el miedo tiene también un componente racional importante. El miedo se instala en las comunidades de obreros blancos del rust belt a los que la globalización desindustrializó y la crisis sub prime dejó en el suelo mientras el barrio se les llenó de español y un afroamericano se sienta en el salón oval. El miedo se instala entre los húngaros en medio de una ola de inmigrantes que atraviesa el país -históricamente proclive a la xenofobia- para llegar a Alemania y Suecia. El miedo se instala en los barrios de Manila donde los balazos entre traficantes son de verdad y zombies transitan las calles buscando cómo pagar su próximo pipazo. El miedo se instala en las calles de París atacadas por radicales islámicos sanguinarios.

El miedo puede ser alimentado fácilmente, sobre todo en por quienes han decidido hacer abstracción de los mínimos comunes de decencia, veracidad y responsabilidad que se esperarían de un líder político. Basta con mentir: la mentira es una gran aliada de los que especulan con el miedo de la gente. Alimentar los fantasmas, romper los códigos de la vilipendiada corrección política, prometer mano firme sin importar la efectividad o legalidad de lo que se ofrezca. Cierta prensa, y en particular cierta televisión, hará su parte del trabajo banalizando la mentira, convirtiendo charlatanes en gurús, haciendo de la delincuencia una epidemia aunque las estadísticas demuestren que está bajando.

En la era política post-factual en la que hemos entrado, el miedo parece ser el principal agente movilizador de la ciudadanía: es la “democracia del miedo”, la que encuentra su legitimidad en los fantasmas... y los votos. Los suficientes para ganar en una carrera en que los electores cada vez votan menos.

¿Tiene la democracia chilena un sistema inmunológico que la proteja de las derivas de una política del miedo? Lo dudo.

El populismo penal, una de las herramientas preferidas de la democracia del miedo, se desplegó para hacer aprobar, contra la opinión técnica de los consultados, una ley de control preventivo de identidad. Jamás se le pidió demostrar efectividad (de hecho los resultados comunicados a la fecha son ridículos) pero dio cámara y un aire de “estamos en control” a los que especulan con la mano dura. El mensaje a la clase política fue claro: explote el miedo al asaltante, a las vacunas, al inmigrante, al drogadicto, y será recompensado.

La ausencia de mecanismos de participación ciudadana -plebiscitos vinculantes, iniciativas de ley, mecanismos revocatorios de ley, modelos de autogestión territorial- pero también de diálogo social impiden la descompresión de los ánimos en momentos en que la desafección política campea y el descrédito las élites políticas, económicas y religiosas es absoluto.

Veremos posiblemente en la próxima elección municipal niveles inéditos de abstención. Buenas noticias para una democracia del miedo que funciona más fuerte entre los que finalmente votan que entre los que no.

He escuchado estos días a algunos decir -refiriéndose al Brexit y el Acuerdo de Paz, pero también a las propuestas de más democracia directa- que el problema es esa ilusión de someter a consulta popular cosas que deben resolver los representantes. Dado que en Chile la alternativa que no incluye ni una gota de participación directa no parece no estar funcionando, discrepo. La democracia del miedo no se combate con el miedo a la democracia, sino -para usar otra tautología- con más democracia. ¿Pero cuál? 


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