Crédito: EFE
México, ya nos cansamos

México, ya nos cansamos

El horror de los 43 normalistas de Ayotzinapa parece finalmente estar despertando a una sociedad mexicana ya por demasiado tiempo resignada al daño estructural del crimen organizado y de un Estado fallido. Muchos temen que la reacción haya llegado demasiado tarde, cuando el punto de no retorno ya fue cruzado hace rato.

La “guerra contra el narco” iniciada durante el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) causó 50 mil muertes, según las estadísticas gubernamentales -80, 100, 120 mil, según otras fuentes tanto o más confiables- y los desaparecidos, entre los que se cuentan los 43 maestros de Iguala, se calculan en veinte mil. Veinte mil.  

Para que se haga una idea: algo así como el número combinado de los desaparecidos de las dictaduras chilena, argentina, uruguaya y brasilera. Da pudor hablar de muertos en números, como si fuera ganado o inversión extranjera, pero es que si no difícilmente se entiende la magnitud del desastre, un genocidio en regla que no hace distinciones entre miembros de los carteles -víctimas y culpables de esa violencia desbocada-, fuerzas de seguridad  y personas comunes y corrientes que tuvieron el desatino de nacer en el lugar y el momento equivocados.

"Un dato escalofriante: se han contabilizado más de 300 atentados y ejecuciones de autoridades locales en los últimos seis años."

Las manifestaciones de los últimos días, en particular la del Zócalo de Ciudad de México el jueves pasado, han tenido una convocatoria inédita. “Decenas de miles de personas” informa la prensa. A quien vio cien mil y más marchar una y otra vez por la Alameda el 2011, puede parecerle modesto eso de “decenas de miles”. Pero en México, donde rara vez la calle se llena sin la intervención de un partido o un cacique, donde el gobierno mandó a ametrallar estudiantes en Tlatelolco ese nefasto 2 de Julio de 1968,  “decenas de miles” es, como dirían ellos, un chingo.

Hay bronca en México en estos días. La gente repite insistentemente en lienzos, grafitis y redes sociales “Ya me cansé”, devolviendo resignificada la respuesta indigna con que el Procurador General dio por terminada una conferencia de prensa en que anunciaba los presuntos resultados de la investigación por los desaparecidos de Iguala.

Pero del cansancio a la acción hay un trecho largo, sobre todo en un país como México. Y es que tanto el narcotráfico como el gobierno -lo que a estas alturas los analistas no dudan en denominar el narco-estado-  han buscado sistemáticamente desarmar cualquier posibilidad de organización social.

Para ser hegemónico el crimen organizado requiere una sociedad desarticulada y desmovilizada. Buscan por lo tanto insertarse ahí donde la sociedad es débil, cooptando, amenazando, corrompiendo. Donde la tradición de movimiento social es fuerte, como en algunas zonas del Estado de Guerrero, se busca doblegar vía ejecuciones ejemplares. Un dato escalofriante: se han contabilizado más de 300 atentados y ejecuciones de autoridades locales en los últimos seis años.

A la bronca y el cansancio se suma hoy un nuevo motivo. Mientras la mayoría de los responsables sigue impune, los manifestantes contra los crímenes de Iguala reciben el ejemplificador “peso de la ley”. Once detenidos -8 hombres, 3 mujeres- acusados de los disturbios ocurridos al final de la manifestación, y a quienes testigos consistentemente señalan como inocentes, han sido imputados por terrorismo (cargo retirado posteriormente), asociación delictiva, motín y tentativa de homicidio, haciendo abstracción de los mínimos estándares del debido proceso. Actualmente, se encuentran incomunicados en una cárcel de alta seguridad destinada a sicarios, secuestradores y grandes narcotraficantes.

"Para ser hegemónico el crimen organizado requiere una sociedad desarticulada y desmovilizada. Buscan por lo tanto insertarse ahí donde la sociedad es débil, cooptando, amenazando, corrompiendo."

No es un “lamentable error” ni un descriterio aislado. No es casual que la operación la lidere la tristemente célebre Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO),  conocida durante el sexenio de Calderón por fabricar culpables y chivos expiatorios. El gobierno mexicano, replicando los métodos del narco que le son familiares, busca amedrentar para desmovilizar. Buscan como en Iguala y Tlatelolco intimidar para que no se hable más, para que no se desmadre ese espejismo de normalidad que México trata de proyectar.

Entre esos once detenidos hay un chileno. Y no cualquier chileno. Laurence Maxwell fue desde su adolescencia en los 80 un dirigente inspirador, un luchador infatigable, un valiente cuando había razones para ser cobarde. Laurence, un amigo entrañable de muchos -entre los que me cuento- es además una de las personas más íntegras y dulces que conozca. Paradoja cruel, ha terminado en la cárcel que exigía para los asesinos y cómplices de Iguala.

Las atrocidades de Iguala parecieran haber removido a una comunidad internacional hasta ahora complaciente. Entusiasmada con el Pacto por México -la agenda de reformas económicas con que el Presidente Peña Nieto intentaba dar vuelta la página-  aquellos que se horrorizaban por los degollamientos televisados de ISIS o los secuestros de estudiantes de Boko Haram, parecía no inmutarse demasiado por los decapitados y secuestrados que diariamente poblaban las páginas de la floreciente prensa roja mexicana.

"Las atrocidades de Iguala parecieran haber removido a una comunidad internacional hasta ahora complaciente."

Soplan otros vientos ahora: más vale tarde que nunca. La visita del canciller mexicano José Antonio Meade a Chile  puede ser una oportunidad inmejorable para que el Gobierno chileno no solo exija la libertad –inmediata, absoluta, sin cargos - de Laurence Maxwell y los otros 10 detenidos, sino también, y sobre todo, para dar una señal inequívoca ante México y el mundo de cómo una democracia debe cumplir con la obligación de proteger a sus conciudadanos.

Mientras tanto, me imagino a Laurence –quiero imaginarlo al menos- en su celda, con su proverbial serenidad, tocando a Miles de memoria en su trompeta imaginaria, escribiendo en su cabeza el próximo libro, fugándose  por las grietas que la imaginación le deja, sabiendo –espero- que en México, en Chile y el mundo somos muchos los que exigimos verlo pronto en libertad. 


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