Crédito: Convención de la Asociación General de Profesores de Chile. 1925.
Profesores y el debate posible

Profesores y el debate posible

Para entender las tensiones de la reforma educativa que actualmente se discute, pocas cosas pueden resultar más pertinentes que mirar la historia de la educación chilena en las primeras décadas del siglo XX. 

Guardando las evidentes distancias, las analogías posibles son francamente perturbadoras: la agudización de la “cuestión social” y la deslegitimación de una oligarquía concentrada; la exasperante inequidad y segregación del sistema; los modelos tecnocráticos de inspiración europea (alemana en ese caso) financiados a cuenta de los dividendos de la guerra del Pacífico; las disputas entre el movimiento social y la clase política sobre el mejor derecho a definir los términos y contenidos de la educación pública en el marco del debate que precedió a la Constitución del 25.

Hacia el final de esas décadas agitadas, un movimiento docente normalista que comenzaba a alcanzar su madurez –la Asociación General de Profesores- fue capaz de combinar sus huelgas por demandas gremiales con un involucramiento activo en el debate intelectual en pos de una nueva educación.

El movimiento normalista impulsó un “modelo radical de reforma”, inspirado en la Escuela Nueva europea y norteamericana  (Montessori, Ferriere, Dewey), del anarco-sindicalismo obrerista y de gigantes del pensamiento latinoamericano como Mariátegui y Vasconcelos. Muchos de esos autores fueron de hecho re-editados y traducidos artesanalmente por los propios profesores.

"Un gremio que fue capaz de levantar como nunca antes –ni rara vez después- un verdadero sustento social y pedagógico de sus demandas."

Un gremio que fue capaz de levantar como nunca antes –ni rara vez después- un verdadero sustento social y pedagógico de sus demandas: la idea de un alumno activo y sujeto de su aprendizaje; de un profesor socialmente comprometido, alejado de la repetición rutinaria y capaz de reflexión crítica; de una escuela autónoma del monopolio del Estado y abierta a la comunidad y a los padres; de una educación para la vida, independiente de la injerencia de la iglesia y consciente de la igualdad de género. Hoy todo eso podrá parecer folleto de colegio privado alternativo, pero ellos, en los lejanos años 20, estaban hablando de la escuela pública para la clase obrera de Chile.

El triste corolario de este movimiento estaría marcado por su toma de control del ministerio de Educación en 1927 al principio del gobierno (dictadura) de Ibáñez y el impulso de la muy avanzada y comprensiva reforma cristalizada en el decreto 7500. Un año después, sin embargo, ante las presiones fácticas, Ibáñez daría un golpe de timón y derogaría el decreto. Muchos de los profesores que habían impulsado la reforma más radical y progresista de la historia terminarían reprimidos, relegados y exiliados. (1)

Como hace un siglo, hoy ser profesor en Chile sigue siendo una tarea difícil y sus reivindicaciones son más actuales que nunca.  Deterioro salarial, precariedad contractual, deslegitimación social y agobio laboral son datos objetivos de una actividad material y simbólicamente  depreciada.  

Por lo mismo -y porque reconozco que me cuesta no apoyar a trabajadores en huelga - no estoy en condiciones de criticar el paro de los profesores. Aun cuando sospecho de los intentos de cooptación por dirigentes y actores políticos sin intenciones necesariamente altruistas. Aun cuando el timing es horrible y pone más piedras en el camino de  una reforma educativa a mal traer y que me parece incluso más urgente que las legítimas demandas gremiales.

Tampoco me conmueve la crítica a la “disidencia” con que Jaime Gajardo busca recuperar posiciones. Después de todo, hace menos de una década era él quien, como dirigente metropolitano, le hacia la vida imposible con similares prácticas a su antecesor –y ex camarada- Jorge Pavez.

Y aunque me parece excesivo que profesores mayoritariamente no-colegiados reclamen la renuncia del presidente del Colegio de Profesores, tampoco me conmueve mayormente que deje de ir a la feria o que “no pueda ir al barrio Brasil a copetearse” (sic) por temor a que lo insulten. Cuesta reclamar un diálogo político respetuoso y racional cuando uno ha optado por asociar la -muy ilegítima- represión policial de las manifestaciones a la condición de judío de un ministro.

"Libros queman las dictaduras, los nazis o tipos desquiciados con capucha, no los profesores."

Sí me conmueve  la imagen de un grupo de profesores quemando libros frente a la Seremi de Educación en Temuco. De poco me sirve que un dirigente local explique que “esos libros eran antiguos y no tiene otra mayor significación. Fue una forma de manifestar nuestro malestar”.  Libros queman las dictaduras, los nazis o tipos desquiciados con capucha, no los profesores. Ese acto abyecto –y seguramente minoritario- me insinúa sin embargo un magisterio que –más allá de las facciones- aparece alienado del debate más amplio de la reforma. Su aporte es puntual, gremialista en su peor sentido, de corta visión como la agenda corta que hoy los moviliza.

En la base de la debilidad de la actual reforma educativa –y su incapacidad para seducir a una ciudadanía que sin embargo pareciera ver la necesidad de los cambios-  está a mi parecer la ausencia de un gran debate intelectual –público, abierto y convocante, no de consultores con cláusula de confidencialidad- que vaya a la par del movimiento social, del necesario debate técnico y de la inevitable negociación política.

Un debate que sobrepase la cuestión de si se lucra con 499 o 501 alumnos. Un debate sobre qué niño, qué escuela y qué país se quiere construir desde la educación.  Este país tiene mala memoria, y de tanta obstinación en olvidar, termina convenciéndose de que cosas así nunca sucedieron. Pero sucedieron.

(1) Sobre esta época fascinante, le recomiendo el trabajo que la historiadora Leonora Reyes ha venido desarrollado en los últimos años.


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