Crédito: Agencia Uno
Edinson Cavani Gonzalo Jara
Opinión

Charrúas versus mapuches: el dedo en la llaga

Aunque no me crean, en general coincido con el ex futbolista y comentarista Eduardo Bonvallet  en su tendencia a meter el dedo en la llaga (no en otra parte, como hace Gonzalo Jara). Me parece que en medio de  tanto triunfalismo chovinista siempre es necesario algo de realismo/fatalismo en el análisis.

Bonvallet no me empelota porque dispara sin silenciador y en su megalómano discurso le da en el clavo las más de las veces, y no tiene esa cosa más de hinchas que de profesionales, esa cero objetividad, que suelen exhibir los comentaristas de fútbol. No es complaciente con las tonteras. Me parece que tiene ojo de lince para señalar los desaciertos, las chambonadas, las faltas de profesionalismo, la indisciplina, los complejos, las debilidades psicológicas de nuestros jugadores y las malas ocurrencias estratégicas de los DT generalmente importados de allende los Andes.   

Pero después del 1-0 entre Chile y Uruguay discrepo de Bonva y su conocida admiración por los jugadores uruguayos. Por los charrúas, como les dicen, y que hasta ahora yo entendía que eran una especie de ejemplar producto futbolístico-cultural.

"Que Cavani se molestara por el ataque alevoso por la retaguardia es comprensible. Que Jara recurriera a esas argucias de proctólogo parece que también. En la guerra y el amor todo está permitido, parece ser el leitmotiv de esta Copa América"

Es cierto que Uruguay siendo un país de poco más de tres millones de habitantes y de tamaño mínimo ha logrado convertirse en una potencia futbolística mundial. No existe otro país en el planeta que tenga tantos futbolistas y tantas estrellas futbolísticas per cápita como ellos. Posee además auténticos pensadores, escritores de la pelota, como el recientemente fallecido Eduardo Galeano, famoso por frases como en mi país (Uruguay) las maternidades hacen un ruido infernal porque todos los bebés se asoman al mundo entre las piernas de la madre gritando gol” o “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol".

Pero en el partido con Chile del miércoles por la noche demostraron una falta de cultura que no le hace bien a nadie. Es cierto, ya que estoy citando a pensadores futboleros, que “el fútbol tiene la significación de una guerra sin muertos, pero con conflicto”, como dijo otro pensador rioplatense, esta vez el argentino Osvaldo Soriano. Es cierto que nadie aspira que los futbolistas sean diplomáticos y se pidan disculpas y permiso, pero pasarse todo el rato tratando de quebrar al contrincante -en lo físico y en lo psíquico- es lo más alejado de cualquier gesta deportiva. Y el fútbol es un deporte, no sólo una industria multimillonaria (y muy corrupta), además de una pasión de multitudes.

Edinson Cavani Gonzalo Jara

El partido Chile-Uruguay en el Nacional fue lo opuesto a una lección de urbanidad. Uruguay puso chuletas y sobreactuación por doquier, prácticas malaleche para desesperar psicológicamente al contrincante  y un fútbol verdaderamente pobre. Chile jugó bien, dominó el partido, tuvo una defensa cerrada y eficiente y, cuando quedaba poco para que terminara, Gonzalo Jara, Jarita, apelando al ingenio del chileno (“a la chispeza”, diría Gary Medel), le metió el dedo en la llaga (usemos la metáfora) al más guapo de toda la selección uruguaya. Edinson Cavani, quien está por pasando un momento familiar complicado por un accidente de su padre en Montevideo, reaccionó dándole un golpe a Jara, que al ser percibido por el árbitro, significó su expulsión.

Que Cavani se molestara por el ataque alevoso por la retaguardia es comprensible. Que Jara recurriera a esas argucias de proctólogo parece que también. En la guerra y el amor todo está permitido, parece ser el leitmotiv de esta Copa América. Pero que después de ese incidente quedara la tole-tole, no es comprensible ni se ve bien. Los insultos a los réferis, los empujones y el despelote máximo corrieron por cuenta de los charrúas. Los uruguayos lideraron una rotería mayúscula, en la que salieron campeones. Los mapuches, por nuestra parte, pasamos piolas con prácticas bajas -bien bajas, justo donde la espalda cambia de nombre-, que en una de esas nos permiten por primera vez quedarnos con la Copa y con las manos o al menos los dedos bien sucios


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