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Partió la Copa: La entraña, Pitana y el glúteo del rey Arturo
Opinión

Partió la Copa: La entraña, Pitana y el glúteo del rey Arturo

El lunes, que es el día del descuento en los supermercados (o sea, el día en que verdaderamente cobran lo que las cosas valen), fui mandatada para adquirir los pertrechos para ayer jueves, día de la inauguración de la Copa América 2015 y del debut de la Roja (eso, por si a alguien se le había pasado por alto la fecha). 

El encargo no me empelotó, porque si hago yo la compra, aplico control de gastos. Si se encarga él, en cambio, toda su permanente teoría del ahorro, se va al traste y ahí sí que me entra la furia. El nacionalismo futbolero milagrosamente le borra todo rasgo de avaricia y enloquece comprando cosas que ni para aniversarios ni cumpleaños tiene el impulso de adquirir. Pero si el motivo es el fútbol, ahí descubre las provoletas, experimenta con los cortes, se fascina con las papas fritas de colores, se permite comprar paltas, agrega vodka de alta gama al surtido de combos para hacer piscola, se raja con el limón sutil para los sours, el buen cabernet sauvignon, los chocolates para el bajativo y exagera con los kilos de papas como si se tratara de alimentar a un ejército.

"Para vengarme, comenté todo el rato lo malo y fome del partido, lo pobre de la inauguración, lo trucho del penal, lo enanos que se veían los nuestros al lado de los morenos ecuatorianos con su metro 85 promedio, y lo espléndido del árbitro argentino Néstor Pitana."

Bueno, un ejército de enajenados es el que invita, así es que hay que saber comprar. En cantidad, pero no en calidad, porque como decía mi papá: “Los niños no tienen gusto”, proverbio que yo no aplico a la infancia, sino al universo masculino cuando se sienta frente al televisor a ver un evento futbolístico. Ahí poco importa lo que traguen. La sensibilidad del guargüero se les atrofia y da lo mismo lo que engullan, siempre que sea bien seguido y logren así aplacar la ansiedad que les provoca la previa, el durante y el después.

Bueno, yo les compré harta porquería llenadora -kilos de palanca,  asado carnicero, pan y longanizas para que se atiborraran de choripanes-, pero él se entusiasmó con “una oferta para complementar”, según dijo, y llegó con muchas tiras de entraña argentina, ese corte de moda, que antes costaba poco y ahora vale su peso en oro. Chocho, me mostró la entraña envasada al vacío, que supuse guardó en el refrigerador, no en el freezer, para que madurara allí para ser sacrificada en la parrilla el día de la inauguración.

No les digo lo que fue ayer.

A la hora de los quiubos, cuando el jardín estaba atiborrado de sus amigotes y compañeros de oficina, sin mencionar a mis cuñados solteros, que son de temer, y las brasas ardían a todo cuete en la parrilla, ¡la entraña había desaparecido!

No estaba en ningún lado y yo, sumida en un taco de proporciones, de regreso de la pega, en un mar de conductores agresivos que querían llegar a sus respectivas parrilladas, no tenía cómo ayudarle a buscar el tesoro perdido. Cuando llegué, las visitas habían vaciado el refrigerador, la despensa, las repisas de la cocina y la entraña nada ni nada.

Mientras se comían todo lo demás y comentaban desde la presencia de la Presidenta en el Estadio (no entraré en detalles) hasta la posible lesión del rey Arturo (que al final era pura torsión del glúteo, como confesó honestamente), volvían a revolverlo todo en pos de la entraña. Hasta me vaciaron el canasto de la ropa sucia, pensando que en un acto fallido mi bendito cónyuge pudo haberla guardado allí. Empelotante, la horda.

Para vengarme de tanto desbarajuste, comenté todo el rato lo malo y fome del partido, lo pobre de la inauguración, salvo el despliegue pirotécnico, lo trucho del penal, lo enanos que se veían los nuestros al lado de los morenos ecuatorianos con su metro 85 promedio, lo espléndido del árbitro argentino Néstor Pitana.

Néstor Pitana árbitro

Ahí creo que me hiperventilé: le celebré los bíceps, los tríceps, las pantorrillas, hasta el criticado pantaloncito de jugador de tenis y las medias blancas, el perfil griego, la impronta viril, el estado físico, lo apretadito que estaba y hasta el primer gol que nos regaló, porque el rey fue él, no Vidal, como tituló la prensa argentina. En fin, le puse tanto color, que mi cónyuge no me habló más. Ni siquiera para insistir en la extraña desaparición de la entraña, ni para celebrar los tres puntos que logró Chile con la victoria 2-0 sobre Ecuador en el debut.

Hoy, a la hora del desayuno, cuando todos se han ido y ha vuelto la calma al hogar, al abrir el cajón de los quesos del refrigerador, noto que al cerrarlo no queda hermético. Lo saco y ahí, atrás, agazapadas, descubro las varias tiras de entraña, esa carne argentina roja y visceral, que anoche no pudieron sacrificar los contertulios.

Espero entregársela en la tarde a mi querido esposo como ofrenda de reconciliación. Que se la coma imaginando que es parte del bien dotado físico de Pitana. Ya les cuento. 


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