Crédito: Agencia Uno
Selección escolar: ¿Por qué necesitamos una élite socialmente diversa?

Selección escolar: ¿Por qué necesitamos una élite socialmente diversa?

La polémica por el cuasi-fin de la selección académica en el Instituto Nacional y otros colegios emblemáticos dio pie a una interesante discusión. Por un lado, desde la perspectiva de la igualdad de las oportunidades, muchos arguyeron que es injusto que el Estado provea de mejores oportunidades educativas a algunos simplemente en base a su mejor rendimiento académico, ya que todos deben tener igual oportunidad de acceder a buenos colegios.

Desde la otra vereda, algunos postularon que es necesario tener una elite socialmente diversa y que el Estado debe ofrecer una vía de acceso a ésta capaz de competir con los colegios particulares pagados, incluso si ello viola la estricta igualdad de oportunidades en el acceso a dichos colegios emblemáticos. 

Aquí quiero llevar este segundo argumento un paso más allá, explicando por qué una elite socialmente diversa es fundamental para una sociedad democrática. En la discusión, muchos suelen asumir que una elite homogénea es simplemente un síntoma del problema más profundo de la desigualdad de oportunidades, y que por ende es esta última la que se debe combatir.

"Como sociedad tenemos un interés en tener una elite socialmente diversa, independientemente de lo que suceda con la igualdad de oportunidades en la sociedad como un todo."

Bajo esta mirada, una élite socialmente homogénea puede revelar mucho sobre la falta de oportunidades de una sociedad y delatar su poca meritocracia, pero no pareciera por sí misma causar mayores problemas.

Sin embargo, esto no es así. Como sociedad tenemos un interés en tener una elite socialmente diversa, independientemente de lo que suceda con la igualdad de oportunidades en la sociedad como un todo.

Para entender esto es necesario dejar de pensar en los puestos de élite como una recompensa privada a ser distribuida entre los miembros de la sociedad, y empezar a pensar en lo que las elites deben hacer por el resto de la sociedad. Al fin y al cabo, en una sociedad democrática la única justificación para la misma existencia de puestos de élite es que ellos sirvan el interés general. Por lo tanto, la pregunta no es quién ‘merece’ ocupar puestos de élite (como recompensa), sino quiénes desempeñarían mejor dichos cargos en función del interés de todos.

En efecto, y como ha señalado Elizabeth Anderson, las élites de una sociedad democrática deben poseer dos características fundamentales si van a servir eficazmente al resto: ser atentos o sensibles a los intereses y demandas de todos los grupos sociales (incluyendo especialmente a los no-elite), y ser eficaces en el desempeño de sus cargos.

Ser atento a las demandas de todos implica:1) conocimiento de las circunstancias de vida de aquellos que uno sirve, y 2) disposición a servir esos intereses.
 

Por su parte, ser eficaz implica 3) competencia técnica sobre cómo mejor servir esos intereses, y 4) competencias sociales y comunicativas suficientes para poder interactuar respetuosamente con personas de todos los sectores de la sociedad. 

"No es necesario mirar muy lejos en nuestro país para pensar en tomadores de decisiones que, desconociendo las vidas y problemas de otros, asumen que sus propios problemas son universales."

Evidentemente, una élite socialmente homogénea puede sin duda desarrollar la competencia técnica, pero probablemente se quedará corta en las otras 3 características. No es necesario mirar muy lejos en nuestro país para pensar en tomadores de decisiones (élites) que, desconociendo las vidas y problemas de otros, ingenuamente proyectan y asumen que sus propios problemas son universales (condición 1); que no tienen mayor interés en tomar en cuenta o satisfacer las demandas que les hagan personas con poco poder o influencia (condición 2); o que no conocen los códigos comunicativos de aquellos de otras clases sociales que supuestamente sirven, y que por tanto no los entienden ni se hacen entender por ellos (condición 4). 

En cambio, una élite diversa, y especialmente una élite que se educa junta en carreras universitarias de élite (y acaso esta es la gran herencia de la Universidad de Chile), adquiere competencia para comunicarse a través de clases sociales, y puede individual o grupalmente acceder a redes y experiencias de vida que aumentan su capacidad y disposición de servir intereses ajenos a los de su grupo de origen.

Dotada de mayor capital cultural para servir eficazmente a todos los grupos sociales, y teniendo mejor acceso a los problemas, perspectivas, experiencias e intereses de éstos, una élite socialmente diversa está en mejores condiciones de desempeñar exitosamente su función.

Por ello, una sociedad democrática tiene un interés específico en poseer tal élite, interés que va más allá del problema estructural de la desigualdad de oportunidades. En un mundo ideal, desde luego, habría tal igualdad de oportunidades que las élites serían socialmente diversas de forma más o menos automática.

Pero en un mundo no ideal como el que vivimos, junto con la ardua y muy necesaria tarea de reducir las desigualdades de oportunidades, habrá que preguntarse por el cómo aseguramos una élite que sea a la vez competente y dispuesta a servir los intereses de todos. 

Es bajo esta luz (y aún sin decir que es la única manera de hacerlo), que debe evaluarse el rol de la selección académica en los colegios emblemáticos.

Al menos mientras la educación pública en su conjunto no ofrezca perspectivas razonables y realistas de ser un camino de acceso a los puestos universitarios de mayor prestigio (donde se reclutan las futuras elites), la selección académica en los emblemáticos estará efectivamente al servicio de una mayor diversidad social e integración universitaria de aquéllas. Y en tanto este sea el caso, su existencia bien puede estar justificada.


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