Crédito: Agencia Uno
Hacia una cultura cívica madura

Hacia una cultura cívica madura

En las últimas semanas, hemos sido testigos de una crisis en cámara lenta de nuestra política, relacionada con el financiamiento irregular de campañas políticas. Si bien la UDI ha sido por lejos la principal perjudicada hasta ahora, las esquirlas le han llegado a connotados políticos de otros sectores y ayer incluso salpicaron (en un caso no relacionado con Penta) la campaña presidencial de la actual Presidenta Bachelet. 

A estas alturas, la verdad es que nadie sabe bien cuán intrincada es ni a dónde lleva la trama de esta historia que parece estar lejos de terminar, y que en el peor (pero no implausible) escenario puede llevarnos a una crisis más o menos generalizada de nuestra clase política, si se comprobara que las prácticas irregulares para financiar campañas se encuentran extendidas a lo largo y ancho del espectro partidario.

La situación es seria pues el colchón de legitimidad y buena voluntad sobre el cual descansan nuestras instituciones políticas ya es notoriamente delgado.

Es bien sabido por los estudiosos de las organizaciones que los momentos de crisis son también momentos que abren oportunidades, pues permiten cambios que difícilmente pueden hacerse en tiempos normales, donde la habitualidad ofrece pocas razones para arriesgar un cambio de rumbo.

Desde un punto de vista biográfico, la oportunidad asociada a las crisis suele ser una oportunidad de crecer y madurar: las crisis nos obligan a repensarnos de modo más realista, nos invitan a cambiar conductas dañinas pero enquistadas, y nos permiten modificar relaciones ya disfuncionales.

"La situación es seria pues el colchón de legitimidad y buena voluntad sobre el cual descansan nuestras instituciones políticas ya es notoriamente delgado."

Desde este punto de vista, la actual crisis ha expuesto de manera muy vívida la inmadurez de nuestra cultura cívica democrática, tanto por parte de los políticos como de la ciudadanía. De cierto modo, podríamos decir que nuestra democracia se enfrenta a algo así como a una crisis de adolescencia, donde ciertas actitudes, conductas y modos de relacionarse entre políticos y ciudadanía se han terminado de revelar como intolerablemente infantiles para los requerimientos de una democracia madura.

En este sentido, subir los estándares de lo que significa una conducta pública aceptable debiera ser tan parte de la agenda de solución de crisis como los imprescindibles cambios legales a las actuales reglas de financiamiento de la política.

Sin duda, parte de lo que ha hecho crisis estos días es la rampante ausencia de responsabilidad política entre nuestros representantes (como bien lo explicó mi colega Javier Sajuria), donde los errores, faltas y hasta ilegalidades admitidas por estos implican - con suerte- alguna aguada disculpa pública, pero sin acarrear consecuencia práctica alguna sobre ellos o sus cargos.

Una cultura cívica madura sin duda es una en la que las responsabilidades políticas se asumen, es decir, donde los errores tienen costos políticos directos. Pero estos días también hemos visto explicaciones francamente infantiles por parte de políticos inteligentes, como atribuir inverosímilmente a malentendidos o “errores involuntarios” el haber mentido públicamente.

En dichos casos, la mentira original es agravada con el insulto a la inteligencia de los ciudadanos que excusas tan pueriles implican. Una cultura cívica madura requiere, por el contrario, no infantilizar a los y las votantes y un estándar distinto de lo que constituye una explicación moral y racionalmente aceptable. Por la misma razón, la tendencia constante de reducir los problemas a su arista legal -como si no hubiese exigencia alguna de ética pública sobre nuestros representantes- o de empatarlos moralmente- como si ello disminuyera la falta- no hace sino erosionar aún más las confianzas democráticas.

"Una cultura cívica madura requiere, por el contrario, no infantilizar a los y las votantes y un estándar distinto de lo que constituye una explicación moral y racionalmente aceptable."

Pero no sólo los políticos están al debe. Como ciudadanos, con demasiada frecuencia nuestros estándares han sido demasiado cómodos. Comportándonos como consumidores a quienes no les gusta el producto ofrecido, vociferamos y exigimos mejoras en éste sin asumir que como ciudadanos somos en realidad co-productores y co-constructores de nuestra democracia.

Por una parte, ha habido bastante hipocresía en la escandalización pública de mucha gente informada y que conoce bien los vacíos legales y prácticas habituales de financiamiento de campañas en Chile desde hace muchos años. Es evidente que una persona que cumple escrupulosamente con todas las leyes electorales (incluyendo, por ejemplo, sólo hacer campaña desde 30 días antes de la elección) se encontraría en una posición competitiva muy desaventajada respecto al resto.

En este sentido, antes de demonizar políticos al menos cabe la pregunta sobre cuántos de los indignados ciudadanos habrían cumplido de mejor manera la legislación vigente, de haber estado en sus zapatos. Y en segundo lugar, muchos ciudadanos persisten en exigencias poco realistas -es decir, infantiles- sobre nuestra política, demandando simultáneamente políticos que no dependan del financiamiento de empresas o de los más ricos; una política democrática donde cualquiera pueda ser candidato; y ausencia de financiamiento público.

Sería bueno aceptar de una buena vez que podemos tener hasta dos, pero no las tres condiciones simultáneamente. Así las cosas, la madurez cívica requiere que aceptemos que los políticos no son mejores que nosotros y que la democracia no es gratis. Ello implica, como mínimo, que la nueva ley de financiamiento de la política le otorgue a los políticos medios razonables y realistas para financiar sus campañas, por una parte; y un mayor financiamiento público de la política (incluyendo a los partidos políticos), por otra.

Si queremos una democracia madura, con estándares exigentes pero realistas de conducta pública y de accountability democrático, como ciudadanos también debemos estar a la altura.


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