Las razones para una nueva Constitución

Las razones para una nueva Constitución

Se acerca 2015, y la discusión sobre una nueva Constitución ya ha empezado a calentar motores. El gobierno cuenta con un claro mandato electoral para iniciar conversaciones al respecto. Sin embargo, una cosa es ganar una elección prometiendo (entre otras cosas) iniciar un proceso que lleve a una nueva Constitución, y otra distinta es lograr formar los acuerdos suficientemente amplios, profundos y estables en el tiempo como para llevar dicho proceso a buen puerto.

Por ello, lejos de haber terminado con la elección, el trabajo de convencer a la ciudadanía de la deseabilidad e importancia de una nueva Constitución recién comienza. En este sentido, es importante revisar la plausibilidad del diagnóstico y de los argumentos que se han dado para ello.

Sin pretender abarcar todos los argumentos dados, me parece que en lo esencial los partidarios de una nueva Constitución han dado tres tipos de argumentos a su favor:

a) necesitamos una nueva Constitución porque debemos cambiar de manera fundamental nuestro ‘modelo’ socioeconómico (pasando, por ejemplo, de un Estado ‘subsidiario’ a un Estado ‘social y de derecho’);

b) necesitamos una nueva Constitución porque debemos cambiar las reglas fundamentales de nuestra democracia (por ejemplo, eliminando los súper-quórums, reconociendo derechos y/o autonomías indígenas, o descentralizando territorialmente el poder); y

c) necesitamos una nueva Constitución porque sólo así (y acaso sólo si se realiza mediante Asamblea Constituyente) podremos solucionar la crisis de legitimidad y representación que afecta a nuestra política.

"El trabajo de convencer a la ciudadanía de la deseabilidad e importancia de una nueva Constitución recién comienza."

En la justificación más típica de la nueva Constitución, los tres argumentos van íntimamente de la mano: se nos dice que porque la dictadura impuso un modelo neoliberal y lo amarró políticamente con mecanismos contramayoritarios y otros dispositivos, dicho modelo no ha podido cambiarse y es por ende la raíz del descontento político y social actual; y por ello, a su vez, se necesita cambiar tanto el modelo económico-social como el político.

Recién ahí podría solucionarse el descontento social rampante. Sin embargo, y si bien dicha interpretación unitaria es posible, no es en ningún caso necesaria: perfectamente se puede estar de acuerdo (o no) con algunos de estos argumentos y no con otros.

Por ejemplo, alguien podría perfectamente estar de acuerdo con b), sin estar de acuerdo con a), o viceversa; o bien de acuerdo con c), sin comprometerse sustantivamente con una posición respecto a a) o b); y así sucesivamente.

Pero en la justificación estándar, los tres puntos parecen ir necesaria e indisolublemente juntos. Ello puede facilitar la narrativa, pero es conceptualmente confuso y políticamente de doble filo, pues tiende a forzar una lógica binaria: o estás con nuestro diagnóstico y por ende con la nueva Constitución, o estás reaccionariamente contra ella y a favor del status quo.

Personalmente, tiendo a pensar que el argumento a) tiene más de retórica que de sustancia, pues la capacidad de una constitución de asegurar mínimos sociales por sí sola es muy limitada; al final del día, son las fuerzas políticas en el Congreso y en el Ejecutivo las que controlan la manija presupuestaria y las herramientas de gestión indispensables para concretizar o no políticas en dicho sentido. A los griegos de poco les sirvió que su Constitución consagrara el derecho al trabajo cuando llegó la crisis económica.

Por su parte, c) descansa sobre supuestos profundamente cuestionables. ¿Quién dice que si mañana tenemos una nueva Constitución, pero los partidos, las prácticas y los protagonistas de la política siguen siendo los mismos de antes, no tendremos los mismos problemas que tenemos ahora?

"¿Quién dice que si mañana tenemos una nueva Constitución, pero los partidos, las prácticas y los protagonistas de la política siguen siendo los mismos de antes, no tendremos los mismos problemas que tenemos ahora?"

¿Acaso la crisis de representación no tendrá que ver más con el deterioro organizacional de los partidos, con su falta de prácticas democráticas, con la ausencia de transparencia en su financiamiento y en el de las candidaturas, con las lógicas caudillistas y clientelares que los permean, con la opacidad del lobby, y con la percepción de que nuestra política ha sido capturada por las élites? Pues de ser así, la reforma electoral, la reforma al financiamiento de la política y la reforma a la ley de partidos aparecen bastante más atingentes como antídoto a una crisis de representación que una integral (y muchísimo más larga, incierta y difícil) reforma a la Constitución.

¿Significa esto que estoy en contra de una nueva Constitución? En absoluto, pues sí comparto b). En efecto, creo que nos merecemos una Constitución nacida en democracia, fruto de un consenso amplio, y para ello por cierto que requerimos de un debate profundo sobre las reglas que rigen nuestra convivencia.

Qué duda cabe que la deuda democrática de nuestras constituciones recorre como un hilo rojo toda nuestra historia republicana. Las constituciones pueden ser burdos y pobres elementos para lograr igualdad socioeconómica, pero en cambio sí tienen mucho que decir a la hora de materializar la igualdad política; y en ello nuestras instituciones actuales tienen serios déficits.

Por ello, la redistribución del poder político- entre centro y periferia, entre mayorías y minorías, entre hombres y mujeres, entre Ejecutivo y Legislativo, entre el Estado y los ciudadanos- es una tarea pendiente y necesaria para aproximarnos de modo más decidido hacia un ideal de igual ciudadanía.

 No obstante, la complejidad y profundidad de los acuerdos que ello requerirá (pues una Constitución es un acuerdo de largo plazo entre la mayoría y la minoría), sugieren que es mejor concebir esta nueva Constitución no como un “arreglo” de corto plazo (y por ende, apurado) para nuestros actuales problemas políticos, sino que como el punto de llegada de un proceso político mucho mayor y sostenido en el tiempo.


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