Crédito: Flickr joshoantonio
La pelota triste
Opinión

La pelota triste

El 2015 está siendo duro con los escritores. Aunque tal vez esta aseveración no tenga mucho sentido, puesto que todos los años mueren escritores, como  mueren albañiles, pasteleros, diplomáticos. La muerte es algo terrible, pero eso es otra cosa.

Lo terrible sí, es que mueran dos escritores en un mismo día. O no es tan terrible, aunque sí muy raro. El alemán Günter Grass y el uruguayo Eduardo Galeano se fueron este  lunes 13 de abril, y unirlos en un texto es solamente posible, o casi, mediante una pelota de fútbol. 

La exaltación de Galeano por el fútbol es archiconocida y archimanida. Galeano abrazó el fútbol, algo que muchos intelectuales y gente sin mayor asunto, desprecia. Igual no es obligación amar un deporte, cualquiera que sea, pero demostrar tanta amargura es casi de mal gusto. Volviendo a Galeano, éste equiparó, en Fútbol a sol y sombra, el balompié a Dios, por la devoción ciega que le demuestran los fanáticos, y, precisamente, por el desprecio que le tienen los intelectuales. 

En el mismo libro antes mencionado, Eduardo Galeano habla de Ladislao Kubala, Ferenc Puskas, Zoltan Czibor, húngaros que jugaron la final de la Copa del Mundo de 1954, una final que, creía todo el mundo, estaba servida en bandeja para Hungría, pero que terminó perdiendo ante la Alemania Federal de Fritz Walter y Helmut Rahn.

La cosa es que Galeano recuerda que de esos magiares de ensueño, Puskas había integrado una selección húngara en el exilio, a espaldas del régimen que entonces allegó a ese país a la órbita soviética. Puskas, Czibor y Kocsis integraron otra selección extramuros socialistas en 1956. Todos se comieron sanciones. Sólo les quedó brillar en el Real Madrid y el Barcelona de esos años. Todo lleno de leyenda.

Grass, por su parte, recuerda en Mi siglo la final que se jugó en Suiza y que terminó con una victoria de 3 a 2 para sus colores, el albo alemán. Obviamente el recuerdo es feliz, pero Grass repara en el partido (conocido como “El milagro de Berna”, porque en la fase de grupos los magiares aplastaron a los teutones por 8-3) y cómo el duelo decisivo afectó las vidas de Fritz Walter y de Ferenc Puskas, capitanes de ambos seleccionados. El autor del Tambor de hojalata, no estaba en Berna, sino en Múnich pegado a la radio escuchando el cotejo que le dio a los germanos su primera estrella (la última llegó en Brasil 2014, con otra boleta histórica en semis a los locales).  

Alemania Federal de nuevo podía sentirse como un país, y atesorar un porqué de orgullo tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, recordó Grass, cosa que no ocurrió con Puskas y otros húngaros que en 1956 integraron un combinado húngaro fuera de su país. Pasó que Puskas jugaba en el club Budapest Honvéd un partido por la Copa de Europa frente al Athletic de Bilbao, casi al mismo tiempo en que los tanques soviéticos entraban en Budapest para aplastar la revolución. Ese partido tenía que jugarse en Hungría, pero finalmente se disputó en Bélgica. Muchos jugadores del Honvéd no volvieron a su país natal y se dispersaron por otros clubes de Europa. A Puskas lo querían el Milan y la Juventus, pero no lo pudieron fichar porque la FIFA le cayó encima por no volver a Budapest. Finalmente el Real Madrid lo contrató en 1958.

Si hay que elegir un trozo de singular elocuencia de la enojosa relación entre fútbol y totalitarismo, Galeano dijo lo siguiente del Mundial de 1978: “El Papa de Roma envió su bendición. Al son de una marcha militar, el general Videla condecoró a Havelange en la ceremonia de la inauguración, en el estadio Monumental de Buenos Aires. A unos pasos de allí, estaba en pleno funcionamiento el Auschwitz argentino, el centro de tormento y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada. Y algunos kilómetros más allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo de la mar”.

Hoy Günter Grass, Eduardo Galeano, Ferenc Puskas, Fritz Walter, Helmut Rahn, Sandor Kocsis, Zoltan Czibor, Wlliam Ling (el árbitro inglés de la final de 1954) están muertos. Tal vez están todos los futbolistas jugando un partido, y los escritores ahí en la tribuna los miran, se maravillan, se emocionan. 


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