Una lágrima negra
Opinión

Una lágrima negra

Tal vez no sea el momento de llenar el ambiente con frases edulcoradas. Ante algo como la muerte de Pedro Lemebel no se puede decir mucho, o al menos no poseo esa capacidad discursiva. Lo más seguro es que se preparen homenajes, recuerdos, ceremonias en las que la memoria de Pedro Mardones Lemebel será festejada como corresponde, y aún así, por su grandeza, se quedarán cortas.

Lo mejor, tal vez, es no perder mucho tiempo, no malgastar la paciencia del público al enumerar las copiosas cualidades y la estatura enorme que poseía Lemebel, y usar este espacio para dar cuenta de lo que pierde Chile. Lo que perdemos todos, en buenas cuentas.

Pues bien, perdemos a un escritor que es, dentro de ese reducido círculo de buena literatura chilena, uno de los mejores. Perdemos a un cronista con nervio, como ninguno, rabioso e inclaudicable. Y eso, en un país como este, es una pérdida grande, irreparable.

"Perdemos a un cronista con nervio, como ninguno, rabioso e inclaudicable. Y eso, en un país como este, es una pérdida grande, irreparable."

Ya vendrán los expertos en literatura a detallar su aporte, que vengan, y que vengan también los que compartieron con él en vivo, en los ochenta, en los escenarios, en las calles sucias del mariconeo cafiola donde Lemebel brillaba

Los últimos meses han sido tristes, ya que estamos. Se va Lemebel, quien merecía con creces el Premio Nacional de Literatura. A propósito de eso, me parece que vi en alguna red social criticar su postulación, hecha por una universidad privada y una editorial multinacional. Qué más da en estos momentos.

Esa postulación -y esa derrota, cultural- fue la versión literaria del palo de Mauricio Pinilla en el pasado Mundial de Brasil 2014. No porque Lemebel haya estado cerca de ganar la medalla -cuán lejos estaba- sino porque terminó ganando un representante de los mismos de siempre, el aguachento Antonio Skármeta, que fue a pedir su raspado de olla al comando de Michelle Bachelet y, finalmente, lo obtuvo, y seguirá escribiendo libros sin sangre. 

¿Qué deja Lemebel? Bueno, harto. Sus libros, para empezar. Deja una lengua también, la lengua que, como ningún otro escritor chileno, Lemebel iba creando en sus libros, en sus crónicas.

"Se ha muerto Lemebel, un escritor que, dentro del hiperreducido círculo de la literatura chilena que vale la pena, era el mejor."

Lemebel creaba lenguaje, y eso pocos lo pueden decir. Deja, además, una forma de hacer política. Un ejemplo de conciencia, difícilmente replicable, de todas formas, porque para eso hay que ser Pedro Lemebel. Ser así de valiente, como, por ejemplo, hacer una performance de orgullo de género treinta años atrás (“En la dura de esos años”), en este país, entonces lleno de metralletas y catolicismo cómplice de la dictadura. 

Estas líneas intentan circundar, muy modestamente, algo que Lemebel dijo de sí mismo, mucho mejor en su manifiesto de 1986:

“No soy un marica disfrazado de poeta/ No necesito disfraz/ Aquí está mi cara/ Hablo por mi diferencia/ Defiendo lo que soy/ Y no soy tan raro/ Me apesta la injusticia/ Y sospecho de esta cueca democrática/ Pero no me hable del proletariado/ Porque ser pobre y maricón es peor”.

Qué habría dicho del Pacto de Unión Civil, aprobado a horas de su muerte. Faltó que hablara de los Penta, de tantas cosas.

Tal vez salga un “Yo no soy Charlie” de Lemebel y embotelle a medio mundo en esas lateras discusiones en Facebook. Esas cosas pasan. Pero ha pasado que se ha muerto Lemebel, un escritor que, dentro del hiperreducido círculo de la literatura chilena que vale la pena, era el mejor. Tal vez haya que leerlo, una y otra vez. Es probable que no haya mucho más que hacer para estar a la altura de este momento.


Lo más visto en T13