Premio Nobel de la discriminación
Opinión

Premio Nobel de la discriminación

El ser reconocido internacionalmente es uno de los deseos constantes y ocultos detrás de todos quienes -de alguna u otra manera- realizamos investigación o nos hacemos llamar científicos, siendo el Premio Nobel la máxima expresión de este reconocimiento. Tal premio reconoce en sí la trayectoria y contribución de los académicos en una determinada área del conocimiento, el cual quedó plasmado en el testamento de Alfred Bernhard Nobel:


"Se dispondrá como sigue de todo el remanente de la fortuna realizable que deje al morir: el capital, realizado en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyo interés se distribuirá anualmente como recompensa a los que, durante el año anterior, hubieran prestado a la humanidad los mayores servicios. El total se dividirá en cinco partes iguales, que se concederán: una a quien, en el ramo de las Ciencias Físicas, haya hecho el descubrimiento o invento más importante; otra a quien lo haya hecho en Química o introducido en ella el mejor perfeccionamiento; la tercera al autor del más importante descubrimiento en Fisiología o Medicina; la cuarta al que haya producido la obra literaria más notable en el sentido del idealismo; por último, la quinta parte a quien haya laborado más y mejor en la obra de la fraternidad de los pueblos, a favor de la supresión o reducción de los ejércitos permanentes, y en pro de la formación y propagación de Congresos de la Paz.”


Vale la pena destacar que Nobel no instituyó en su testamento el Premio Nobel de Economía. Este galardón fue creado años más tarde en 1968 por el Banco Central Sueco y se otorga desde 1969.

En principio, este reconocimiento entonces, busca premiar a la “mente brillante” que aporte en un área determinada y no precisamente a quienes tengan un sentido común desarrollado: numerosos genios lo largo de la historia estuvieron lejos de ser individuos bien portados o de conductas dignas de imitar, lo cual demuestra que la inteligencia es algo bastante más complejo que realizar un hallazgo en particular.

En este contexto, en 2001 Leland H. Hartwell, Paul M. Nurse y Timothy Hunt, fueron galardonados con el Nobel de Medicina por sus descubrimientos de reguladores claves del ciclo celular, aquel que permite que nuestras células se multipliquen rigiendo nuestro propio desarrollo. Pero este mes -14 años después-, la ciencia ha vivido un doloroso momento que produjo una gran controversia, y que quizá para muchos pasó desapercibida: Tim Hunt declaró en la Conferencia mundial de periodistas científicos en Seúl, que “pasan tres cosas cuando las mujeres están en un laboratorio: te enamoras de ellas, ellas se enamoran de ti y, cuando las criticas, lloran".

Su confesión fue –por lo bajo- escandalosa, considerando que  llegó a proponer que hombres y mujeres investigaran en laboratorios segregados. Su comentario fue sexista, discriminatorio y terminó definiéndose a sí mismo como un “cerdo machista” (el cerdo no tiene la culpa de tal comparación).

Tal frase que puede parecer graciosa o generar algún tipo de simpatía, no es más que la expresión de un prejuicio que continúa propagándose, no sólo al interior de las ciencias, sino en todas las disciplinas y contextos ya que refleja una inequidad de género más allá que las mujeres continúan siendo invisibles; además son caricaturizadas de forma poco elegante. En lo específico a nivel de ciencias esto es más grave, todos sabemos que las mujeres no cuentan con la protección y seguridad social suficiente y acorde a las particularidades de género cuando van a ser madres, más allá que el ambiente que –en efecto- tiende a ser machista.

Ese mismo día al revisar la línea de tiempo en mi cuenta de Twitter, pude leer como dos de miembros de mi TL discutían. Uno de ellos,  al apreciar la queja de su oponente, lo trató con la siguiente frase: “no seas niñita”, en alusión al posible llanto de este debido a su queja.  En ese mismo contexto, al ser interpelado por una mujer que puso su queja acerca de lo sexista del comentario, este replicó aduciendo que “no tenían sentido del humor”. Es fácil ser gracioso cuando se es el interpelador y no se es el interpelado.

¿Cómo pasamos a entender que decir a otro “qué eres niñito” era sinónimo de hombrecito o fuerte y “que ser niñita” era sinónimo de débil y llorón, siendo términos aceptados socialmente, incluso, por las mujeres? A pesar de que numerosos estudios han demostrado la importancia de la participación femenina en la mejora de diversos indicadores, entre ellos económicos o de productividad, nunca se ha propuesto a nivel de nuestros Ministerios de Hacienda el crear herramientas para incentivar la participación de la mujer como palanca de la economía o del desarrollo, haciendo a estas nuevamente invisibles en una economía principalmente patriarcal.

En un mundo de invisibilidad de la mujer, sólo puedo pensar en que tengo madre, hermana, esposa, hija, amigas, colegas, grandes científicas, ex parejas y alumnas a las cual debo mi responsabilidad como académico en un mundo donde no debieran existir diferencias de género más allá de las que biológicamente poseemos. En donde uno de los objetivos es eliminar de lleno cualquier sesgo de género que podamos tener y esto generaría un mundo inclusivo. Es más, al repasar mi propia historia, la visualizo escrita desde sus inicios por mujeres y que sin ellas yo no habría existido. Incluso hoy mi esposa, amiga, confidente, cómplice, pareja y amante entre otros tantos atributos, tiene la responsabilidad como mujer de formar a un hombre que es nuestro hijo y yo, como hombre tengo la responsabilidad de formar a una mujer que es nuestra hija, ambos sin sesgos con respecto a lo que es uno del otro.

En mi mundo, “ser niñita” no es aquel término peyorativo que usamos para referenciar a un hombre para estigmatizarlo como débil escondiendo nuestros reales pensamientos bajo la frase de que se dice "con humor", pero que significa la expresión absurda de lo que pensamos en secreto, sobre las mujeres que están en nuestro mundo cercano. Niñita representa para mí una hija de tres años y nueves meses. Un ser humano que me ha ayudado a comprender mis limitaciones como varón, al no visualizar ciertas diferencias que son la clave para un mundo más inclusivo, y en donde mis actos “rudos” no son más que mis torpezas por ser instintivamente violento. Ella me enseña diariamente que cualquier lugar es el adecuado para un abrazo, un te quiero y una sensibilidad especial, que jamás podré alcanzar. Gracias a aquella “niñita” he aprendido a convertirme en un hombre y a tener un rol activo como papá.

Al mundo le sobran los “machos”, pero carece de “varones”.

Esa “niñita” me mostró un mundo que desconocía, uno de colores vivos que representan alegría, de importancia sobre la belleza, la estética, como del amor a las ciencias que ya desde tan corta edad, ella expresa. Gracias a ella soy más puntual, aprendí a morigerar mi genio y cumplir con mi palabra.

Ser niñita debe convertirse en un piropo. Quizá seamos ciegos de la responsabilidad que tenemos. No le puedo pedir a un premio Nobel que no se comporte como un troglodita, el premio es para reconocer años de investigación y trayectoria pero no al sentido común, un área en donde la inteligencia no es condición necesaria, tanto como no es excluyente de la pelotudez.


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