Crédito: Agencia Uno
Marchar
Opinión

Marchar

Han pasado unas semanas y creo que a esta altura puedo confesar que pensé ir a la marcha de la CONFEPA. Era una buena ocasión para manifestar mi malestar con el gobierno, pero como ustedes saben, salvo que el país se esté cayendo a pedazos, la derecha no marcha.

La sola idea de marchar entre consignas y megáfonos me desanimó. Me imaginé estar durante dos horas escuchando ¡el que no salta es Bachelé, el que no salta es Bachelé! y fue superior a mí. Primero, porque yo no salto bajo ninguna circunstancia, y sinceramente, prefiero no ser la Presidenta en estos momentos.

Tampoco quería escuchar la canción nacional cada veinte minutos, por lo que haciendo caso omiso a mi pulsión de participación en la vida cívica, ese domingo mientras la CONFEPA marchaba yo salí a correr junto a todo mi individualismo por los dominios de Josefa.

Ahora la segunda confesión: he andado medio arrepentido de no haber ido. Especialmente dada la andanada de descalificaciones, burlas y derechamente insultos que recibieron quienes osaron, pacíficamente (¡oh!), manifestarse contra una política del gobierno. Les dijeron de todo: que iban obligados, que eran unos morones por querer pagar cuando papá Estado ofrece gratuidad, que iban engañados, que marchaban por la segregación y discriminación. En fin.

"No se me ocurriría mofarme de padres que defienden marchando lo mismo que reciben mis hijos a través de los colegios privados a los cuales asisten."

Yo entiendo, e incluso puedo llegar a suscribir conceptualmente los beneficios para la sociedad de un sistema de educación sin selección y sin financiamiento compartido (lo del fin al lucro es una eslogan barato). No obstante, no se me ocurriría mofarme de padres que defienden marchando lo mismo que reciben mis hijos a través de los colegios privados a los cuales asisten.

Mejor infraestructura, disciplina, orden, un profesor que hace clases, son las razones por las cuales esos padres prefieren pagar, y son las razones por las cuales marchan. Tienen buenas razones, para al menos estar preocupados, por el destino de muchos colegios particulares subvencionados en una reforma que parece entender solo Eyzaguirre y sus jóvenes, e inexpertos (valga la redundancia), asesores.

No es aceptable que las burlas vengan del gobierno, y menos aún desde el progresismo de barrio alto, quienes se sienten muy cómodos pagando $300.000 mensuales por niño y al mismo tiempo riéndose del padre que marcha por defender su derecho a pagar $30.000. “Sueño que mis nietos vayan a un colegio público”, me decía una apoderada muy progre a la salida de una reunión de apoderados del Villa María. Preferí no contestarle.

La ingeniería social y la falta de empatía con los afectados van a terminar por matar una reforma donde hay mucho que rescatar. Es tal mi molestia, que no coincidiendo en todos los planteamientos, acompañaré a la CONFEPA y a esos padres en su próxima marcha. Salvo que haga mucho calor.


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