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Última noche de Festival: La clase de Cat Stevens
Opinión

Última noche de Festival: La clase de Cat Stevens

Cat Stevens necesitó de poco para demostrar mucho. Con la grandeza que da el estatus de clásico, impuso un show desprovisto de parafernalia, con una banda reducida pero en perfecta sincronía, para convertirse en lo mejor que haya pasado este año por la Quinta Vergara. Muy lejos de los recursos de manual de otros artistas que pasaron por Viña 2015, al cantautor sólo le bastó de su voz y de su guitarra para crear intimidad y calidez. Partió con una carta ganadora, “Wild world”, y el público –el más adulto de estas seis noches- disfrutó coreando sentado y con silencios que estremecieron. “First cut is the deepest”, “Oh very young”, “How can I tell you” y la enorme “Father and son” fueron parte de un repertorio donde el británico demostró que lo suyo no es sólo nostalgia, sino también la emoción, el placer de escuchar buena música, esa capaz de seguir sonando fresca 40 años después sin necesidad de arroparla para que suene diferente o “moderna”.

Tras los premios de rigor –todos los artistas se llevaron la Gaviota de Plata y de Oro este año-, y entusiasmado por la noche, con un peak de 31 puntos de rating, cantó fuera de librero “Another saturday night” mientras se veía a Yusf Islam con una polera que decía “Cat Stevens”. Toda una curiosidad para quien se ha empeñado en enterrar el nombre que lo hizo famoso desde los años 70. Un guiño a su propia leyenda. A un pedazo de historia de la música que vino a dejar un espectáculo entrañable.

Arturo Ruiz-Tagle

No hubo caso: esta versión quedará anotada como la peor del humor. Son malas noticias para la comedia local, porque implica no sólo que no hay renovación, sino un alarmante problema en sus libretos. Anoche Arturo Ruiz-Tagle partió entre pifias y, una vez más, sorteó el trance recurriendo al chiste por el Caso Dávalos. Luego, pareció retroceder varios años, hasta 2004 o 1994, para hacer chistes de Pinochet en silla de ruedas, la guerra de Irak, las tribus urbanas, la playa de Lavín, el retirado Pablo Longueira, John Lennon y Yoko Ono, etcétera.

Como si estuviese haciendo un resumen de los chistes que ha contado durante toda su trayectoria, su rutina era añeja. Sin ánimo de renovación, apeló a la archiconocida rutina de hombres y mujeres en una discoteca, dijo que no haría chistes xenófobos y recurrió a los peores clichés sobre países vecinos, aseguró que no haría bromas de homosexuales “porque esos están tan sensibles”, y aunque logró hacer reír en la Quinta Vergara, francamente esto pareció una tomadura de pelo: ¿Fue un serio? Porque Ruiz-Tagle, que intentó hacer stand up (pobres de los que sí lo hacen) y humor político, cayó bajo. Burlarse de los kilos de más de Michelle Bachelet es tomar el camino fácil, lo que se tenga a manos con tal de hacer reír. Se pueden contar chistes de lo que sea, pero una cosa es hacerlo inteligentemente y otra con mediocridad. Y Ruiz-Tagle mostró muy poco de lo primero y abundó en lo segundo.

Nano Stern

El clima de intimidad que había dejado Cat Stevens regresó con el chileno Nano Stern. Integrante del jurado, en esa línea que va desde el nicho hacia la masividad, el cantante interpretó parte de sus temas más conocidos junto a un discurso social, e hizo un llamado para que hayan más artistas chilenos en el Festival (“No es posible que hayan sólo tres en seis noches”, dijo). Demostrando virtuosismo y control sobre el escenario, se quejó del poco tiempo que tenía para su presentación y el público lo acompañó respetuosamente y con aplausos. La ex voz de Juana Fé, Juan Ayala, apareció como invitado para cantar “El vino y el destino”, el tema que marcó el cierre antes de recibir sus premios, y que Stern regrabó junto a Juana Fé. Fue el peak de su show, que hizo que el público se parara de sus asientos.

El show de Nano Stern, pese a que eran pasadas las dos de la madrugada, supone un momento de inflexión para su carrera: es el tiempo que el culto se masifique. “Dos cantores” (dedicada a Violeta Parra y Víctor Jara) y “Necesito una canción” (una de las puntales de su repertorio), los temas de su bis, cerraron una presentación redonda que justificaron sus palabras: hacen falta más grupos chilenos en el Festival de Viña.

Oscar D'León

El cierre corrió por cuenta de Oscar D'León, quien debutaba en la Quinta Vergara, pese a su larga trayectoria, y salió ya de madrugada, cuando no quedaban más de tres mil personas. Fue un sinsabor y el venezolano lo resintió, preguntando si acaso se habían ido todos. Su presentación, que no superó los 40 minutos de duración, intentó armar una fiesta final con salsa, son y otros ritmos caribeños (un cover de "La vida es un carnaval" entre ellos)  que D'León interpreta con propiedad. Pero el poco público que había hizo algo frío el show, y eso no fue responsabilidad del artista, que con su banda suenan muy afiatados y proponiendo baile. Mereció una audiencia mayor, aunque quizás sus temores eran concretos: Chile no es un país particularmente dado a los sonidos caribeños.


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