Crédito: Facebook Lemebel
Pedro Lemebel, mejor que el Prozac
Opinión

Pedro Lemebel, mejor que el Prozac

Corría el año 1999. Estaba despistada y ansiosa buscando inspiración, temas, un fondo y una forma para un nuevo montaje. Estaba buscando la horma de la nueva creación cuando escuché un comentario en la radio, en el que dos locutores hablaban de un escritor que estaba publicando unas crónicas muy irreverentes, irónicas, que hablaban de la calle, de Santiago. "Crónicas políticamente incorrectas con un dejo de resentimiento", dijo un locutor. "No digas eso, es buenísimo", dijo el otro. 

No me acuerdo bien dónde ni quién, pero paro la oreja, leen un par de líneas de alguna de sus crónicas de su libro “De perlas y cicatrices”  y me río. Espero que digan su nombre: Pedro Lemebel, dicen. ¿Dónde escribe? pregunto hablando sola. En The Clinic me contesta la radio como si hubiera escuchado. 

Busco el quincenal (en ese año salía cada 15 dias) y empiezo a leer la historia de unas vecinas en un block. Llegaba una empresa y les ofrecía algunos pesos  para instalar un letrero de su marca en el techo del edificio la marca “Soviet”. Las vecinas se peleaban, unas felices, otras no, la empresa además tenía que pintar el edificio todo de un color, pero no se decidían por cual. Algunas decían "cobremos más caro que se quieren aprovechar estos tal por cuales". "Oiga vecina no diga tanto garabato" increpaba otra,  "y que te metí voh, que yo hablo  como se me para la raja" se defendía la aludida … y de tanto discutir y sacarse la madre la empresa decidió ir al block del frente y lo instaló allá. 

Las señoras se quedan sin letrero, pero valorando su identidad como premio de consuelo y felices con “su mosaico de vidas que relucen su diferencia”

"Sus palabras, sus frases, sus imágenes saltaban, bailaban en mi cabeza, con una mezcla de risa y conmoción por la realidad."

Sus palabras, sus frases, sus imágenes saltaban, bailaban en mi cabeza, con una mezcla de risa y conmoción por la realidad. Con el placer de leer sus metáforas barrocas, urbanas y tan cercanas, tan irónicas y tan tiernas, tan duras y tan verdaderas. ¡¡¡ESTO ES!!!! Esta maravilla era lo que andábamos buscando. Estas escenas, esta identidad.

Me imaginé la puesta en escena del “Letrero Soviet”, las vecinas de distintas edades se mezclaban. Con sus opiniones podíamos mostrar sus aspiraciones, sus sueños, el cruce de generaciones. En una discusión salían a relucir los males, los dolores, la discriminación, el arribismo, el sistema neoliberal, el consumo. En un par de páginas se mostraba Chile: nuestra identidad de barrio pobre con marca de multinacional.

Tenemos que hacer a Lemebel en teatro le dije a mis compañeros de grupo. Es lo que andábamos buscando, habla de lo que nosotros hablamos, tiene un lenguaje gracioso (siempre nos gustó la comedia, te permite hablar de cualquier tema y el público se lo traga con una carcajada) identitario, único. Mezcla la realidad más cruda con una mirada cercana, con humor y desparpajo.

Averiguamos dónde ubicarlo, fuimos con mi pareja, el actor y director Rodrigo Muñoz, a presentarnos a la radio Tierra. Lo esperamos porque estaba al aire leyendo sus crónicas. Por fin, salió y nos miró de arriba a abajo, con un sesgo de desconfianza. Le pedimos con muuuucha humildad, si podíamos hacer sus textos en teatro y nos preguntó: ¿A ustedes les va bien? ¿Va mucho público a sus obras?

"Hizo una pausa dramática y dijo: "¡Entonces quiero hacerlo con ustedes!""

Podríamos haberle dicho que sí, en esa época no existía Google, no tendría cómo saberlo. Pero no, nos miramos y le dijimos "No, Pedro. No nos conocen mucho, salimos recién de la escuela y hacemos teatro más bien de corte social y en comedia. Igual hemos ganado buenas críticas, nos justificamos". Hizo una pausa dramática y dijo: "¡Entonces quiero hacerlo con ustedes!"

Ese día comenzamos a trabajar. Nos leímos todo lo que encontramos, cada vez más inspirados, con mucho respeto y preguntando todo, hasta que un día dijo que nos quería ir a ver a un ensayo. Le dijimos que todavía no, que después mejor. 

"No, quiero ver lo que están haciendo, no me van a dejar para el estreno", nos dijo. Y bueno, fue a una sala fría en el centro de Santiago, llegó con un abrigo largo muy enigmático, con su pañuelo en la cabeza. Nosotros nerviosos e inseguros empezamos a actuar, se río a carcajadas y nos dijo: "Mencantó, ¡relájense! Fáltenme el respeto , cambien palabras si suenan muy literarias. El teatro es más verdad, más acción, más cotidiano , jueguen, pásenlo bien".  

De ahí en adelante, trabajamos tres montajes (De Perlas y Cicatrices, Tengo miedo Torero y Cristal tu corazón). Ensayamos y leímos algunas veces en su casa, disfrutamos tardes enteras riéndonos de cada frase que se le ocurría. Pasaba un murciélago volando y decía “La tarde se puso gótica”. Teníamos dudas de una palabra y le preguntábamos… si en una escena decíamos "el jarrón de la señora X" y él decía "nooo qué siútico, digan florero.. de hecho si quieren le pueden cambiar el título a la obra Tengo miedo florero” y vuelta a reír.

Una vez en una conferencia en alguna universidad que nos invitó, un estudiante que se quiso pasar de listo le dijo: "Pedro, tú en el libro Tengo miedo torero dices que estabas en Laguna Verde y viste Valparaíso, déjame decirte que desde Laguna Verde no se ve Valparaíso". 

Él lo miró, le sonrió y le dijo, "pregúntale al que fue conmigo… vio hasta Con Con". La sala estalló en risas y así miles de frases diarias, que yo escribía en un cuadernito para incluirlas en algún momento del montaje o para citarlo en la vidaMuchos consejos que me han acompañado. Fértil, inagotable, impredecible, adorable y a veces insoportable, lo más cercano a un genio con el que he tenido la suerte de estar.

"Su pluma valiente, certera, de consigna política, ideológicamente intransable, con un balsámico humor, con la capacidad de reírse de si mismo."

Su pluma valiente, certera, de consigna política, ideológicamente intransable, con un balsámico humor, con la capacidad de reírse de si mismo. Viajamos por todo Chile a teatro lleno y aplauso cerrado, un par de veces se paró alguien del publico enojado pegando portazo y gritando “se rien de todo”, “resentidos”, “comunistas” y eso lo hacía más sabroso y provocador. Nadie quedó indiferente. Muchas veces se sumó a nuestras giras lo cual agradecíamos mucho y nos seguimos riendo con cada sarcasmo poético que se mandaba, incluso ya avanzados la noche y el alcohol.

Nos ganamos los aplausos de los críticos e incluso nos nominaron al Altazor en tres categorías. Patricia Verdugo nos hizo una crítica maravillosa con el encabezado, “Mejor que el Prozac”. Así fuiste, Pedro querido, para quienes te leyeron y te rodearon: “Mejor que el Prozac”. Con tus crónicas no hacen falta antidepresivos. Uno se siente acompañado, comprendido, identificado. Sientes que perteneces, sacas risas contando la historia más sórdida.

Todo lo que tenías que decir lo dijiste y no le debes nada a nadie. Por eso tu libertad en los momentos más duros donde la mayoría se movía desde el miedo. Cabalgó en pelotas reivindicando su condición y enarbolando su grito político, llamando a la memoria y recordando a sus caídos.

Chile no va a ser el mismo sin Lemebel, sin sus salidas de madre, sus frases para el bronce. Chile pierde un genio y si bien no ganó el premio Nacional de Literatura ("Más arreglado que cara de travesti" como dijo él) sí ganó el cariño y el grito emocionado de sus lectores: “Pedro, amigo, el pueblo está contigo”.


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