Crédito: A. Uno
Hogueras y teatralidad en el debate público chileno
Opinión

Hogueras y teatralidad en el debate público chileno

Toda sociedad humana se plantea el problema del mal e intenta resolverlo nos diría Muchembled. Se trata, al final del día, de disquisiciones acerca de la naturaleza humana  y la contraposición de visiones respecto de esta: perfeccionistas, optimistas, pesimistas, etc. Lamentablemente, la humanidad muchas veces ha resuelto mal este problema.  

En la Edad Media, por ejemplo, se asociaba la maldad a lo diabólico, buscando en esta figura un mecanismo de control social. Posteriormente, en los siglos XV y XVI, ello se sofisticaría mediante la figura del aquelarre: producir un arquetipo humano del mal absoluto encarnado en la bruja y sus ritos –la demonización de la mujer, su cuerpo y su olor, y lo sexual–.

"Los procesos de brujería fueron una suerte de escena teatral para el aprendizaje de las nuevas normas y estándares religiosos y culturales"

Ello llevó a una ola de procesos judiciales por brujería –tan intenso en sectores católicos como protestantes; las guerras religiosas sólo potenciaban las hogueras–, terminando centenares quemados –en su mayoría mujeres– o sujetas a pruebas como la de la inmersión de los acusados con pies y manos atadas –decretando la inocencia si el cuerpo se hundía–.

Quienes quedaban con vida eran condenados a llevar perpetuamente una cruz amarilla sobre sus vestimentas–. Freud diría más adelante que esta figura –la de la popular bruja volando en una escoba– era una representación de fuerzas oscuras, inconscientes y reprimidas, organizándose en torno a esta un concepto de sexualidad más bien infantil. Por lo demás, la figura de la escoba, no era más que la representación fantasiosa de un gran pene.

Bajo este contexto, los procesos de brujería –siendo paradigmático el de Salem (1692-1693)– fueron así una suerte de escena teatral para el aprendizaje de las nuevas normas y estándares religiosos y culturales, siendo los culpables, los adversarios del nuevo canon y merecedores, por tanto, de un escarmiento ejemplificador.

El debate público suele estar marcado por las hogueras, las brujas y la teatralidad con el objeto de demonizar al adversario. A comienzo de los 50’s, el destacado dramaturgo norteamericano Arthur Miller escribió la obra Las Brujas de Salem (The Crucible), como una forma alegórica, de protesta cultural, a las persecuciones anticomunistas del Macarthismo en dicho país entre 1950-1956, pasando a ser uno de los periodos oscuros de una democracia más bien ejemplar.

Basta pegar una mirada un poco desapasionada a nuestro debate actual de ideas y políticas públicas para darnos cuenta que está cruzado por estas mismas figuras.

"La democracia chilena y sus defensores debiesen estar particularmente atentos a las nuevas hogueras que se levantan en la discusión pública, especialmente cuando hay bastante de frívolo y banal en algunas puestas en escena."

Algunos “progresistas” juntan leña para prender las hogueras contra el lucro o todo cuento suene a iniciativa privada que permita un margen legítimo de ganancias en la provisión de bienes públicos o semi-públicos.

La economía de mercado; completamente satanizada. En lo político, la Concertación y su gran obra transformadora –legitimando en democracia las políticas sociales y económicas liberales de los 80’s–, son objeto de caza preciado por los radicales de la Nueva Mayoría; la “democracia de los acuerdos” debe arder.

Algunos conservadores, por su parte, dan un trato equivalente al de bestialismo al discutirse el Pacto de Unión Civil –para que decir el de matrimonio igualitario– o la despenalización de la marihuana o el aborto terapéutico –conservadores que no parecieron tan críticos con la Dictadura cuando existía esta regulación hasta el 89–. Algunos satanizan el concepto en abstracto, teórico, de Asamblea Constituyente o si quiera que el proceso de reforma constitucional pueda terminar en una Nueva Constitución.   

La democracia chilena y sus defensores –en momentos en que la democracia representativa y sus instituciones fundamentales como el Congreso y los partidos políticos aparecen tan desprestigiados–, debiesen estar particularmente atentos –y algo preocupados– a las nuevas hogueras que se levantan en la discusión pública, especialmente cuando hay bastante de frívolo y banal en algunas puestas en escena.


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