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Mario Vargas Llosa viene a Chile
Opinión

Los liberales olvidados y la centroderecha (fin): Mario Vargas Llosa

Termino con esta sexta columna una serie que comenzara el 17 de abril cuando decidí acoger, desde el liberalismo clásico, la invitación que había planteado Hugo Herrera en su libro La derecha en la crisis del bicentenario, a repensar la centroderecha de cara al futuro desde sus diversas corrientes intelectuales.

Así, mi versión de la reconstrucción intelectual de la centroderecha ha pasado por poner sobre la mesa, algunos de los aportes de pensadores relevantes del liberalismo clásico (Paz, Berlin, Popper, Oakeshott y Aron), tanto para aumentar la densidad intelectual de la centroderecha (más allá del liberalismo económico), como también frente a una cuestión contingente: el proyecto refundacional y racionalista que le ha propuesto al país la Nueva Mayoría –y que al comenzar esta serie aún no pasaba por el cedazo del “realismo sin renuncia”–. Así, a modo de corolario de esta serie, resulta imposible entonces no pensar en Mario Vargas Llosa.

Vargas Llosa representa la suma de la mejor de las tradiciones del liberalismo clásico hoy en día: no sólo por ser uno de los embajadores más importantes de la república de las letras; sino ser un anti-racionalista (y anti-tradicionalista también); anti-perfeccionista (la suya es una concepción modesta acerca del rol en la sociedad del proyecto liberal); un liberal no dogmático –el liberalismo como doctrina abierta que evoluciona–; un crítico del economicismo –“Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas”– pero gran defensor del mercado libre–; promotor incansable de la cultura (pluralista) como núcleo de la sociedad democrática –“Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura”–.

Y es que estamos ante un defensor de la libertad integral: “la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables como el anverso y el reverso de una medalla”. Porque ahí cuando los intelectuales latinoamericanos cayeron narcotizados ante la revolución cubana, él estuvo con la disidencia que rompe con Fidel Castro –“ese fósil autoritario”; “el dictador más longevo de la historia de América Latina” – tras el caso Padilla; y ahí cuando se levantaron dictaduras con un programa de reformas económicas liberales, no escatimó en poner las cosas en su lugar: frente a los liberales mexicanos conceptualizó al PRI como una “dictadura perfecta”.

A la derecha chilena cuantas veces, y hasta el día de hoy, le sacó en cara su atracción por Pinochet y su régimen: “Quienes creían que el general Pinochet era la excepción a la regla,  porque su régimen obtuvo algunos éxitos económicos, descubren ahora, con las revelaciones sobre sus asesinados y torturados, cuentas secretas y sus millones de dólares en el extranjero, que el dictador chileno era, igual que todos sus congéneres latinoamericanos, un asesino y un ladrón”. Asesino y ladrón.

Sin embargo, este concepto de liberalismo, la suma de democracia política y mercados libres, para “Varguitas” –si nos trasladamos a una de sus noveles más entrañables (y autobiográficas), La tía Julia y el escribidor–, descansa en algo más que en dichos conceptos “abstractos”, “algebraicos”, “que los deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes”. No es mucho más –aunque nada menos– que tolerancia y respeto a los demás; la coexistencia entre quienes piensan distinto en cuestiones que a todos ellos resultan esenciales y sagradas, una actitud que precede a la democracia y la hizo posible.

La invitación de Vargas Llosa en una que traspasa fronteras, especialmente pertinente en un continente como el nuestro marcado por las ideologías, los proyectos de redención, los caudillos y los césares, donde el nacionalismo todavía es bandera segura: “Soñemos, como hacen los novelistas: un mundo de desembarazado de fanáticos, terroristas, dictadores; un mundo de culturas, razas, credos y tradiciones diferentes, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad”. Muy lejos de un humanismo naive, inocente, cándido –pues estamos ante un escéptico del poder y un fiscalizador de sus excesos–, la invitación de Vargas Llosa es a tomarnos en serio la riqueza y el potencial de la experiencia humana. 


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