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Los liberales olvidados y la centroderecha (I): Octavio Paz
Opinión

Los liberales olvidados y la centroderecha (I): Octavio Paz

La cuestión de la reconstrucción intelectual de la centroderecha no es un tema nuevo, aunque hay que reconocer el libro reciente de Hugo Herrera La derecha en la crisis del bicentenario ha dado sentido de urgencia al debate y lo ha puesto en un estadio superior. Obviamente volver sobre la tradición intelectual de la derecha –o una parte de ella– es un ejercicio necesario para enfrentar este proceso de reconstrucción. En las próximas columnas quisiera aportar a este debate desde un ángulo diferente, lo que podríamos llamar los “liberales olvidados”, una reflexión desde una de las diversas vertientes intelectuales que nutren el ideario del sector: el liberalismo clásico.

Efectivamente uno de los problemas –de tantos– de la centroderecha chilena de las últimas dos décadas ha sido su marcado acento tecnocrático, especialmente un excesivo economicismo. No es extraño que dos de sus líderes fundamentales hayan sido economistas –Joaquín Lavín y Sebastián Piñera–. Ello ha ido acompañado del ensalzamiento de la contribución de tres autores: Adam Smith, Friedrich Hayek y Milton Friedman y principalmente sólo en sus contribuciones al liberalismo económico.

En este sentido, no deja de ser interesante el reciente renacimiento en Chile de La teoría de los sentimientos morales de Smith, el que ha sido utilizado para reinterpretar la versión excesivamente utilitarista –y predominante en Chile– de La riqueza de las naciones. Difícil, bajo este contexto, intentar esquivar la etiqueta neoliberal con el que se asocia a la centroderecha chilena.

Pero existe un grupo de “liberales olvidados” que a mi juicio son doblemente relevantes de cara a una conversación en torno a la reconstrucción intelectual de la centroderecha. Se trata de Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin, Michael Oakeshott –para algunos un conservador–, y desde la república de las letras, Octavio Paz y Mario Vargas LLosa. No solamente son decisivos para darle densidad intelectual a la centroderecha, sino que sus ideas son plenamente vigentes para la contingencia: la embestida desde los sectores más radicales de la Nueva Mayoría con un proyecto refundacional, racionalista y con poca simpatía por la versión más tradicional de la democracia representativa y el ideal de libertad.

Bajo este contexto, quisiera rescatar, en primer lugar la figura de Octavio Paz. Sobra decirlo, Paz es un conjunto de facetas: poeta, ensayista, diplomático, intelectual, etc. Reducir su obra a sus planteamientos intelectuales y políticos no tiene mucho sentido, excepto en un esfuerzo como éste.

Vargas Llosa ha recalcado, con razón, que sostener que estamos ante el poeta de la libertad o un intelectual de la libertad es decir una gran verdad pero una un poco estereotipada y demasiado general. La libertad Paz la fue descubriendo, conquistando a medida que cambiaba de opinión, a medida que la realidad desmentía mucha de sus creencias y lo llevaba a adoptar otras, muchas veces opuestas a las que había defendido hasta entonces. En efecto, uno de sus más cercanos discípulos, Enrique Krauze, otro liberal de fuste, actual Director de Letras Libres y autor de El poeta y la revolución –quizás la mejor biografía de Paz–, da cuenta de la evolución intelectual desde el marxismo, hacia el trotskismo –de la mano del surrealismo de Andrés Breton–, derivando en el liberalismo y el abrazo final a la cultura democrática por parte del poeta. Se trata, por lo demás, de un camino recorrido por tantos otros; basta leer The God that failed, de Koestler, Gide y otros. En nuestro continente, y gracias a la revolución cubana, se trata del camino de Vargas Llosa, o de Jorge Edwards o Roberto Ampuero en nuestro país.

Si pudiera buscarse un punto de quiebre se encuentra en su lectura del monumental Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. Es un punto de quiebre con la izquierda pero también con el colectivismo nacionalista con el que había descrito la identidad mexicana en el Laberinto de la soledad. El cambio es perceptible en El ogro filantrópico. Se trata entonces de la evolución propia de quien buscando la libertad en su poesía, no acepta marcos rígidos ni para embarcarse en ella, y menos en el análisis de las ideas y de la sociedad.  En efecto, al recibir el Premio Tocqueville en 1989, en su tremendo Poesía, mito y revolución justifica dicha evolución de la siguiente forma “Desde mi adolescencia he escrito poemas y no he cesado de escribirlos. Quise ser poeta y nada más. En mis libros de prosa me propuse servir a la poesía, justificarla y defenderla, explicarla ante los otros y ante mí mismo. Pronto descubrí que la defensa de la poesía, menospreciada en nuestro siglo, era inseparable de la defensa de la libertad. De ahí mi interés apasionado por los asuntos políticos y sociales que han agitado nuestro tiempo”.

Sus últimos años los dedicaría a analizar los temas propios de la libertad política –dado que nunca logró reconciliarse totalmente con el liberalismo económico y los mercados libres, por la dificultad de concebir que éste fuera decisivo en la cultura, entendiendo los riesgos de la hegemonía estatal sobre ésta–: representatividad, elecciones libres, y sobre todo consagrarse como uno de los autores modernos que con mayor perfección desentrañó la fisonomía y misterios de las dictaduras, no importa sea la máscara ideológica con la que se presente.

Ahora bien, junto con el tema más general de la cultura democrática y la libertad, en Paz está presente el juego entre tradición y ruptura. Una sociedad, su cultura, evoluciona al compás del movimiento entre estos dos conceptos; tradición y ruptura. Así, la generación nueva, admiradora de la anterior, rompe con ella, para reafirmar su existencia, pero sobre el camino recorrido. Ello está particularmente presente en La tradición de la ruptura, contenida en Los hijos del limo: del romanticismo a la vanguardia. El tema del libro es la tradición moderna de la poesía, pero el del primer ensayo es elocuente y nos entrega luces respecto del cambio institucional, tan atingente al Chile de hoy en medio de la refundación, especialmente respecto de quienes ven en la Asamblea Constituyente una salida, la ruptura, con nuestra tradición constitucional y el falso ideal racionalista de la carta en blanco: “Si la ruptura es destrucción del vínculo que nos une al pasado, negación de la continuidad entre una generación y otra, ¿puede llamarse tradición a aquello que rompe el vínculo e interrumpe la continuidad?... La tradición de la ruptura implica no sólo la negación de la tradición sino también de la ruptura… Si tradición significa continuidad del pasado en el presente, ¿cómo puede hablarse de una tradición sin pasado y que consiste en la exaltación de aquello que lo niega: la pura actualidad?

 


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