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Los liberales olvidados y la centroderecha (II): Isaiah Berlin
Opinión

Los liberales olvidados y la centroderecha (II): Isaiah Berlin

Frente al desafío de la reconstrucción intelectual de la centroderecha comencé, en mi columna anterior, a aportar en este debate desde la mirada del liberalismo clásico, mi casa. La tesis central que he venido sosteniendo es que, en la parte que le corresponde a esta tradición –hay otras cuyos aportes han sido invitadas a participar– hay que echar mano en este proceso a los que he denominado los “liberales olvidados”, comenzando por Octavio Paz.

Un segundo liberal olvidado –aunque en círculos liberales criollos históricamente promovido por una de sus discípulas más avanzadas, Lucía Santa Cruz–, es, sin lugar a dudas, Isaiah Berlin. Los aportes de Berlin son innumerables, pero su esfuerzo por encontrar un espacio propio elevando la historia de la ideas a una sub-disciplina relevante en las ciencias sociales, combinando la filosofía política con la historia, no sólo lo convirtió en uno de los académicos más relevantes de Oxford o de Inglaterra de la postguerra –y de las tres décadas posteriores–, sino uno de los intelectuales que comprendería cabalmente el rol de estos en el devenir político de una comunidad.

Reflexionando precisamente en torno a esta último cuestión nos advierte en su ensayo Dos conceptos de la Libertad que sería tanto sorprendente como peligroso desatenderlo. Sorprendente, “porque quizá no haya habido ninguna época de la historia moderna en que tantos seres humanos… hayan tenido sus ideas y, por supuesto, sus vidas tan profundamente alteradas, y en algunos casos violentamente trastornadas, por doctrinas sociales y políticas sostenidas con tanto fanatismo”. Peligroso, porque “cuando las ideas son descuidadas por los que debieran preocuparse de ellas… éstas adquieren a veces un carácter incontrolado y un poder irresistible sobre multitudes de seres humanos que pueden hacerse demasiado violentos para ser afectados por la crítica de la razón”.Y es que para él si los intelectuales pueden ejercer este poder fatal, deben ser otros intelectuales (y no los gobiernos o el Congreso), los únicos que pueden desarmarlos.

"Sí hay otras carencias puede ser razonable limitarlas, pero debemos entender que el precio es una merma en la libertad"

¿Por qué debo yo (o cualquiera) obedecer a otra persona?¿Por qué no vivir como quiera?¿Tengo que obedecer? Si no obedezco, ¿puedo ser coaccionado?¿Por quién, hasta qué punto, en nombre de qué y con motivo de qué? Berlin enfrentó estas preguntas desarrollando las categorías de libertad negativa y positiva, la primera contestando la pregunta acerca de cuál es el ámbito en que al sujeto –una persona o un grupo de personas–se le deja o se le debe dejar hacer o ser lo que es capaz de hacer o ser, sin que en ello interfieran otras personas, la segunda, la respuesta de la pregunta acerca de qué o quién es la causa de control o interferencia que puede determinar que alguien haga o sea una cosa u otra. Se trata de dos cuestiones diferentes, especialmente cuando hay quienes buscan contrabandear el concepto de libertad positiva el de otros valores o bienes, especialmente el de igualdad.

En esto el rigor y la precisión conceptual de Berlin se echan hoy de menos. Daban cuenta de que estamos en presencia de la fractura humana, como sostiene Silva-Herzog: los tres ideales de la Revolución Francesa eran preciosos, pero no eran compatibles. No puede decirse: libertad, igualdad, fraternidad. Debe decirse: libertad, igualdad o fraternidad. “La libertad no es el único fin del hombre”; sí hay otras carencias puede ser razonable limitarlas, pero debemos entender que el precio es una merma en la libertad.

En palabras del propio Berlin:

“Yo estoy dispuesto a sacrificar parte de mi libertad, o toda ella, para evitar que brille la desigualdad o que se extienda la miseria. Yo puedo hacer esto de buena gana y libremente, pero téngase en cuenta que al hacerlo es libertad lo que estoy cediendo, en aras de la justicia, la igualdad o el amor de mis semejantes. Debo sentirme culpable, y con razón, si en determinadas circunstancias no estoy dispuesto a hacer ese sacrificio. Pero un sacrificio no es ningún aumento de aquello que se sacrifica (es decir, la libertad), por muy grande que sea su necesidad moral o su compensación. Cada cosa es lo que es: la libertad es libertad, y no igualdad, honradez, justicia, cultura, felicidad humana o conciencia tranquila. Si mi libertad, o la de mi clase o nación, depende de la miseria de un gran número de otros seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral. Pero si yo reduzco o pierdo mi libertad con el fin de aminorar la vergüenza de tal desigualdad, y con ello no aumento materialmente la libertad individual de otros, se produce de manera absoluta una pérdida de libertad”.

Así, en estos días de reconstrucción intelectual de la centroderecha, el llamado de Berlin a valorar el rol de las ideas en la comunidad política y la precisión conceptual en torno a los ideales que busca avanzar una sociedad, llamando por su nombre a los diversos que están en juego y entendiendo los sacrificios que se hacen por algunos en nombre de los otros, especialmente al definir el concepto de libertad –tan preciado en la centroderecha–, resultan imprescindibles. 


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