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Los liberales olvidados y la centroderecha (III): Karl Popper
Opinión

Los liberales olvidados y la centroderecha (III): Karl Popper

¿Por qué tiene sentido echar mano en el baúl de los recuerdos del siglo XX a las ideas de un puñado de liberales clásicos –con o más o menos simpatía por la derecha política– a la hora de pensar en la reconstrucción intelectual de la centroderecha chilena de hoy?

He entregado dos respuestas a esta pregunta desde que comencé esta serie: primero, porque no hay reconstrucción intelectual posible de la centroderecha si no acude al pluralismo de fuentes que la nutren, a sus diversas tradiciones (conservadoras, libertarias, progresistas, liberales, etc.). Y creo que hace falta un par de pinceladas al nuevo cuadro en desarrollo desde la brocha del liberalismo clásico. Segundo, porque sin perjuicio del que podría ser un repliegue táctico desde la cumbre de La Moneda, Chile enfrenta hoy una propuesta refundacional, racionalista, útopica, cuyo paradigma es una Asamblea Constituyente que, hoja en blanco, borra el pasado para volver a nacer.

Karl Popper, considerado uno de los filósofos más relevantes del siglo XX, y junto con Friedrich Hayek y Michael Oakeshott, con sus cátedras en el London School of Economics and Political Science (LSE) –Isaiah Berlin hacía lo suyo a corta distancia desde Oxford–, fue decisivo en los 40’s y 50’s, en la constitución del núcleo intelectual del renacimiento del liberalismo clásico. Si la marca Chicago boys en Chile es fuerte, como lo es a escala global la Escuela de Chicago de la que se desprende –básicamente en economía–, la tradición liberal clásica contemporánea debiera erigir un monumento a estos London Boys, quienes en dicho espacio-tiempo –Hayek, sabemos, partiría en 1950 al Comité en Pensamiento Social, tras haber sido despreciado por el influyente Departamento de Economía–, fueron decisivos.    

Los aportes de Popper son diversos; quisiera rescatar uno vinculado a su investigación en filosofía política que toma fuerza al llegar al LSE en 1946 trayendo bajo el brazo La Sociedad Abierta y sus Enemigos. Se trata de la que es probablemente la crítica más demoledora al pensamiento colectivista existente –al determinismo, al historicismo–, poniendo foco en las ideas de Platón, Hegel y Marx; como también una defensa a la democracia liberal.

Para él, existen una serie de sistemas filosóficos historicistas (aquellos que confían en la existencia de leyes históricas específicas, susceptibles de ser descubiertas y sobre las cuales pueden basarse las predicciones relacionadas con el futuro de la humanidad).

Un buen ejemplo que entrega, simple y antiguo, es la doctrina del pueblo elegido, que supone que Dios ha escogido un pueblo para que se desempeñe como instrumento directo de su voluntad y también que este pueblo habrá de heredar la tierra. La teoría del pueblo elegido surge de la forma tribal de vida social. El tribalismo (asignar importancia suprema a la tribu, sin la cual el individuo no significa nada en absoluto) es un elemento que podemos encontrar en muchas de las formas de la teoría historicista.

Para Popper, los totalitarismos, los proyectos colectivos, son una variante de lo anterior: en lugar del pueblo elegido, el nazismo nos habla de raza elegida, seleccionada como instrumento del destino y escogida como heredera de la tierra; para el marxismo, se habla de clase elegida, el instrumento sobre el cual recae la tarea de crear una sociedad sin clases, y la clase destinada a heredar la tierra. Ambas teorías basan su pronóstico histórico en una interpretación de la historia conducente a descubrir cierta ley que rige su desarrollo.

Bajo este esquema es imposible que el resultado final no sea una sociedad cerrada, donde las respuestas a las preguntas centrales acerca del tipo de gobierno que debe regir –pensemos en los filósofos-reyes de Platón– sólo pueden conducir a formas intensas de opresión –por lo demás, el utopismo abstracto de Marx implicó que cuando Lenin y los bolcheviques tomaron el poder en Rusia en 1971 a nombre del marxismo revolucionario encontraron poca orientación en los escritos del primero, debiendo ajustar, sobre la marcha, algunas de sus ideas–.

Por el contrario, la sociedad abierta se caracteriza por individuos poseedores de una actitud crítica y racional respecto a las creencias e instituciones establecidas –lo que surge con los griegos–, a la vez que permite incrementar significativamente los distintos modos en que se expresa la libertad, sea en materia de pensamiento –para criticar las creencias establecidas–, la elección del modo de vida que se quiere llevar, etc. Por lo demás, ella hace posible el crecimiento del conocimiento, de la capacidad de cooperación y ayuda mutua, y por lo tanto, del bienestar y las posibilidades de supervivencia de la humanidad.

Es cierto, los totalitarismos, el muro de Berlín, la cortina de hierro, han caído. Sin embargo, en momentos en que Chile atraviesa por definiciones importantes en torno a conferirle mayor potestad al Estado en materia económica y social –y manteniendo el statu quo en materia cultural, si pensamos en los escasos avances en materia de liberalización de drogas o en el monopolio del Estado entregando licencias matrimoniales sólo a parejas de sexo opuesto–, bien vale la pena preguntarse con Popper si el punto central en el debate sobre el diseño de las instituciones colectivas no debiese estar más bien puesto no tanto en quien o quienes gobiernan –el problema de todo socialista o conservador según Hayek–, sino en los límites del poder.


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