Opinión

Los liberales olvidados y la centroderecha (IV): Michael Oakeshott

Una de las características más interesantes del liberalismo clásico dice relación con el hecho de que al momento en que se discuten cambios de tinte refundacional al interior de una sociedad –como es el caso de Chile por estos días, al menos en el momento pre-cambio de gabinete–, se prenden alarmas –actitudes, disposiciones– conservadoras que lejos de implicar ponerse en posición de oposición a las reformas, si invitan al gradualismo, al examen crítico de las mismas, a examinar los elementos empíricos que la conforman, etc. Así, la disposición permanente a perfeccionar instituciones, reglas, tradiciones, etc., experimenta un “momento conservador” de reflexión y pausa reflexiva. Un buen ejemplo en este sentido encontramos en la reciente columna de Andrés Velasco llamada “El columpio” –tan criticada desde la izquierda–.

Michael Oakeshott –quien no sólo tuviera la cátedra de ciencia política por casi dos décadas en el LSE (1951-1969), habiendo llegado en 1948 tras un un paso rápido por el Nuffield College de Oxford, sino que sucediendo al mismísimo Harold Laski–, es probablemente un liberal clásico con disposición permanente a tales momentos conservadores. Se trata entonces de un autor, como Burke, que no sólo es disputado como propio entre liberales clásicos y conservadores, sino que, de manera más constructiva, forma parte del patrimonio común de ambos mundos intelectuales. En lo anecdótico, no deja de ser interesante que Hayek en su Fundamentos de la Libertad dedicara un capítulo a explicar por qué no era conservador –reivindicando además al “old whig” Burke–, mientras que Oakeshott en su célebre ensayo “¿Qué es ser conservador” le diera densidad intelectual a lo que él consideraba, con sano escepticismo, una disposición, pero jamás un credo o doctrina. Por lo demás, todo liberal clásico debiese leer ese ensayo precisamente por tratarse de una gran reflexión acerca del liberalismo clásico y un examen crítico al conservantismo.

Al igual como he sostenido en las columnas anteriores respecto de Paz, Berlin y Popper, los aportes de Oakeshott son muchos –probablemente una de las mentes que más lúcidamente entendió el aporte de Hobbes– y, para efectos de los objetivos de esta serie, quisiera rescatar sólo una dimensión de sus aportes. Si bien el ensayo “El racionalismo en la política” (1947) dio luego paso a la famosa colección de ensayos en forma de libro del mismo nombre (1962), el propio Oakeshott fue enfático en darle una estructura a su pensamiento político en forma de doctrina. Para él, “El racionalismo en la política” como libro, fue siempre una colección de ensayos. Nuevamente, lo que puede parecer anecdótico refleja una cuestión profunda de su pensamiento; es precisamente la asimilación de la política a la ingeniería lo que él denomina el mito de la política racionalista.

Para Oakeshott la inclinación de los racionalistas a la sábana blanca, a la tabula rasa racionalista es inevitable. Usa como paradigma a Voltaire: la única manera de tener buenas leyes es la de quemar todas las leyes existentes y empezar de nuevo. Lo anterior se potencia cuando una generación cree que lo que ha descubierto por sí misma es más importante que lo que ha heredado. Con razón, atacó el racionalismo por su perfeccionismo –“la evanescencia de la imperfección es el primer elemento del credo del racionalista”–. Se trata de una acusación que suena conocida por estos días en nuestro país en que la moralina y la beatería campea por doquier.

Si bien no es fácil encontrar las raíces de esta moda intelectual, sostuvo, se puede echar mano a la teología para encontrar explicaciones: la declinación de la creencia en la Providencia propia de la modernidad. En efecto, una técnica benefactora e infalible reemplazó a un Dios benefactor e infalible; y donde la Providencia no estaba a la mano para corregir los errores de los hombres, era más necesaria aún la prevención de tales errores. Para ello nada mejor que ofrecer desde la técnica la salvación misma: “que el conocimiento necesario se encuentra en un libro completo y autónomo, y oír que este conocimiento es de tal naturaleza que se puede aprender de memoria con rapidez y se puede aplicar mecánicamente, parecerá algo semejante a la salvación…”, sostuvo.

Y a diferencia de otros intelectuales que estudiaron la política desde la ciencia –cayendo no sólo contra Marx y Engels o un Bentham, sino que con El Federalista o el propio Hayek– defendió a Maquiavelo. Lo suyo, señaló, fue proveer una traducción para la política, un adiestramiento político a falta de una educación política, una técnica para el gobernante que no tenía una tradición. Pero Maquiavelo estaba al tanto de las limitaciones del conocimiento técnico; fueron sus seguidores quienes creyeron en la soberanía de la técnica, que el gobierno, no es más que “administración pública” sostuvo Oakeshott.  Por lo demás, en ninguna parte, y menos en política, sostuvo, pueden separarse el conocimiento técnico del práctico; en ninguna parte tampoco pueden considerarse idénticos entre sí o capaces de intercambiar sus lugares.

Se trata así de una crítica demoledora a la política tanto como exceso de soluciones técnicas, de management, que es lo propio de la acción política de buena parte de la derecha, como también a las abstracciones atemporales, refundacionales, sofistas, desconectadas de la realidad, de la experiencia que aparece con particular intensidad en la izquierda.


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