Los liberales olvidados y la centroderecha (V): Raymond Aron
Opinión

Los liberales olvidados y la centroderecha (V): Raymond Aron

En las cuatro columnas anteriores me he referido a distintos aportes de Paz, Berlin, Popper y Oakeshott para repensar, desde el liberalismoclásico, la reconstrucción intelectual de la centroderecha –lo que hago con mayor optimismo tras haber participado en un conversatorio reciente sobre pensar la centroderecha junto a Mansuy, Herrera y Ortúzar, iniciativa organizada por dos importantes políticos del sector: Allamand (un consagrado) y Bellolio (una de las promesas)–. Me quedan pendientes en este camino –dada la promesa de la primera columna de esta serie– los aportes de Mario Vargas Llosa y Raymond Aron.

Aron es demasiadas cosas a la vez y es difícil ser selectivo a la hora de buscar resaltar un aporte en la lógica de esta empresa. Es el amigo –desde que eran compañeros en la ENS–devenido en el adversario intelectual más importante de Sartre cuando este último era la principal estrella del firmamento intelectual y oponerse era, por lo bajo, suicida –por lo mismo no es de extrañar que criticara –al interior de la frondaliberal– al propio Hayek –la estrella polar del liberalismo clásico de la época–. Aron es el intelectual que no se deja avasallar por las doctrinas colectivistas mayoritarias y articula un discurso propio por minoritario e impopular que resulte –especialmente si su objeto de crítica es el sacralizado “Mayo francés”–. Y si bien es un destacado académico, un sociólogo, de renombre –pasando largos años en la Sorbonne y posteriormente en el College de France–, es también una de las plumas más punzantes y agudas del debate público francés por décadas, destacando tanto enLe Figaro como luego en L’Express. En fin, es el intelectual que aplaude y critica a De Gaulle con total autonomía y a la Aron: es un aplauso cuando resuenan las pifias y es una crítica cuando la gran mayoría aplaude. Así, ni los palmetazos de la mayoría, lo políticamente correcto o las amenazas del poder lo sedujeron, neutralizándolo –como a tantos de sus pares–, sino más bien reforzaron su pensamiento propio.   

El opio de los intelectuales (1955) es sin lugar a dudas su obra más significativa en la batalla de las ideas. ¿Cuál es el objeto de la obra? En sus propias palabras del prefacio: “Tratando de explicar la actitud de los intelectuales, despiadados para con los mayores crímenes, a condición de que se cometan en nombre de las doctrinas correctas, hallé ante todo las palabras sagradas: izquierda, Revolución, proletariado. La crítica de estos mitos me llevó a reflexionar sobre el culto a la Historia y, posteriormente, a interrogarme acerca de una categoría social a la que los sociólogos no han otorgado aún la atención que merece: la intelligentsia”. La obra, escrita entre 1952 y 1954 “lenta y trabajosamente” y su “salvación” y “refugio” en medio de desgracias personales a confesión del propio Aron en sus Memorias, tiene un sentido bastante similar al de La sociedad abierta y sus enemigos de Popper: desmitificar, demoler, dioses preciados de la izquierda.

He sostenido que el programa de la Nueva Mayoría es legítimo heredero de una tradición revolucionaria, mesiánica –la Presidenta Bachelet es la líder carismática– y populista. Mitos refundacionales los encontramos por doquier. Para Octavio Paz la Revolución tiene esa mezcla perfecta de Grecia y cristianismo, filosofía y redención que la hacen hipnotizar las conciencias de varias generaciones, “poder de atracción magnética” (Paz, 1989). En antes que nada, un mito. Para Aron también. Y es preciso derribarlo. “¿Merecen tanto honor las revoluciones? Los hombres que las piensan no son los que las hacen. Quienes las comienzan raramente viven su epílogo. ¿Son realmente los símbolos de una humanidad dueña de sí misma, si ningún hombre se reconoce en la obra surgida del combate de todos contra todos?”. Porque para el intelectual que busca en la política una diversión, un objeto de fe o un tema de especulaciones, sostiene Aron, “la reforma resulta fastidiosa, y la revolución excitante. La una es prosaica; la otra poética. Una pasa por ser obra de funcionarios, y la otra, del pueblo erguido contra los explotadores. La Revolución suspende el orden acostumbrado y deja creer que por fin todo es posible”.

La izquierda no tuvo contemplación. De acuerdo a las propias descripciones del autor en sus Memorias, se destacó su traición a los intelectuales de izquierda. Su desprecio estaría basado en su exclusión, en no ser parte de “ellos”. Como sostuvo Maurice Duverger en su crítica: “Al postrar a los que no han seguido su propia evolución, trata de justificarse a sí mismo: tienen que ser pecadores para que él sea inocente. Pero es más que nada ante sus propios ojos que intenta esa justificación. Más que a sus lectores, quisiera convencerse a sí mismo. Si no lo logra con ellos, es esencialmente porque ha fracasado consigo mismo”. 

El concepto de Revolución, como el de izquierda, nos dice Aron, jamás caerá en desuso; expresa éste una nostalgia que perdurará mientras las sociedades sean imperfectas y los hombres experimenten avidez por reformarlas. Más importante aún, se trata de un mito que “sirve de refugio al pensamiento utópico, se convierte en el intercesor misterioso, imprevisible entre lo real e ideal”. Bien lo sabe la izquierda chilena.


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