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Cambio de gabinete: La salida de Rodrigo Peñailillo
Opinión

Cambio de gabinete: La salida de Rodrigo Peñailillo

Nadie lo dice, pero todos saben que quienes ocupan cargos de segundo plano deben mantener silencio sobre lo que ven y escuchan. No se trata de mantener secretos, sino de entender que no son ellos los protagonistas. Por eso, cuando un asesor directo decide romper este código, cómo la ex jefa de gabinete de Sebastián Dávalos, queda en el aire la pregunta de por qué lo hizo.

Hemos tenido situaciones como éstas en el pasado, como cuando un jefe de estudios decidió denunciar las manipulaciones de Lavín a la encuesta Casen, o cuando una asesora del ex director del INE desnudó el escándalo en que se había convertido el censo. En ambos casos, estamos hablando de personas motivadas por le ética, no la política. Pero en esta ocasión, pareciera que todo se alinea de manera bien conveniente con la salida de Rodrigo Peñailillo del gabinete.

Peñailillo era un hombre con una historia personal atractiva para el relato de la Nueva Mayoría. Concertacionista como pocos, leal a toda prueba, sin aparentes agendas propias y con una historia de mérito poco frecuente en una clase política demasiado acostumbrada a tener personas de la misma élite.

Al igual que el otro caído con este cambio, Alberto Arenas, habían tenido un camino inusual hacia el primer equipo de su sector. Ninguno provenía de los colegios, barrios o círculos en los que usualmente se mueve el poder. Desde el punto de vista de la concentración del poder, sin duda que su salida no es positiva.

Pero lo más triste es que Peñailillo cavó su propia tumba. Él fue uno de los pocos que sobrevivió al período interregnum de Bachelet. Mientras algunos entraban y salían del círculo de hierro, él aseguró la continuidad del equipo político.

Su asunción al gabinete fue vista como un premio a la lealtad y eficiencia. Un operador encumbrado al cargo más importante de su carrera. Y fue ahí mismo cuando se perdió. En algún momento de estos 14 meses, el ministro que sacó adelante medidas tan claves como el fin del binominal, creyó que su propia sobrevivencia era más importante que el proyecto político al que estaba llamado a coordinar.

Pocos de los que conocen cómo opera el mundo político se escandalizaron por sus boletas a Giorgio Martelli. Peñailillo volvió de España a preparar el desembarco de Bachelet, y con lo complejo que es financiar actividades políticas fuera de campaña, ocupó un mecanismo ilegal, poco ético, pero no sorprendente.

Sin duda que es reprochable, y que aunque en apariencia todo cumpla con la legalidad, no es el estándar que esperamos de un ministro. Pero también es cierto que hay pocas oportunidades para quienes no tienen patrimonio suficiente de entrar en política. Las medidas que ha propuesto la comisión Engel sobre financiamiento público de los partidos políticos es un reconocimiento de ello.

Una vez destapada la cloaca donde se esconde el financiamiento de la política, Peñailillo erró en cómo enfrentar su propia situación. Prefirió construir un castillo de naipes con informes poco creíbles, declaraciones dubitativas y mermando la ya baja credibilidad del gobierno y la política en general. El ex ministro se olvidó que ya no era parte del segundo piso, en donde los errores se castigan en privado, sino que la cara fresca y meritocrática del gobierno.

Finalmente, con lágrimas en los ojos, Peñailillo da un discurso donde pareciera quedar como mártir, cuando en el fondo es responsable. Su labor era acompañar a Bachelet en la dirección política del gobierno, y juntos lo llevaron al fondo de las encuestas de opinión pública. Más que dar las gracias por la oportunidad, debería pedir disculpas.  


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