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¿El ocaso de las élites?
Opinión

¿El ocaso de las élites?

Hace unos días, José Joaquín Brunner planteaba, de manera errónea a mi juicio, que uno de los objetivos de la reforma educacional era terminar con las élites. Como quién construye un espantapájaros al cuál atacar con facilidad, Brunner planteaba que una de las “leyes de hierro” de la sociología (si es que podemos hablar de leyes en las ciencias sociales) es la existencia de la élites. Pretender eliminarlas es un despropósito.

En este último punto creo que Brunner acierta. Toda sociedad compleja requiere de grupos que se dediquen a la administración y subsistencia de la misma. Llamamos élites a los que ostentan el poder político o económico, a los que toman decisiones por otros. El rol de las élites es, en pocas palabras, la de ejercer poder en pos del bien general de la comunidad. 

El problema, entonces, no es con la existencia de élites, sino con los mecanismos a través de los cuáles se puede acceder y salir de las mismas. En un país como Chile, es muy poco probable que alguien entre a la élite, en la mayoría de los casos, se nace en ella.

"En un país como Chile, es muy poco probable que alguien entre a la élite, en la mayoría de los casos, se nace en ella."

Nuestra élite se ha transformado en una especie de aristocracia criolla, basada en grupos endogámicos que se mueven de manera constante entre el poder político y el económico. Esto no es una novedad, y ha sido documentado a través de los años.

La motivación del cierre de una élite es completamente entendible. Es una combinación del noble anhelo de los padres de asegurar el futuro de sus hijos, junto a la percepción que por el simple hecho de que una familia en particular ha ejercido poder en el pasado, sus descendientes están llamados a hacerlo en el futuro.

Un punto medio entre el esfuerzo y derecho hereditario. Por eso mismo, quienes han nacido dentro de la élite son los que más se demoran en comprender por qué ese simple hecho es indeseable en una sociedad democrática.

Tenemos, entonces, dos problemas graves: una élite endogámica y hereditaria, que más encima es lenta (y a veces incapaz) de darse cuenta de sus propios privilegios. Sin duda, una combinación poco afortunada.

Entonces, ¿cómo resolvemos este dilema? Claramente, la evidencia demuestra que no podemos confiar en la buena fe de quienes pertenecen a la élite, en que vayan a actuar en desmedro de su posición. Es por eso mismo que es importante diseñar instituciones que permitan la movilidad de quienes ostentan distintos tipos de poder.

"En una oligarquía endogámica, no hay mecanismo alguno que permita a quienes no nacen en ella que puedan entrar."

Algunos lo llaman atacar las desigualdades de poder (en contraposición a las desigualdades de ingreso), mientras otros le ponen el trillado nombre de meritocracia. Pero más importante que el mecanismo concreto es que exista un mecanismo. En una oligarquía endogámica, no hay mecanismo alguno que permita a quienes no nacen en ella que puedan entrar.

Esto es mucho más allá de la movilidad social, en que los que están más abajo en la escala de ingresos acceden a niveles mayores. Aquí no hay un monto siempre creciente de dinero a repartir. El poder es limitado, y la única forma de que unos accedan a él es que otros lo pierdan. Y en la medida en que un mismo grupo se eterniza en el poder, deja de entender por qué llegó ahí y de conectar de manera directa con quienes no pertenecen al grupo.

Aunque Brunner yerra en sostener que la reforma educacional busca terminar con las élites, sí acierta en plantear que la reforma sólo toca la superficie de las mismas. La decisión de no incluir a los colegios privados en el fin de la selección demuestra que no está preparada para perder su posición. 

 


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