Crédito: 123rf.com
¿Juntos? No, gracias
Opinión

¿Juntos? No, gracias

Durante meses, venimos escuchando al Ministro de Educación repetir, casi majaderamente, que la reforma educacional se justifica, entre otras cosas, por la necesidad de terminar con la segregación a nivel escolar. 

Ese argumento pareciera justificar el fin del copago y, sobre todo, el fin de la selección. Pero más allá del sinsentido que supone una reforma “anti-segregación” que no toca a los más segregadores (los colegios particulares pagados), ¿es deseable que tengamos a nuestros hijos en colegios que los van a exponer a personas de realidades y contextos distintos?

 En esa misma línea, y siguiendo lo que varios urbanistas han estado empujando hace años, ¿necesitamos barrios socialmente integrados, incluso si eso requiere construir viviendas sociales en medio de Vitacura? 

La respuesta a ambas preguntas no es simple. Para los que están cómodos con su vida, viven en un lindo barrio, caminan a sus trabajos a diario y pueden tener a sus hijos en un buen colegio cerca, probablemente no. Pero lo sorprendente es que el deseo de vivir y cohabitar en espacios separados no pareciera ser sólo el deseo de los más privilegiados. 

La reciente encuesta CEP reveló que el 63% de los encuestados prefiere que en el colegio de sus hijos haya niños o niñas del mismo nivel socioeconómico. 

"El supuesto sueño de la movilidad social pareciera ser más la panacea de algunos académicos y no un deseo profundo de la ciudadanía."

Ahora, si ni ricos ni pobres, ni excluyentes ni excluidos desean mezclarse, ¿qué justifica el afán de tantos por generar espacios más inclusivos? Al menos para mí, se justifica en un factor clave: la generación de confianza.

La confianza se forma por dos componentes: uno moral y otro racional. El primero es el que nos permite confiar en personas sin conocerlas. Es ese que nos asombra cuando vamos a países donde la gente deja los autos abiertos o no tiene rejas en su casa, el mismo con que los niños se relacionan con otros sin siquiera mediar suspicacia alguna. 

En tanto, la parte racional es la que se basa en nuestra experiencia y prejuicios. Confiamos en otros porque a través de nuestra experiencia sabemos lo que podemos esperar de ellos. Por ejemplo, si la experiencia nos dice que el otro se salta la fila, entonces no vamos a confiar.

Una baja en la confianza no es simplemente un cambio en las expectativas que tenemos hacia nuestros pares o distintas organizaciones. Implica un proceso mucho más profundo de deterioro de nuestras relaciones y, por consecuencia, de la estabilidad de nuestras instituciones.

El problema aparece cuando basamos esas mismas relaciones y reglas a partir de la desconfianza. Cuando el Estado parte de la base que la mayoría de las personas buscar torcer las reglas, en el fondo está llamando a que lo hagan. Cuando alzamos la cultura del “más vivo” como un modelo a seguir, estamos perpetuando el llamado a no confiar en el otro.

Desde el punto de vista personal, la desconfianza también se alimenta de nuestras diferencias. En una sociedad segregada como la nuestra, esas distinciones se agrandan y aumentan. Ya no es sólo donde vivimos o a qué colegio fuimos, sino que la forma en la que hablamos, nuestra religión, o el color de la piel. 

Cuando no estamos expuestos a la diferencia de forma significativa desde el inicio de nuestras vidas, ellas se vuelven barreras naturales de la confianza. 

"Los otros (los que no viven en mi barrio, no hablan como yo, no se visten como yo o simplemente no conozco) se convierten en enemigos a los cuales hay que aplicarles normas para evitar que nos hagan daño."

Entonces, si es tan importante generar confianzas entre quienes son distintos, ¿por qué no lo hacemos? Es difícil tener una respuesta clara para todos los casos. Algunos lo hacen por miedo a perder sus privilegios, otros, simplemente porque están enredados en este círculo vicioso que nos dice que “el otro” no es digno de confianza, sólo por ser “el otro”.

La inclusión social no es un anhelo protosocialista que pretende que nos convirtamos en autómatas vestidos con overoles grises. Sino que estamos hablando de la necesidad de crear una sociedad en la que seamos capaces de convivir, de aceptar nuestras diferencias y de confiar entre nosotros. 

También hablamos de instituciones que no partan asumiendo que los destinatarios de las políticas públicas buscan aprovecharse de ellas. ¿Qué ganamos con eso? Instituciones más estables, menores niveles de clasismo y racismo, menos discriminación e, incluso, menos corrupción.


Lo más visto en T13