Crédito: A. Uno
La PSU y los excluidos de siempre
Opinión

La PSU y los excluidos de siempre

Los resultados de la PSU han sido publicados, y no traen ninguna gran sorpresa. Más allá de los chascarros estadísticos que algunos medios puedan hacer debido al poco interés en entender cómo se calculan los puntajes, la noticia de este año (y que podría haber sido copiada de titulares de años anteriores) es: a los colegios particulares privados les fue mucho mejor que al resto.

Es cierto que estos colegios invierten una cantidad considerable de recursos y tiempo en preparar a sus alumnos para esta prueba. Su reputación se basa, entre otras cosas, en lo bien que posicionan a sus alumnos en las mejores universidades. Además, hay varias cosas que los diferencian del resto de los colegios del sistema educacional, que hacen difícil entender qué es lo que explica su buen rendimiento.

"Hay varias cosas de los colegios privados que los diferencian del resto, que hacen difícil entender qué es lo que explica su buen rendimiento."

Por una parte, tienen más recursos. El gasto por alumno que hacen estos colegios es más alto que el gasto promedio de colegios particulares subvencionados o municipales. Este pareciera ser un buen argumento para quienes defienden la reforma educacional en términos de aumentar la inversión estatal en la educación y, además, evitar que el dinero de la subvención vaya a los bolsillos de los sostenedores.

Pero no todo se explica por la cantidad de dinero. Los colegios particulares pagados seleccionan dentro de una élite. No sólo establecen un criterio de selección duro a partir de cuotas de incorporación millonarias o altas mensualidades, sino que se dan el lujo de elegir dentro de los que están dispuestos a pagar. Así, abundan historias de colegios que preguntan si los niños tuvieron dificultades para aprender a hablar o si tomaron suficiente leche materna.

Todo, con el afán de elegir sólo a aquellos que no generen mayores problemas en términos de aprendizaje. Al final, tienen la posibilidad de elegir a aquellos niños y niñas que sean más fáciles de educar y que, en el largo plazo, les generen mejores resultados en las pruebas estandarizadas. ¿Qué pasa si un niño sale complicado? Fácil, lo pueden poner condicional y, si la cosa se pone más difícil, expulsarlo. La ley les otorga mayor libertad que a los otros colegios para tomar estas medidas.

"¿Qué pasa si un niño sale complicado? Fácil, lo pueden poner condicional y, si la cosa se pone más difícil, expulsarlo. La ley les otorga mayor libertad a los privados que a los otros colegios."

El sistema educacional chileno fue diseñado como un espacio de competencia. Así, en teoría, los padres tienen la capacidad de elegir entre un mercado competitivo de colegios la mejor alternativa para sus hijos.

Eso requiere que la información sea clara y que los padres puedan distinguir cuánto es lo que aporta un colegio en términos de la calidad de educación de sus hijos. Si el colegio selecciona entre quienes ya tienen más probabilidades de ser buenos alumnos (por el capital humano, social y recursos de sus padres), entonces ya no es fácil saber cuánto es mérito del colegio y cuánto es de su entorno.

Con estas prácticas, los colegios particulares pagados suavizan la competencia, y operan, básicamente, como un cartel. Para los defensores de nuestro actual sistema educacional, esto debiera ser motivo de espanto y escándalo. El paradigma del mercado en la educación termina siendo un tipo de monopolio. Pero lo interesante es que para gran parte de la élite, no es ningún problema.

La razón principal es que lo que opera en ese nivel educacional no es el mercado, sino los privilegios. Los colegios no sólo seleccionan por los recursos de los padres al poner una elevada cuota de incorporación, sino que además se les permite definir de manera arbitraria quiénes entran. Así, perpetúan mecanismos de exclusión y privilegio, en vez de abrirse al mercado competitivo en el que supuestamente juegan.

El problema de las estructuras de privilegio es que éstas no operan de forma absoluta, sino que relativa. Una persona es privilegiada en la medida que haya otro que no lo sea. El privilegio siempre es en relación al que se encuentra en desventaja, es una desigualdad de oportunidades. Si creemos que hay ciertos niveles de desigualdad tolerables, en base a las decisiones libres de las personas, los privilegios que observamos en materia educacional no debieran ser parte de ese grupo.

"El problema de las estructuras de privilegio es que éstas no operan de forma absoluta, sino que relativa. Una persona es privilegiada en la medida que haya otro que no lo sea."

No se justifica, entonces, que la reforma educacional que impulsa el gobierno no toque a los colegios particulares pagados, en específico, prohibiendo la selección. Quizás se entiende en la medida que quienes están detrás de su diseño provienen de la misma élite que se beneficia de los privilegios del sistema, pero eso sería asumir una mala fe poco sana.

Yo prefiero creer que hay miedo a que no haya “piso político” suficiente para tocar el nervio central de la estructura de segregación que tenemos en nuestro país: con quiénes se relacionan nuestros niños. 

En cierta medida eso es correcto. Varios expertos han planteado la idea que los padres prefieren colegios particulares subvencionados para evitar que sus hijos se mezclen con niños que no consideran como buenas influencias. Si eso es cierto, no parece justo que el gobierno les diga a estos padres que lo que están haciendo es incorrecto, mientras miran que los colegios que aseguran a sus alumnos el ingreso a buenas universidades tienen todas prerrogativas para hacerlo.

Chile tiene una historia profunda de segregación y privilegios, que empieza mucho antes del experimento neoliberal de la dictadura (que sin duda la reforzó), por lo que no todo pasa por eliminar su legado en materia educacional.

Lo importante es reconocer que tenemos distintos mecanismos de cierre que operan en beneficio de las mismas élites de siempre. Una reforma verdaderamente valiente no debiera mirarlos a lo lejos, como quién prefiere pegarle a los peces chicos para no molestar a los peces gordos.


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