Borrachos

Borrachos

Un amigo volvió esta semana desde Alemania y me relata con orgullo: “Fui a un partido del Borussia Dortmund. Es impresionante el ambiente, la acústica, el aliento de los hinchas. En la barra casi todos están borrachos, pero no molestan al resto. No se agreden, lo pasan bien…”

Lo escucho con envidia. Su descripción me confirma que el alcohol puede acompañar momentos de euforia sin invadir a los demás. Concluyo que es cuestión cultural, de respeto, de cómo enfrentamos el entorno. Seguramente los alemanes también se exceden alguna vez; sin embargo, este amigo trotamundos me convenció de los buenos modales germanos.

Luego vino mi turno. Le conté que en Chile la noticia más fuerte y triste del fin de semana fue la muerte del relator Javier Muñoz. Accidente maldito, increíble, reflejo de lo expuestos que estamos a la irresponsabilidad de terceros. El bueno de Javier pagó con su vida, y por añadidura pagaron su familia, la formación de sus hijos, la gente que él quería, y aquellos que le devolvían afectos.

La OMS destacó hace un tiempo que Chile era el país sudamericano con mayor consumo de alcohol. Penosa estadística para quienes gustamos de difundir deportes. Así y todo, la venta es libre y cada cuál sabrá  si se toma uno, dos, tres, o diez vasos. O tal vez ninguno. El problema es cuando algunos ciudadanos se aprovechan del consumo para justificar su desenfreno: ¿Por qué conducir en estado de ebriedad? ¿Por qué, ya violada la ley, acelerar más allá de lo permitido en carreteras? ¿Por qué jugar al límite con la vida propia y la de los demás? ¿Con qué derecho?

El sujeto que mató a Javier es reincidente. Probablemente, está cargando con su propio drama humano, otra consecuencia de su pelotuda conducta. Aparentemente sufrió una enfermedad hace poco tiempo, pero no es excusa: ¿Se imaginan que cada convaleciente salga a manejar a las calles como él?

Desgraciadamente los mensajes que vienen de la autoridad tampoco ayudan demasiado. Lejos de la condena, hemos visto en el último tiempo condescendencia con ciertos infractores. Arturo Vidal, por ejemplo, chocó ebrio su vehículo y si bien no mató a nadie –afortunadamente-, fue decepcionante verle posando con  nuestros políticos horas después en el estadio ¿Cuál es el mensaje que se entrega ahí? ¿Qué chocar con copete es anecdótico? ¿No tenía más valor social resaltar la labor del carabinero que detuvo al ídolo más allá de su fama? Curiosamente, del uniformado nunca más se supo. Y menos del conductor colisionado por el futbolista.

Lamento haberme desviado de la contingencia deportiva, pero el fútbol está de luto. Y está de luto porque, contra los valores del mismo deporte, vivimos entre individuos que no entienden de respeto. Ni por sí mismos ni por los demás.

Ojala la trágica muerte de Javier sirva al menos para conmover a los futboleros este mes, el de mayor consumo de alcohol.

Sería lindo que primase el sentido común y algún día, por qué no, podamos compartir una cerveza en el estadio. Igual que los alemanes.

 


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