El colocolino apaleado

El colocolino apaleado

La irregularidad de nuestro fútbol sigue escribiendo páginas notables. Colo Colo revivió en Copa Libertadores de la mano de Esteban Paredes, y un equipo que venía de duras derrotas locales  postula ahora a que su goleador regrese a la “Roja”.

El alabado asalto en México catapulta a Colo Colo en América, casi en paralelo a la visible caída de los albos en el torneo chileno. Antes de Guadalajara, y en plena Semana Santa, se hablaba más bien de antihéroes.

Refresquemos la memoria: fecha 13, minuto 47 del partido. El “Cacique” administraba la pelota, y el turno de tenerla era de Claudio Maldonado. El volante cede atrás sin advertir que a sus espaldas estaba el cobresalino Matías Donoso. Error fatal, gol minero, derrota alba y alejamiento del título.

El campeonato ya venía duro para Maldonado, incluso antes de comenzar la temporada, su fichaje se discutió largo tiempo entre cuerpo técnico y directivos. Una vez contratado, jugó los dos primeros partidos ante Iquique y San Marcos de Arica, ambos perdidos por Colo Colo. Nunca más disputó un match completo en la competencia. Menos aún en la Libertadores.

Maldonado partió al extranjero con 20 años, por lo que tampoco alcanzó a consagrarse antes como ídolo popular. Los más futboleros se enteraron de que el chico polifuncional –jugaba de central, lateral y volante defensivo- triunfaba en Brasil sumando títulos en distintos equipos. Ganó prestigio, copas, dinero, y un respeto a tal punto que el entrenador Vanderlei Luxemburgo le aceptó durante un tiempo como el novio de su hija.

Pero el  fútbol exige en presente. Sobre todo aquí, donde el hincha y la prensa operan desde el exitismo inmediato antes que desde el análisis. En rigor, al yerro de Maldonado sucedieron dos variables claves para el gol cobresalino: la viveza y personalidad de Donoso para rematar de distancia (poco común en nuestros delanteros), y el adelantamiento del arquero Garcés. De no ser por ellos, el “condoro” sólo habría sido una anécdota más.

Se cuestionó el nivel de Maldonado para estar en Colo Colo, como si fuese el Bayern Munich. Se reparó en su estado físico, como si a los 35 no hubiese huellas de refriega. Se reprochó su  relación con Héctor Tapia (fueron compañeros en Colo Colo y en Cruzeiro), como si avalar a los amigos fuese privativo del fútbol. ¿O en SQM las boletas eran de nobles y esforzados trabajadores? ¿Es tan grave, en el país de los apitutados, apostar por un futbolista sano, de la casa, y que además fue ídolo en Brasil?

La dimensión competitiva prevalece, pero los clubes miran –o debiesen mirar- más allá del domingo. En la cancha misma, y seguramente en nuestras propias labores, procede exigirle más al empleado joven que a aquel que está por jubilar. ¿O no?

Más allá de las expectativas de cada hincha, el regreso de los cracks parece hoy un simbolismo deportivo, con beneficios formativos, más que un gran aporte futbolístico. Sucede aquí y en la quebrada del ají. Para irnos resignando. 


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