Crédito: Agencia Uno
El Nacional es azul

El Nacional es azul

Operado hace años del fanatismo, nunca entendí demasiado la obsesión de ciertos hinchas azules  por tener un estadio propio. En la lógica de nuestros clubes, donde el socio a lo sumo abarata su entrada a los partidos, el beneficio real  es menor: hay que desplazarse, pagar boleto, comer hamburguesas caras, y someterse a los controles de moda en los accesos. ¿Para eso tanto boche?

La demanda es un ruido permanente en el entorno de Universidad de Chile. Los actos faliidos, como el estadio mecano de los ‘80 y la Ciudad Azul de El Noviciado en los ’90, dejaron una herida abierta que nunca cicatrizó. El más reciente desenfreno de los estadios nuevos en Chile terminó por reabrirla, más aún cuando los nuevos dueños de la U traían billetera gorda. 

El hombre, y por añadidura el hincha, suelen vivir con ambiciones. Sin embargo, y sin mayor pataleo, clubes con más historia que la U suman prestigio en canchas prestadas. En Brasil por ejemplo, los cariocas más grandes, Flamengo y Fluminense, comparten el Maracaná. En Colombia, Millonarios y Santa Fe hacen lo mismo en El Campín de Bogotá, mientras en Uruguay, el legendario Peñarol sigue ganado trofeos en el Centenario de Montevideo.

Para aquellos empeñados en emular el primer mundo, vaya un ejemplo italiano: el Milan y el Inter juegan de locales en el Giuseppe Meazza. Los primeros siguen llamando al estadio San Siro, pero a la hora de ser locales, pisan el mismo pasto. Ambos equipos, y la mayoría de los citados anteriormente, tienen títulos más valiosos que cualquier equipo chileno. 

En otras palabras, ser mejor o peor no siempre depende de tener un estadio. Por lo demás, el Nacional atesora los momentos más importantes del Chuncho, o del Bulla como se le llama ahora. El Ballet Azul de los ’60 se lució en Ñuñoa y dejó una huella imborrable con la magia de Leonel Sánchez, Rubén Marcos, Campos, Astorga, Contreras y elenco. Los mejores momentos de Marcelo Salas también están grabados en la Avenida Grecia hace un par de décadas. Y ni hablar de la Sudamericana 2011, momento glorioso de nuestro fútbol pintado en azul.

Como en la vida, la U también sufrió momentos tristes. En 1988, el descenso golpeó duro a uno de los equipos más populares del país. Por primera vez, Universidad de Chile estaba en segunda división . Impactante e inolvidable escena. Cobresal le sorprendió a domicilio, y soltó lágrimas históricas en la cabecera sur.

Para mí, el desafío de la U no ha de ser la búsqueda de terrenos, sino otros dos objetivos: en primer lugar, afianzarse en su casa histórica, y segundo, crecer a partir de un servicio inexistente hasta ahora en Chile. Basta darse una vuelta por Sudamérica para ver cómo los diversos clubes agasajan a sus abonados con acceso a canchas preferenciales, instalaciones polideportivas, áreas verdes, casinos, descuentos en eventos y otros espacios de vida sana a precios razonables. En nuestro país, más allá de la tienda oficial, son escasas las experiencias seductoras para los forofos.

Seguramente varios insistirán en el sueño del estadio propio, y es que así funciona la sociedad de consumo que nos envuelve: nos empeñamos en tener más, o al menos lo mismo que el de al lado.

Otros tantos ociosos, y que no aportan demasiado, seguirán  burlándose de los hinchas de la  U por jugar en un estadio arrendado. Sepan ellos que en denigrar subyace una miseria aún peor.  


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